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Sociedad

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La vulgaridad ha absorbido y anulado por completo la alta cultura
Javier Gomá · 2025-11-28 · via Sociedad

La vulgaridad es una creación originalísima del genio contemporáneo. En el pasado hubo personas, acciones y obras vulgares, pero no la vulgaridad, categoría cultural exclusiva de nuestro tiempo. Ahora bien, dicha categoría ha descrito últimamente un giro desconcertante.

La sociedad se ha estructurado siempre en dos niveles, una mayoría que obedecía y una minoría que mandaba, encargada de establecer los modelos sociales del comportamiento correcto: cómo pensar, hablar, obrar, vestir, amar, comer, divertirse o morirse. Son los códigos de la alta cultura. Nunca faltaron expresiones colectivas, anónimas y espontáneas del pueblo que relajaban los códigos (fiestas, folclore, cuentos, romances, canciones) o que los negaban por un plazo excepcional (los carnavales): era la llamada baja cultura o cultura popular, tolerada porque, debido a su menor complejidad, confirmaba la excelencia de la cultura codificada.

Después de la Segunda Guerra Mundial, derrotados los estados fascistas, un nuevo sistema político se extendió por Occidente: la democracia liberal, que combina, como ninguno lo había hecho antes, los valores de la libertad y la igualdad.

Se hizo socialmente evidente que todos los seres humanos poseemos exactamente la misma dignidad. Con lo que la estructura dual de la sociedad, tras milenios de validez indiscutida, quedó abolida de golpe, por cuanto ya no había una mayoría de súbditos que obedecía a una minoría, sino una ciudadanía que se obedecía a sí misma. Ahora bien, además de iguales, los ciudadanos eran también libres, ¿y qué cabe esperar cuando quien no reconoce ninguna autoridad por encima se comporta con entera libertad? La insólita combinación, por primera vez en la Historia, de la libertad y la igualdad arrojó como resultado provisional la vulgaridad, definida como esa espontaneidad no educada que es consciente de ser tan legítima como la educada.

La vulgaridad fue al principio un fenómeno social minoritario que tomó la forma de contracultura. Movimientos hippies, punkies, postpunkies, bandas underground y subculturas urbanas empezaron a exhibir osadamente su repudio a los antiguos códigos elitistas ofreciéndose a sí mismas como estilo alternativo de vida. Cada movimiento cultivaba una identidad propia, pero todos compartían idéntico aire de vulgaridad contestataria: desinhibición, simplificación, desprecio de mediaciones, feísmo y un difuso ideal anárquico de civilización no represiva. Poco a poco, la contestación contracultural abandonó los bajos fondos donde brotó y durante los decenios siguientes fue ampliando imparablemente su influencia en la sociedad hasta que, con el cambio de siglo, acabó constituyéndose en el estado general de la cultura.

La vulgaridad está por todas partes y define nuestro tiempo. Había llegado la hora de su triunfo. El movimiento que estalló con intención revolucionaria perdió por el camino el aliento emancipador de los orígenes y, al volverse normativo, se asimiló a aquello mismo que quería cambiar: un ejemplo más de crítica antisistema absorbida por el sistema mismo. Hoy todos llevamos un estilo de vida vulgar ¡y a mucha honra!

Parecía que el proceso se había consumado, que la contracultura había llegado a su prime y alcanzado todos sus objetivos. Pero no, le faltaba uno, el último: la absorción de la alta cultura y su total anulación.

La vulgaridad, hecha discurso oficial de las instituciones, no regateó su prestigio a las obras clásicas de la tradición, sino que, al contrario, las sublimó elevándolas a un canon venerable, a precio, eso sí, de confinarlas a un pasado definitivamente superado donde podía uno admirarlas, como quien visita las antigüedades de un museo, pero no imitarlas. Se asumía que el canon en su conjunto estaba herido de un elitismo congénito ya superado y que la perfección de sus creaciones, aunque podían ser objeto de culto como reliquias gloriosas de una época que ya no era la nuestra, no eran susceptibles de reproducirse ingenuamente, sino sólo tras un proceso necesario de descodificación, contextualización, modernización, diálogo crítico o parodia. Estaba admitido, incluso bien visto, tomarse la molestia de familiarizarse con las formalidades altamente sofisticadas de esas creaciones superiores -el hexámetro homérico, la teología paulina, la monodia gregoriana, los sonetos de Shakespeare, los cuadros alegóricos de Poussin, el idealismo de Hegel, la ópera wagneriana, la prosa de largos periodos de Proust, la película muda de Dreyer, etcétera- e incluso exhibir el disfrute del placer exquisito que producían. Pero quien en este tiempo nivelador tratase de emularlas acríticamente se autoexcluía de la conversación pública, tachado de anacrónico, nostálgico o pedante.

Así estaban las cosas cuando el espíritu de la vulgaridad, que dominaba todo el espacio disponible menos un pequeño reducto, decidió ampliar vorazmente su hegemonía y colonizar los restos anticuarios de la alta cultura que aún subsistían por el procedimiento taimado de infiltrarse en ella: he aquí su último y definitivo giro.

En efecto, en los últimos años el mercado ha empezado a ofrecer productos de fabricación industrial que, por el género, el tema, el formato, la factura comercial o incluso el glamur que envuelve al autor, se asocian mentalmente a las obras de la cultura elitista, pero que, pese a las estudiadas apariencias que presentan, llevan impresas la marca indeleble de la vulgaridad: su fácil consumo. Las obras del elitismo, debido a la complejidad de los códigos empleados por sus creadores, exigen del amante de la cultura preparación previa, paciente lentitud y continuado trabajo para su debida degustación. Mientras que estos otros productos de sucedáneo, que tratan de asimilarse a dichas obras para compartir su prestigio, destinados como están a un consumo masivo y veloz, adoptan las formas reconocibles del espectáculo popular, siempre tan potente a la hora de impresionar la sensibilidad colectiva, con el resultado de una disneylandización del elitismo y su mutación en papilla para niños. Alta cultura ad usum delphini.

Montajes operísticos sofisticados, cineastas de culto ganadores de premios internacionales, ensayos sobre temas mayores de la tradición o de sus grandes figuras, traducciones de rompedores pensadores extranjeros, estrenos teatrales o exposiciones artísticas que proponen audaces y desprejuiciadas versiones de los clásicos, cantantes de pop de refinadísima mercadotecnia, series de televisión ambientadas en la alta sociedad del siglo pasado, preciosistas recuperaciones editoriales: el público devora esa oferta cultural muy gratificado por sentir que es capaz de saborear sin excesivo esfuerzo obras selectas del espíritu cuando en realidad son manufacturas disfrazadas de la vulgaridad multiforme.

La vulgaridad, hasta hace poco triunfante, es hoy apoteósica.