





















A veces cuanto importa sucede el d�a antes de que las cosas empiecen a ocurrir. Los preparativos para un viaje, la jornada previa a un encuentro deseado, la fantas�a disparada por c�mo ser� aquello que por fin ma�ana estar� ah�. Un cumplea�os, por ejemplo. La v�spera de algo es un espacio gigante de ficci�n, de posibilidad, de fantas�a, de inquietud. La v�spera es en ocasiones mejor que la fiesta, porque uno imagina con ganas y todo a�n es factible. Una familia es una v�spera en s� misma: cada d�a puede ser el previo de algo grande o de nada. Mucho de lo que en ella sucede se pens� antes de otro modo. La familia, seg�n Simone de Beauvoir, es (entre otras certezas) el primer estadio humano de la corrupci�n. Y entonces Manuel Jabois le da tres vueltas a la idea y arma una novela estupenda sobre eso mismo de lo que hablamos: una familia. Una familia extra�a, como todas observadas de cerca. Una familia gallega. Una familia caudalosa de secretos. "Porque una familia sin secretos es una secta", dice.
Manuel Jabois le dio el t�tulo de La v�spera y la publica Alfaguara al cuidado de Carme Riera. En la novela cabe un tratado de soledades, de extra�ezas, de incomunicaci�n, de apariencias. Tambi�n dos desapariciones. Y una ronda de fracasos. Y una madre que todo lo mueve, todo lo tapa, todo lo calla y todo lo puede. Amalia Constenla es la madre a punto de celebrar un cumplea�os, el 65, que ser� ma�ana mismo. Tuvo al primer hijo con 14 y de eso en casa no se habla. Es hiperactiva. Incapaz de sentir un gramo de emoci�n por casi nada. Adora a Chami Palmeira, el primog�nito. Y mantiene a raya a Mon, el peque�o. Con su marido, Ram�n, establece la misma relaci�n que cualquiera puede desarrollar con un palo del Brasil: dejarlo ah� y regarlo poco. Ram�n, ese padre y c�nyuge, es un hombre decidido a pasar la existencia invisible, silencioso, ni siquiera estorbando, para qu�.
Una familia extra�a por dentro y casi corriente por fuera, porque todo en ella es susceptible de ser un infierno guardado por las horas. Pero esa madre, Amalia Constenla, no lo permitir�. "Amalia es un personaje complicado. No tiene herramientas para saber qu� le ocurre. Se mueve por imitaci�n. Ella no es mala, observa c�mo funciona el mundo y en esa corriente se va integrando. As� funciona. No es una psic�pata, pero s� alguien incapaz de desarrollar emociones emp�ticas. Y el da�o que se le puede hacer tampoco le preocupa, pero a la vez es el aglutinante de su familia. Sacrifica lo que sea con tal de mantener el equilibrio, capaz de defender a un hijo por encima de la l�gica, de la ley, del mal y de las emociones", explica Jabois.
Una pregunta que atraviesa la novela es aquella que cuestiona el por qu� hacemos las cosas como las hacemos: "�Por lo que piensen de nosotros o porque en verdad queremos hacerlo as�?", pregunta. Los hijos son las otras vigas de la La v�spera. Chami Palmeira, 47 a�os, ex fubolista, huidizo, excesivo, un tipo que regresa del �xito en el deporte y tiene por delante todo el abismo de quien ahora debe vivir y no sabe ya qu�, capaz de consumir speed para tumbarse en la cama y ponerse a sudar. "El suyo es el viaje siempre accidentado de vuelta de la gloria. Qu� hacer cuando ya ha pasado todo lo bueno que deb�a pasar". El m�s joven, el otro, es Mon. Siempre ha sido el otro. Tiene un conflicto con la culpa porque lo han hecho, de alguna manera, un tipo culpable de algo. Adem�s maneja una risa fea, como de jabal�, muy desagradable. Nadie le quiere hacer re�r por imposibilidad de soportarlo. Hay mucho de prototipo en el conjunto y algo muy anormal en cada uno de ellos. "Es gente acostumbrada a comunicarse con sobreentendidos, algo que me parece bien", dice Jabois. "A lo largo de la novela todos ellos perciben que algo terrible est� sucediendo en esa casa, pero nadie lo verbaliza. Nadie se da por enterado. Y de ah� esa constante que es una frase tremenda que aparece en alg�n momento del relato: 'No vamos a hablar de esto tampoco, entiendo'. Y quien sea entiende bien, porque de lo que no se habla es generalmente lo que m�s importa".
