
























En 2018, el actor Ryan Reynolds fundó Maximum Effort, su propia compañía de producción y marketing, con la idea de que un concepto, fastvertising, fructificara en un mundo que ya había cogido ritmo de aceleración. La técnica consiste en adquirir grandes participaciones en empresas para crear campañas de promoción con anuncios virales a base de memes y chascarrillos y luego venderlas a precios mucho más elevados. Las compañías en las que el actor de Deadpool –de una cita de ese guion sale el nombre de la agencia– aún está presente o ha vendido ya están valoradas en 14.000 millones de dólares, según los cálculos de Forbes. La frenética máquina de la viralidad en su expresión más cruda y rentable.
El modelo de Ryan Reynolds es solo el ejemplo de una realidad que desde hace años ha permeado en un mundo que vuela a lomos de los avances tecnológicos. Las comidas son más rápidas en su elaboración y en su consumo. Qué decir de los incontables estudios que analizan el mismo efecto en la moda, las relaciones o las comunicaciones. Y, por supuesto, en los productos culturales la tendencia es idéntica. La sobreproducción se ha apoderado del audiovisual, la música, la literatura o las artes escénicas porque cada vez más hay más consumidores que demandan más contenido. Los plazos de creación, producción, grabación, rodaje, publicación o ensayo también son menores. Y aún por explorar está el efecto que tenga la inteligencia artificial generativa al máximo rendimiento mezclada con el modelo de los algoritmos de Netflix, TikTok o Spotify. Fast, fast, fast.
Y, sin embargo, en paralelo, parece que algo empieza a moverse en dirección inversa. La slow culture, que el canadiense Carl Honoré ya acuñó como la «revolución cultural contra la idea de que más rápido siempre es mejor» en su bestseller Elogio de la lentidud (2004), ha empezado a tomar posiciones. En este caso, no es sólo por una reducción de velocidad, sino porque esta viene acompañada por una recolocación de lo humano en el centro de las historias y de la creación artística propia y singular como fundamento de diferenciación. Así se explica el impulso que el cine de autor ha experimentado estos años en España –también en otros países europeos y hasta en Estados Unidos como muestra el triunfo de Sean Baker con Anora en los últimos Oscar– gracias a una generación de directores y, sobre todo, directoras que han expandido su cine fuera de nuestras fronteras con esa premisa; las tendencias folclóricas que han medrado en la industria musical mundial desde el mainstream puro –Rosalía o Bad Bunny– hasta el undergound –Rodrigo Cuevas o Chuwi–, e incluso la explosión de la música en directo, que acerca la figura del artista, al menos en lo físico, a sus fans.
¿Está la tendencia cultural virando hacia la creación artística genuina como contraposición al algoritmo y a la expansión de la IA? ¿Es la identificación con las obras artísticas humanistas la demanda de quien habita un mundo sumido en una densa nebulosa política, social y económica? ¿Se exige ahora del entretenimiento algo más que simple disfrute, gozo y regocijo? La respuesta no puede ser exacta porque el mundo cultural no lo es. Pero la realidad muestra que estos son muchos de los debates que han surgido en los círculos culturales, que han empezado a colarse por las brechas que ha abierto la cultura atada al márketing y que, como mínimo, se extenderán en el futuro, en los años por venir.
Bienvenidos al Renacimiento 2.0. O no.

La conservadora Lucy Ackland retocando el homenaje a las hermanas Brontë en LondresREUTERS
«Vivimos en un mundo que necesita esperanza y retratos luminosos sobre nuestra condición de seres humanos. Porque ni las noticias ni casi nada de lo que nos rodea nos da mucha esperanza, hasta el punto de que hay mucha gente que piensa que es mejor no tener hijos en este momento. A través del cine, de mirar la vida desde otro lugar más poético, de contemplar la belleza y las emociones construimos ese relato un poco más luminoso y de confianza que falta nos hace», expone la directora Carla Simón, una de las máximas representantes de la nueva ola del cine español, donde el humanismo se ha convertido en una tendencia con visos de continuidad. Su debut, Verano 1993, exploraba esa mirada y Romería, su última película ahonda aún más en ella con la historia de sus padres y la adicción en el centro. Lo mismo se podría decir de Sirat, de Oliver Laxe, y sus históricas cinco preselecciones para los Oscar del próximo año; de Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, el relato socioreligioso de una chica que acaba encontrando la fe para salir de la familia y es la favorita para los Goya, o de Flores para Antonio, el documental que han levantado Alba Flores, Elena Molina e Isaki Lacuesta sobre la figura de Antonio Flores, cuando se cumplen 30 años de su prematura muerte.
