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Un amanecer escuchando el ruido del mar, un paseo por la playa en el que el cielo cambia de color a capricho, un desayuno viendo a los primeros surfistas subirse a la tabla, un menú del día en el que no falta el cocido montañés —las legumbres también son para el buen tiempo—, siestas eternas en las que se escucha el silencio, un hojaldre que se grabará en la memoria... Cantabria siempre brilla, incluso cuando llueve. Destino de moda donde los haya, hay épocas del año en las que se puede disfrutar de esta tierra a otro ritmo, sin aglomeraciones, sin excesos, en calma. Desde Pechón, donde dormimos en la casa más bonita del entorno, hacemos una ruta para disfrutar de un fin de semana largo en el que no falta la buena gastronomía, clases de surf, rutas de senderismo, pueblos de postal y helados para dar la bienvenida al buen tiempo.
Pechón. Pegando a Asturias, entre la Ría de Tina Mayor (desembocadura del río Deva) y la Ría de Tina Menor (del río Nansa), se encuentra este pequeño pueblo que esconde muchas y gratas sorpresas. Las cuidadas fachadas de las casas, las flores que las adornan, la Parroquia de San Sebastián pintan el paseo. Si apetece un aperitivo, la parada está en el Bar Tano o en Casa Ceto, de raciones y tapeo rico, además de tienda para llevarse productos de la zona. Nos dirigimos hacia el mirador de Tina Minor, con unas vistas carne de Instagram. Las playas de Las Arenas, Aramal y Amio son algunas de las más bonitas de la zona. Cualquiera de ellas es una magnífica opción para darse el primer baño del año.
Alojamiento. En Pechón también se encuentra la nueva casa de Wishome, El Acantilado, un lugar mágico entre el mar y la montaña, que cuenta con una infinity pool de ensueño. Esta empresa de alojamientos de lujo, que se ha convertido en todo un referente del sector, sigue apostando por los detalles para marcar la diferencia. Con seis habitaciones (todas con baño), una terraza donde desayunar cuando aún el sol no pica y cenar cuando el sol se esconde y unas hamacas que invitan a tumbarse sin contemplaciones, es sin duda el lugar perfecto para desconectar del mundo. La decoración, en la línea de sus otras propiedades, es acogedora y coqueta. Los servicios que ofrecen son los de un cinco estrellas. A primera hora preparan estupendos desayunos en los que no faltan las tortillas de patata, las tablas de quesos y embutidos, frutas de temporada, los yogures de La Ermita y champán. También se pueden encargar cenas informales a base de empanadas, anchoas del Cantábrico y ensaladas y, por supuesto, preparan —más recomendables para la comida— el típico cocido montañés.. Para completar la experiencia, ofrecen servicio de masajes.

San Vicente de la Barquera.SHUTTERSTOCK
Gastronomía. Comer bien y a un precio razonable en Cantabria es relativamente sencillo. Comenzamos en Ruente, donde Paco y Mari se han ganado la fama con el menú de 30 euros que preparan en su restaurante Monte AA. Raciones generosas, recetas tradicionales en esta casa de comidas que siempre está a tope. Si la hora de comer nos pilla en Cabezón de la Sal, se puede reservar en La Abacería de la Sal, un comedor de cocina tradicional que es una apuesta segura. Pruebe sus tomates y croquetas. La parte dulce en este pueblo tiene un nombre: Las hijas de Pedro, confitería famosa por su hojaldre. Elaboran todo artesanalmente en su obrador, desde las polkas hasta las palmeritas. Su tarta de hojaldre es el hit de la casa. Volvemos a lo salado. El mirador de Trasvía, a pocos minutos de Comillas, ofrece comida tradicional, con las albóndigas, los pimientos rellenos y su pastel de queso como imprescindibles. En La Ostrería, en San Vicente de la Barquera, brillan los productos del mar, ya sean en versión croquetas de erizo o los mejillones en salsa thai. Los helados de Regma no pueden faltar en el paseo por esta localidad marinera.
Oyambre. Es una de las playas más increíbles de Cantabria y además tiene su historia. Allí aterrizó el 14 de junio de 1929 el primer vuelo transatlántico. El millonario francés Armand Lotti, que se dirigía a París, tuvo que aterrizar de emergencia en la arena. Los bosques, las dunas y los surfistas arropan el idílico paisaje. Muy recomendable contratar clases en Oyambre Surf, donde Jaq o Sole harán que no te quieras bajar de la tabla. A los que prefieran la vida contemplativa, siempre les esperará el chiringuito El pájaro amarillo, donde tienen buenas raciones y un ajustado menú del día. Los camareros son muy amables.
Rutas. Desde Pechón parten distintas rutas de senderismo para empacharse de acantilados. Para un paseo al atardecer se puede ir a San Vicente de la Barquera, que conserva joyas como el Castillo del Rey y el Palacio del Corro. Piérdase sin rumbo por sus callejuelas para empaparse de la esencia de esta villa llena de historia que ha vivido siempre mirando al mar.
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