La v�spera no es una novela apacible. La encrucijada tambi�n es moral. Se desliza con audacia desde la rareza de la familia de Amalia hasta el trhiller a cuenta de la desaparici�n de dos ni�os que participan en una carrera escolar y no llegan a la meta. De golpe, la historia se acelera aqu�, cuando los p�rvulos irrumpen, y con ella nuevas risas (una herramienta poderosa en manos de Jabois), y despu�s el estupor, y al final el asombro por la combinaci�n de la normalidad con lo monstruoso. Y entre medias, unas calas desternillantes y crueles. O desternillantes y desamparadas. Como la reuni�n de Amalia y sus amigas en la terraza del Hotel Hotel para el caf�. O la descripci�n de Mon, el hermano con algo de aberrante. Las amigas de Amalia son un coro perverso donde el chisme atropella las biograf�as. "Todo esto lo imagin� como una comedia gigantesca, pero seg�n escrib�a se fue oscureciendo".
- Hay algo de exceso gozado en la manera de contar estas vidas.
- Me gusta entender as� la escritura. En las columnas de opini�n me ocurre igual, muchas veces cuento cosas que me divierten, asuntos m�os, y cuando echo la vista atr�s veo con estupor lo que fui contando. Soy consciente de que suelo ir por la vida a tumba abierta. Y as� tambi�n escribo. No me interesa tanto opinar como ir dejando fragmentos de m�. Como ir abandonando restos de ropa que queda enganchada por ah�.
No le importa poner sus entra�as a secar al sol y en ocasiones se arroja desde el alero del art�culo contra la acera. Le gusta dar con la columna media vuelta de campana. El talento siempre acaba salv�ndole del desastre.
- Y de nuevo vuelves a narrar desde Galicia.
- Es lo que mejor conozco, aunque llevo ya unos 13 a�os en Madrid. En principio no iba a ser una novela gallega, pero as� sali�. Por ejemplo, los sobreentendidos de esta familia son algo muy gallego. En Galicia somos as�, las cosas no se dicen generalmente a las bravas y el silencio act�a como otra manera de comunicarse, de entenderse. Esta novela est� llena de ellos. No es tanto la mentira como el silencio y la ocultaci�n. La gente valora mucho contarlo todo, decirse todo, pero a m� eso me parece que puede ser innecesario en ocasiones. Claro que hablar es conocerse y educar y crecer y dem�s, pero no me molesta el silencio.
Quien lo conoce -tanta gente- sabe que Jabois habla deprisa. A golpes de entusiasmo. Divaga, deriva, se ofrece a s� mismo en sacrificio, naufraga y un poco m�s all� flota en la conversaci�n. A la carrera va y viene del libro a sus asuntos. Deja citas de futbolistas, pasa a recitar dos o tres pel�culas, habla de Madrid, invoca a Manuel Vicent porque cuando Jabois a�n hac�a periodismo en Pontevedra le pregunt� en una entrevista si tem�a al folio en blanco y Vicent le dio la clave: "Temo al folio escrito, el que a�n est� en blanco es la posibilidad de todo. Con el folio en blanco a�n puedo ser Cervantes. Cuando est� escrito ya s�lo puedo ser quien soy".
La literatura no lo atropella m�s que el periodismo. Mantiene el entusiasmo desbordado por este oficio. En los reportajes le gusta desplazar de un lado a otro toneladas de datos y de voces para escoger unas cuantas y armar el relato que se corresponde con la entidad de su escritura. Tambi�n tiene trazas de hipersensible. Su cultura es una poderosa nariz y una oreja muy fina. Lo que ocurre en La v�spera sucede en un d�a, como en el Ulises, como La se�ora Dalloway, como S�bado, como Veinticuatro horas en la vida de una mujer. "Eso lo puede complicar todo en un relato cuando a las seis de la tarde, en el tiempo de la novela, no tienes nada que contar o ya lo has contado todo".
El dilema se puede resumir as�: hasta d�nde es posible defender a la familia tradicional con su condici�n solar y sus penumbras. "Yo much�simo. Defiendo la familia tradicional. Mantengo un poder irracional hacia la gente m�s cercana. Tengo muy acusado el poder de amar a los m�os, a los de mi misma sangre". Que son la v�spera de uno mismo.
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