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Frente a eso el amor real es aplastante" Julieta Venegas: "Parece que nos instalan un chip de cómo hay que ser mujer" Lucía Solla Sobral, la escritora de los 200.000 libros: "Huyo de quienes quieren utilizar mi novela como un símbolo del feminismo" Irvine Welsh: "¿Qué producen las corporaciones con sus beneficios? Mierda. Películas de mierda, libros de mierda, televisión de mierda" Joaquín Rodríguez, de Los Nikis: "No estamos en contra de Dios, pero sí en contra de Bunbury" Rosa León vuelve 20 años después: "Cuando yo empecé en la izquierda había unos pedazo de señoros que ni te cuento. Ahora, al menos, se les señala" No Te Va Gustar, el grupo de barrio que conquista Latinoamérica: "Quien diga que el rock ha muerto, miente" El Mundo El Mundo Quevedo: "No quiero agradar, me la suda fuerte" El Mundo El Mundo El Mundo Cuando el luto es en compañía o la terapia psicooncológica: "Pedir ayuda no es cobarde" Lorca en familia: "Yo he nacido poeta y artista como el que nace cojo, ciego o guapo. 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Me cago en el progreso del arte" Anabel Alonso: "La ONU no sirve para nada"
Nicola Lagioia: "El dinero se ha vuelto crucial para acceder a un cargo público, y eso es un problema para la democracia"
Jose María Robles MadridMadrid · 2026-02-13 · via Cultura

Mucho antes de convertirse en una superestrella de las letras europeas y en un autor reclamado por los festivales de novela negra de todo el mundo, Nicola Lagioia (Bari, 52 años) fue un ragazzo di strada vivísimo. Se crio con los ojos muy abiertos en un tacón de la bota italiana que poco se parecía al que hoy recorren las masas en busca de callejuelas laberínticas, aguas turquesas y expresos memorables.

"Cuando yo era niño, a Apulia no la conocía nadie fuera de Italia. No tenía nada que ver con el destino turístico en el que se ha transformado. Así que me tentó la idea de contar una historia ambientada en una tierra de la que apenas se había hablado. Sentí una libertad que obviamente no tenía cuando escribí sobre Roma, que la literatura y el cine han abordado tantas veces", explica. "También me interesaba que, desde un punto de vista social, Apulia es muy diferente de Campania o Sicilia, las regiones del sur más representativas artísticamente. Bari, de hecho, era una ciudad de comerciantes. En los años 80 la llamaban la Milán del sur por su dinamismo económico. La diferencia es que, en vez de estar impulsado por una burguesía, lo estuvo por una clase trabajadora que se enriqueció en poco tiempo y que, como no tenía cultura del dinero, hizo en una generación lo mismo que en el norte en cuatro: sacrificarse, amasar una fortuna... y malgastarla de forma espectacular".

El sur geográfico romantizado no se intuía en La ferocidad, que en cambio sí presentaba desde la ficción elementos de drama familiar, thriller psicológico y exploración del poder en el contexto del desarrollo inmobiliario. Con más en común con la Gomorra de Roberto Saviano que con la guía local de Lonely Planet, el libro arrancaba con una escena perturbadora: una joven desnuda y bañada en sangre camina durante una noche templada de primavera por la carretera nacional que une Tarento y Bari. Horas más tarde, esa misma joven -Clara Salvemini, la hija mayor de uno de los constructores más importantes de la región- aparece muerta en un parking. El informe del forense indica que se trata de un suicidio, puesto que la fallecida ya había intentado quitarse la vida anteriormente. Pero eso no está tan claro...

Publicado en su país en 2014 y en el nuestro en 2024, La ferocidad (Random House) fue el primer título de Lagioia que se traducía al castellano después de que La ciudad de los vivos alcanzase en 2022 la categoría de fenómeno literario internacional. Y después de que, además, se consagrase como obra tan de culto para los aficionados al true crime como A sangre fría de Truman Capote o El adversario de Emmanuel Carrère.