«Nos encaminamos hacia un mundo donde la experiencia premium siempre va a ser la humana. Es posible que llegue a haber un doble mercado, un mercado de baratillo que sea lo hecho por inteligencia artificial y esa otra experiencia premium que sea la hecha por humanos. Las historias de los humanos tienen un valor emocional incalculable. Y eso la máquina no lo puede aportar», apunta Isaki Lacuesta, que profundiza en que la IA es «una herramienta cojonuda» para el desarrollo del cine, pero advierte de que el problema está en que se fundamenta en «un expolio masivo de imágenes e ideas de todo el mundo». «A mí me interesan las texturas, los materiales que usamos para hacer las películas. Estamos en un entorno en el que la imagen está muy homogeneizada, todo el mundo usa las mismas cámaras, las mismas ópticas o los mismos códecs. Sea para un videoclip, una serie underground o una película de Hollywood. Que ahora aparezcan películas hechas en 16 milímetros o Super 8 que transmiten una sensación de amanuense, de tangible y físico es una muestra de algo. Supongo que igual que lo es el auge del vinilo o la necesidad de de ir a conciertos. El teatro no desaparecerá nunca por eso, porque es súper inmediato», remarca el último ganador del Goya a Mejor Director por Segundo premio.
La cultura como necesidad. Precisamente, en esa búsqueda del humanismo y de la autenticidad tiene el teatro ganado terreno por la idiosincrasia misma de este arte donde el contacto y la comunicación humanas son parte indispensable. Y, aún así, el reto al que se enfrenta está también en ver las posibilidades que la irrupción de la IA puede tener para desarrollar nuevos proyectos o en los peligros que puede suponer para su creación. «Este es un momento exigente para los artistas. Yo siento la misma emoción en una sala llena que en una manifestación, pero creo que por más que atraviese crisis crónicas, la cultura no va a desaparecer, porque no tiene que ver con el entretenimiento o con el ocio, sino con una necesidad», expone María Velasco, ganadora del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2024 y autora de Vendrán los alienígenes y tendrán tus ojos. Una obra que es, en sí misma, un canto al amor como sentimiento de unión. Nuevamente el humanismo. «Tal vez es que la cultura es más necesaria que nunca en los momentos más faltos de espíritu. Siento mucha lástima por quienes no encuentran autores y autoras verdaderamente amados. Para mí esos autores y autoras han sido una familia elegida, un inimaginable consuelo. Después de la pandemia nos dimos cuenta de lo emocionante que era sentarse entre desconocidos y desconocidas en un patio de butacas, compartir microgotas y afectos, como en una manifestación y como en una rave», agrega.

Uno de los participantes en las pruebas de selección del Festival Internacional del Cante de las Minas, en el Corral de la Morería de MadridJUAN BARBOSAEUROPA PRESS
Y, sin embargo, también hay autoras que renuncian a establecer esa separación entre lo algorítmico y lo genuino, entre lo tecnológico y lo humanista. Una de ellas es Carla Nyman, autora de Hysteria, la obra que abrió la temporada del Teatro de la Abadía en 2024, y de la novela El valle del silicio que se publicará en marzo de 2026 como un viaje por plataformas místicas, retóricas criptocapitalistas y discursos de superación. «El arte es el uso técnico de ciertos elementos, así que no creo en una separación. A día de hoy aún tendemos a separar la idea de lo auténtico y de lo artesano de lo tecnológico como si fuera la perversión. Es una separación que es arriesgada y peligrosa, que viene de la modernidad y de la separación entre naturaleza y cultura. Pongo un ejemplo, la autenticidad de un libro también está en las técnicas, en la celulosa o en el ordenador en el que se teclea ese libro... Así que no creo en una separación entre técnica y tecnología. Todo está interconectado», expone la mallorquina.
"Este mundo necesita retratos luminosos sobre nuestra condición frente a la falta de esperanza que nos rodea"
Carla Simón
Quizás el sector cultural que mayor ventaja lleva en ese debate sobre la autenticidad es la música. Desde hace décadas, esa conversación ha sido una constante, especialmente con las estrellas femeninas del pop. De Madonna, la gran reina del género, siempre se ha discutido si la provocación que ha marcado su carrera era un instito genuino de la cantante o simplemente una estrategia de marketing para vender más. Y esas dudas –u otras similares que están relacionadas con lo auténtico– se han extendido a Britney Spears, Rihanna, Miley Cyrus, Beyoncé y más recientemente a Sabrina Carpenter o Taylor Swift. Hasta el punto de que el nuevo concepto de estrella del pop se distancia –al menos en apariencia– de esa hiperconstrucción artificial. La propia Taylor Swift es el ejemplo mismo con su música, al igual que lo pueden ser Rosalía con su último disco, Lux, plagado de experimentación y presentado paseando en coche ante la mirada de su fans en Gran Vía, o Bad Bunny con sus canciones de inspiración folclórica portorriqueña. La batalla por la autenticidad, en su más pura esencia y con la intención de que aún siga profundizando en el año que está por empezar, donde uno de los primeros lanzamientos, en febrero, será el álbum Wuthering Heights, de Charli XCX, uno de los iconos de la actual generación del pop femenino mundial que mejor encarna lo genuino.
