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Hace dos veranos se viralizaba en Lugo la imagen de un jabalí paseándose con naturalidad por el centro. La escena, cada vez menos extraordinaria en las ciudades gallegas, no llamó tanto la atención por la intrusión del animal como por su recorrido sobre el carril bici. Algunos usuarios ironizaron entonces en redes con que quizá se trataba del primer usuario documentado de la senda verde ciclista de Lugo, esos 14 kilómetros de trazado que el gobierno socialista de Lara Méndez presentó en 2020 como emblema de «movilidad sostenible». Durante unos minutos, al menos, alguien —aunque fuera por error zoológico— parecía haber amortizado la inversión, viendo por fin cómo los 1,5 millones de euros destinados al proyecto eran aprovechados.
Y es que en una ciudad donde la edad media rebasa los 50 años, con cuestas que no perdonan y una lluvia que se reparte a lo largo de buena parte del año, quizá coger la bicicleta no resulte tan idílico como se dibuja sobre el plano, sobre todo cuando su implantación implica estrechar vías ya de por sí ajustadas.
Eso fue lo que intentaron trasladar varias asociaciones vecinales al Ayuntamiento. Hubo reuniones con la entonces alcaldesa, propuestas alternativas y hasta un itinerario distinto, menos invasivo. «Cuando nos reunimos con Lara Méndez nos prometió por activa y por pasiva que en nuestra zona no se iba a hacer», recuerda Cecilia Vázquez, presidenta de la asociación vecinal del barrio de San Antonio.
No solo eso. Los vecinos reunieron cerca de 6.000 firmas en contra del trazado y plantearon una alternativa completa para evitar, entre otros puntos, el paso por el entorno del centro sanitario con servicio de urgencias, donde la eliminación de aparcamiento no solo complicaba el acceso, sino que introducía un problema añadido en situaciones de emergencia.
No sirvió de mucho.
El proyecto siguió adelante sin grandes giros de guion y, según los vecinos, la explicación que terminó de cerrar cualquier posibilidad de negociación fue tan simple como reveladora. «Su única respuesta fue que esto era una zona degradada y de gente mayor». Después de eso, el carril se pintó igual.
A partir de ahí, el problema dejó de ser político para volverse práctico. El trazado, que ni siquiera llegó a inaugurarse con un acto oficial, es irregular y a ratos contradictorio, con cambios de señalización que obligan a interpretar cada tramo. La confusión alcanzó tal nivel que La Voz de Galicia se vio obligada a publicar en 2021 una «guía visual» para entenderlo, una anomalía que dice más del planteamiento que del usuario.
El uso tampoco ha acompañado. En 2022, el grupo municipal del PP difundió un vídeo en el que, durante 15 horas de grabación, apenas se veían dos usuarios utilizando el carril bici, una escena que coincide con la percepción vecinal y con la escasa presencia real de bicicletas en muchos de sus tramos. «En todo este tiempo habré visto pasar una docena de bicicletas como mucho», sostiene Vázquez, que atribuye la falta de uso tanto a la orografía como al propio diseño del trazado.
Consciente de esa realidad, el Ayuntamiento trató de incentivar su utilización. En 2023 lanzó una campaña que ofrecía premios de hasta 2.000 euros para adultos y 500 para jóvenes a quienes utilizasen la bicicleta en sus desplazamientos habituales, una medida que, más allá de su intención, evidenciaba hasta qué punto la infraestructura no había logrado arraigar por sí sola.
Y aun así, lejos de replantear el modelo, el gobierno bipartito de PSOE y BNG ha dado con la solución perfecta: hacerlo más grande. Si 14 kilómetros no han conseguido atraer usuarios, la lógica invita a pensar que 47,4 kilómetros quizá sí. El nuevo Plan de Movilidad Urbana Sostenible (PMUS) plantea ampliar la red ciclista hasta esa cifra, extendiendo el mismo esquema por más calles y, previsiblemente, sobre más plazas de aparcamiento y más tramos conflictivos.
El anuncio provocó tal rechazo que obligó a matizarlo apenas unos días después. «No se van a hacer más carriles bici segregados, al menos mientras yo sea concejal de Movilidad», aseguró el teniente de alcalde, Rubén Arroxo, en un intento de rebajar una polémica que, en realidad, nunca ha terminado de irse.
Ante este escenario, asociaciones vecinales como la que preside Vázquez han vuelto a movilizarse y recogen de nuevo firmas, aunque esta vez con menos margen para la sorpresa. «Dicen que no lo van a hacer, pero yo no me lo creo. Ya nos la colaron una vez y mucho me temo que nos la van a volver a colar». La sensación, más que de debate, es de resignación. «Es que no hay por dónde cogerlo. Hay un problema real, se les plantea y tienen por sistema decir que no. Como esto siga así, nos tendremos que ir de Lugo».
Mientras tanto, el carril sigue ahí, dibujando sobre el asfalto una idea que nunca terminó de encajar del todo con la ciudad. Y quizá por eso, dos años después, aquella imagen del jabalí sigue siendo la mejor explicación: ahora, con la ampliación prevista, tendrá cuatro veces más espacio para sus excursiones y, de paso, seguirá siendo el usuario que mejor entiende el recorrido.
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*La serie 'Crónica... de las grandes chapuzas' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO.
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