La trama protagonizada por el clan de los Salvemini permitió establecer un juego de opuestos con el salvaje asesinato de Luca Varani en Roma por parte de los también veinteañeros Manuel Foffo y Marco Pratto, que Lagioia reconstruyó tras investigarlo de forma metódica. Fue como si el atroz suceso que tuvo lugar hace justo una década hubiera puesto al escritor frente a un espejo invertido: una muerte por suicidio en la ficción frente un caso de violencia brutal en el mundo real; varios personajes con potenciales motivaciones homicidas frente a la ausencia de móvil criminal; y los comportamientos nada éticos y conexiones cuasi mafiosas de una familia inventada frente a las vidas ordinarias de la pareja que acabó en la cárcel.

Aunque en estos momentos no promociona un nuevo lanzamiento, Lagioia -la alegría, en español- se presta a charlar un rato de sus libros y de su país sólo unas horas antes de participar en la última edición del festival BCNegra. "La ferocidad es una novela con matices oscuros, pero no desesperanzada, porque aunque la mayoría de los personajes tienen un perfil negativo siempre tienen la posibilidad de tomar otra decisión. Digamos que la inclinación al mal que plantea es más tradicional, mientras que la violencia de La ciudad de los vivos es más enigmática", compara por videollamada. "Lo que me sorprende es que esa dimensión de la violencia que existe desde siempre en el ámbito privado, donde el más fuerte trata de imponerse, está regresando con fuerza a la esfera pública. Vivimos de nuevo en un mundo que creíamos haber dejado atrás. Basta observar lo que está haciendo Trump en Estados Unidos, políticas que en realidad esconden una contradicción: la ley se creó para limitar el poder de quien más acumula y evitar lo use de forma arbitraria. La represión que estamos viendo en EEUU es un concepto terrible, desgraciadamente más actual ahora que hace 10 años. Sobre todo, insisto, en la vida pública".

El joven constructor Vittorio, padre de Clara, llega a la Milán del sur en los años 80. Tres décadas más tarde, su red clientelar se extiende como una metástasis y él utiliza el acceso de su hijo oncólogo a información confidencial para chantajear o hacerse aun más millonario. Difícil no entrever en su figura la del hombre más admirado y al mismo tiempo odiado en la Italia del último medio siglo: el empresario y ex primer ministro Silvio Berlusconi (1936-2023).

"Déjeme decirle que antes de que él se metiera en política, en Apulia hubo un político llamado Giancarlo Cito, que utilizó un canal local de televisión para lograr la alcaldía de Tarento", objeta Lagioia. "Cito era un Berlusconi en miniatura. Hacía una tele de contenido populista, hasta el punto de que en sus emisiones se dirigía a los espectadores y les decía literalmente que tenía que entrar en sus cabezas. Berlusconi fue un producto de la sociedad próspera de los 80. Al haberse incorporado a la modernidad un poco más tarde que otros países industrializados, Italia fue un laboratorio de algo inquietante o interesante, según se mire".

¿Fue Il Cavaliere un precursor de Trump? "Aunque en ambos casos se trate de políticos con pasado en el mundo de la televisión y el espectáculo, son muy diferentes", analiza Lagioia con sus gafas de pasta negra. "Trump es agresivo, mientras que Berlusconi quería ser querido".

El antiguo director del Salón del Libro de Turín y ex miembro del jurado de la Mostra di Venezia no se reconoce a sí mismo como nostálgico. Lo que sí advierte cuando se le pregunta si en el mundo actual se puede llegar a la cúspide del poder sin dejarse corromper es que "el acceso es mucho más complicado que hace 40 años". "El ascensor social se ha frenado y ha sucedido algo que no pasó ni en la posguerra: que el acceso a los cargos públicos depende del estatus", denuncia. "Yo nací en una época en la que quienes venían de clases humildes podían llegar a alcaldes, ministros, primeros ministros o presidentes de la República. Hoy el dinero se ha vuelto esencial para hacer carrera política, y eso es un problema para la estabilidad de la democracia, porque el acceso al poder queda reservado a quienes ya lo tienen".

