«No vamos a pagar los gastos de restauración porque es una acción de protesta y tenemos derecho a protestar», aseguran

Las activistas Victoria Domingo (39)y Luna Lago (29) posan frente al Museo Naval.
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Miércoles, 15 de octubre. 10.40. Paseo del Prado. El centinela de la Policía Militar de la Armada que custodia las puertas del Museo Naval de Madrid comienza a ponerse nervioso. Saca su móvil, pide refuerzos y graba apuntando hacia la mediana de la calle. Allí, Victoria Domingo (39) y Luna Lagos (28) se enfundan sendas camisetas de su organización ecologista, Futuro Vegetal, para posar ante la cámara de GRAN MADRID. En menos de un minuto acuden a la puerta otros tres soldados, además de dos oficiales, cuatro vigilantes de seguridad privada y un guardia civil de paisano.
Domingo, 12 de octubre. Las mismas dos mujeres (una veterinaria y la otra, temporera agrícola en Francia) acaban de lanzar pintura roja biodegradable sobre el cuadro Primer homenaje a Cristóbal Colón, de José Garnelo, una de las piezas más célebres del Museo Naval. «Queríamos usar nuestros privilegios de [mujeres] blancas para llamar la atención de los medios y servir de altavoz de los pueblos originarios», cuentan las activistas. «Ese cuadro glorifica el colonialismo y el genocidio de los pueblos originarios y que se dañe, como sucedió con las sufragistas, ya es parte de la historia y de nuestro progreso como cultura».
Estas militantes del colectivo Futuro Vegetal ya contaban antes del 12 de octubre con numerosas acciones de protesta a sus espaldas: el acceso no autorizado a las pistas del aeropuerto de Barajas, las pintadas en la casa de Leo Messi -que aseguran que se encuentra en una «zona protegida»- o en la Sagrada Familia de Barcelona.
Un bagaje que les permitió llevar a cabo la protesta del pasado domingo. «Queremos visibilizar que la raíz del problema climático está en el colonialismo», cuentan. «El extractivismo neocolonial sigue vivo con empresas españolas, que saquean los territorios de Abya Yala [el término utilizado por movimientos sociales e indigenistas para referirse al continente americano] para alimentar nuestro consumo», añaden.
Tras ser detenidas, denuncian que existió una «violación de derechos» por parte de la Policía Nacional mientras permanecieron en las dependencias de la Brigada de Información en Moratalaz. «No nos dejaron ver a nuestro abogado hasta el día después del arresto; solo podíamos comer un paquete de galletas y beber un zumo al día porque, cuando les decíamos que somos veganas, los policías respondían que 'esto no es un hotel'», denuncian. Además, prosigue Luna, «me agravaron un esguince que tenía en el tobillo y no me visitó una [médico] hasta que insistió mi abogado, cuando ya habían pasado 26 horas detenida. El primer día no pude dormir del dolor y el segundo también estuve rabiando por la noche. Solo pude tomar un paracetamol el lunes, que tomé delante de la médico, y no me volvieron a dar otro hasta que estuve en los juzgados de Plaza Castilla el martes, pese a que la médico me había recetado una pastilla cada ocho horas», se lamenta.
Para las activistas, la acción supuso un paso más por los calabozos como precio inmediato a pagar por la última acción dentro de una estrategia cada vez más ambiciosa. «En el Prado nuestras compañeras solo se pegaron al marco. Aquí quisimos escalar ante la pasividad del Gobierno y creemos que lanzar pintura biodegradable era dar ese paso». Alegan que eligieron ese material porque «siempre hay haters diciendo que dañamos el patrimonio, pero utilizamos témperas que se quitan con agua». Aun así, aseguran que, «si se dañara, nos da igual el cuadro, porque ¿qué es un cuadro comparado con las millones de vidas que se cobra el colonialismo?», se preguntan de forma retórica.
Poco después del lanzamiento, la cuenta de Twitter de la Armada Española -de la que depende el museo- publicó un tuit en el que aseguraban que «a pesar de lo ocurrido, el cuadro vuelve a lucir restaurado». Una versión que, días después, fue matizada: «El color rojo se ha metido entre las fisuras de las pinturas y el marco dorado, sensible al agua, ha sufrido daños», y fuentes del centro sostenían que la restauración completa «va a suponer un dineral».
Pese a que aún se desconoce el montante exacto, las activistas aseguran tajantemente que no saldrá de su bolsillo: «No vamos a pagar los gastos de restauración porque es una acción de protesta y tenemos derecho a protestar», aseguran.



