«Yo no creo que haya una mayoría de la gente que esté pensando en esto, somos unos pocos los que intentamos escapar de los algoritmos y de tener un poco más de soberanía. Pero creo que es algo minoritario porque salirse del algoritmo es imposible. Habrá artistas muy populares que puedan cambiarlo, pero es que él tiene más velocidad y más tiempo. Es como las cabras, que se te escapan porque tienes dos horas al día para cerrarlas y ellas tienen todo el día para buscar por dónde salir». Quien pone ese ejemplo tan gráfico, desde su casa, en un pueblo de Asturias, es Rodrigo Cuevas, referente del pop folclórico español que desde hace años florece con él, Tanxugueiras, Rita Payés, Niño de Elche, María Arnal... Cada uno en su estilo. «El folklore y la tradición son el refugio y la resistencia ante el algoritmo y todos los problemas que nos trae. Es como un búnker donde tocamos la pandereta mientras fuera crece la guerra, los gobiernos tornan hacia la extrema derecha y Trump sigue financiando a esta gente de la IA. Lo que puedo hacer es invitar a la gente a pasar un ratito donde lo pasamos bien y sobrevivir como mejor podamos», propone Cuevas.

Bad Bunny, en uno de sus conciertos en Puerto Rico en septiembre de este añoEFE
En su último disco, Lento ternura, Zahara también ha explorado ese mundo del folklore, pero, sobre todo, ha bajado las revoluciones después del fenómeno de Puta –además de mudarse a un pueblo en Castilla-La Mancha– y ha rebuscado en su interior para sacar la mirada humanista que se contraponga a la velocidad de producción de la industria musical. «Necesitamos relatos basados en experiencias con las que conectar, me da miedo que haya un 80% de gente, como leí en un estudio, que no sepa distinguir una canción hecha con IA de una que no. Pienso en mi hijo de ocho años y al que el algoritmo le pone versiones de las canciones que le gustan interpretadas por sonidos que parecen gatos. Tengo la sensación de que, en general, ahora mientras algo responda a una necesidad momentánea de dispersión, evasión o diversión no se cuestiona que hay más allá», asegura la jienense. Y sigue, poniendo como ejemplo, a algunos grupos de jóvenes que se alejan de las redes, al impulso de formatos como el vinilo o la reivindicación de literatura como la de Jane Eyre o las hermanas Brontë: «La saturación de la artificialidad llevará a la búsqueda de expresiones culturales que detrás no tengan simplemente una búsqueda de monetización. Eso nos va a llevar a unos avances y a una manera de expresarnos artísticamente distinta».
"La saturación de artificialidad llevará a la búsqueda de expresiones que no solo tengan detrás la monetización"
Zahara
Ese fenómeno se está dando ya en la literatura de nuestro país con una proliferación de autores, entre la veintena y la treintena, que con frescura, originalidad y riesgo han armado novelas que, sin renunciar a la calidad, han triunfado. Tres de ellas –Laura Chivite, Irene Pujadas y Lucía Solla Sobral– comparten el premio a mejor libro del año del suplemento cultural de este diario, La Lectura. Y, fuera de esa generación, desde hace décadas, esas han sido las líneas maestras de la escritura de Enrique Vila-Matas. «La autenticidad está en que haya una intimación entre quien escribe y el lector, un acontecimiento metafísico que nunca puede llegar a conocerse pero se da. Este es el problema de muchos escritores, que creen que es fácil que la conciencia propia conecte con otra y viceversa cuando no lo es. [...] La búsqueda de un estilo es la búsqueda de uno mismo y de tratar de conectar. Que el camino de un escritor sea hablar de algo que la televisión ya ha explicado es muy triste y desvirtúa la literatura», afirma el escritor catalán, que plantea un escenario para el futuro: «Puede ser que se complique todo tanto que se olvide que existió la escritura a mano, pero un día en un texto escrito con IA alguien cree adivinar que ahí detrás hubo un humano. De esos de las que han oído hablar como ahora con los paleolíticos. Y eso sería un nuevo comienzo para la escritura. Eso lo descubrirá un buen lector porque esa conciencia humana es la que se descubre al leer a un escritor».
Quizás así empieza el Renacimiento 2.0.
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