La ciudad de los vivos se ha traducido ya a 15 idiomas. Las ediciones españolas y alemanas funcionan como longsellers y el rodaje de la adaptación cinematográfica arranca en una semana, aunque en ella Lagioia no está involucrado. La ferocidad ganó el premio Stega 2015 y pasó a formar del repositorio de historias localizadas en el sur de Italia en las que conviven el submundo delincuencial, el realismo trágico y los paisajes mediterráneos unas veces deslumbrantes y otras decrépitos. Hay ya quien defiende que Campania, Apulia, Basilicata, Calabria y Sicilia son para el género noir en el siglo XXI lo que fue Escandinavia a finales del siglo XX: el escenario perfecto.

"No sé si es tan así, pero me viene a la cabeza una reflexión", se lanza el escritor. "El sur, tanto en lo literario como en lo cinematográfico, es una parte fundamental del imaginario italiano. Es más fácil encontrar tramas ambientadas en Nápoles o en Palermo que en Milán. ¿Por qué? Porque en ningún otro país europeo existe una brecha tan profunda como la que hay entre el norte y el sur de Italia en ingresos y en representación política. Ahora me temo que esa brecha también será demográfica. El sur fue el motor demográfico de Italia en el siglo XX y se está vaciando. Los jóvenes se están yendo y está habiendo menos nacimientos. Si las cosas siguen así, existe el riesgo de que se convierta en un continente fantasma".

¿Teme que la fractura se ensanche más todavía? "Es una cuestión pendiente desde la unificación de Italia. Es decir, desde 1861 hasta hoy", contextualiza. "De hecho, en los últimos años ha ocurrido algo bastante extraño: después de la cuestión del sur surgió la cuestión del norte, con las regiones más ricas del país preguntándose abiertamente por qué tenían que financiar la Sanidad de las más pobres. Creo que en España ha aparecido un debate similar sobre la solidaridad... El problema de Italia es que el sur es un lugar realmente extenso. Además, si el país pierde el sur, perderá una parte de su propia identidad".

Lagioia es uno de los presentadores del programa radiofónico diario Pagina3 y colabora con algunos de los suplementos y revistas culturales más prestigiosos. Vive en Roma, donde se trasladó a los veintipocos para desarrollar su carrera literaria y para dejar atrás una infancia no del todo feliz: sus padres fueron de las primeras parejas italianas que se divorciaron, y lo hicieron además en una época en la que la ruptura conllevaba la doble penitencia del desgarro y el estigma social.

Entre sus mejores recuerdos sureños hay uno relacionado con el césped y cierta divinidad foránea. "Me encantaba el fútbol y el ritual de ir al estadio cuando todos los partidos se jugaban el domingo a la misma hora", cuenta el tifoso de la Società Sportiva Calcio Bari a propósito de la época en la que acudía al tercer mayor coliseo del país para ver a su equipo en la Serie A, la Primera división local. "He visto a jugar a Maradona tanto en Bari como en Nápoles. Era impresionante. No sé si conoce El tenis como experiencia religiosa, el libro que escribió David Foster Wallace sobre Federer. Lo que Wallace explica sobre Federer sirve para Maradona. Recuerdo verlo jugar en vivo y pensar: '¡Guau, realmente diferente al resto!'. Incluso cuando el balón estaba lejos tenía un peso específico enorme en el partido. Pero eso, ya digo, era antes. Hace años que el fútbol me desencantó. Me duele que la Azzurra no se haya clasificado para los dos últimos Mundiales. Y también que el ritual del domingo haya desaparecido. Con tantas competiciones y la distribución de la jornada de viernes a lunes, ahora hay un partido cada día".