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Su nombre, heredado de la lengua tupí, remite al río de un pez de la región. Pero la historia de Paraty se escribe en piedra. En el siglo XVIII, fue puerto clave en la ruta del oro que descendía desde Minas Gerais hacia Portugal. Aquella riqueza dejó una huella imborrable en su trazado: un urbanismo riguroso donde las casas coloniales y las iglesias barrocas organizan un centro histórico que ha llegado hasta hoy prácticamente intacto.
Patrimonio de la Humanidad, éste sigue latiendo al ritmo de las mareas: proyectado a ras del mar, permite que el agua entre periódicamente en sus calles, como un recordatorio constante de su relación con la omnipresente naturaleza. Junto a esta ensoñación lusitana se extienden decenas de islas y playas, muchas accesibles solo en barco, con la mata atlántica como telón de fondo.
Paraty es paisaje y es memoria, la del oro pero también la de la esclavitud. Además, hoy, es un lugar donde la cultura ha arraigado de forma orgánica a través de la literatura, el arte, la gastronomía.... La primera se celebra todos los años con el Festival Literario Internacional de Paraty (FLIP), cuya edición este año es del 22 al 26 julio.
Durante esos días de invierno austral, La Pousada Literária -en pleno centro histórico- es el punto de encuentro, funciona como prolongación de la ciudad: sobria, silenciosa, atravesada por la idea de cultura. Las habitaciones combinan materiales locales y diseño contemporáneo, pero son sus espacios comunes —biblioteca, patios, zonas de lectura— los que construyen la experiencia. Para quienes buscan una inmersión más directa en la naturaleza, Aldeia Rizoma -a 20 minutos del casco antiguo- propone arquitectura en la selva, madera y silencio, junto a una programación que conecta cuerpo y paisaje. Casa Mar, sobre Praia Grande, se abre al agua como un santuario suspendido sobre ella.

Panorámica de la costa bañada por el océano Atlántico.
La escena gastronómica de Paraty se mueve entre lo esencial y lo inesperado. Banana Da Terra, con más de 30 años de vida, es una institución de la gastronomía caiçara. En el hotel Sandi, Pupu's Panc Party con sus plantas comestibles proponen una carta experimental. Situado justo frente al muelle, Refúgio - con su carta de inspiración mediterránea pero producto local- es muy buena opción. Más informal es Manuê: un açaí, un bizcocho casero, una pausa que acerca al ritmo local. Para alejarse ligeramente del centro, Jereré Gastrobar es otra buena opción. Al caer la tarde, Bar Atlântico es el lugar: cócteles cuidados, algo de mar, y la sensación de que no hay prisa por ir a ningún otro sitio.
En Arado, espacio dirigido por el artista Bruno Brito, los objetos cotidianos se reinterpretan a partir de la cultura popular brasileña: una propuesta etnográfica filtrada por una mirada contemporánea. En Refil Paraty, el diseño se cruza con lo social: piezas creadas en colaboración con comunidades indígenas, como los tejidos pintados a mano por mujeres Assurini Aweté del Alto Xingu. Muy cerca, Canoa Arte Indígena reúne cestería, objetos y materiales que conservan su dimensión original. La tienda de Flavia Aranha completa ese mapa con prendas teñidas de forma natural.
Por su parte, la Livraria das Marés invita a detenerse entre sus miles de libros. La Casa da Cultura amplía la experiencia con exposiciones que conectan arte e historia local. Empório Daqui propone una pausa comestible. A medio camino entre café y despensa, reúne productos locales -chocolates, quesos, mieles- que pueden degustarse allí mismo o llevarse como recuerdo. Como un híbrido, Casa Saravá -antigua casa en ruinas recuperada- funciona como punto de encuentro informal donde comida callejera, arte y música conviven sin programa rígido.

Una de las típicas casas coloniales.
A apenas 15 minutos del centro, la Fazenda Bananal propone otro ritmo. En sus 180 hectáreas de mata atlántica preservada, la experiencia se articula en torno a la sostenibilidad entendida como práctica: huertos, senderos, talleres, y un restaurante donde los productos cultivados allí mismo marcan el menú. Arte, paisaje y uso cotidiano conviven sin jerarquías.
Paraty siempre termina en el mar. Si en tierra la cocina encuentra su raíz, en el agua se vuelve experiencia. Una de las formas más precisas de entender la geografía de este lugar es embarcarse en las escunas que parten del puerto y recorren islas y playas inaccesibles por tierra, dibujando una cartografía de la bahía. Sem Pressa —la embarcación de la chef Gisela Schmitt— transforma la navegación en un recorrido gastronómico: un menú degustación construido con el producto del día que acompaña el trayecto entre enclaves menos transitados.
El éxito de esta experiencia dio lugar a Gastromar, su versión en tierra, al que se puede (se debe) llegar en lancha desde el centro como si fuera un ritual. Por su parte, la mencionada Pousada Literária pone a disposición de sus huéspedes Maria Panela, una hermosa embarcación en la que adentrarse en el fiordo tropical que es el Saco de Mamanguá.
Porque en Paraty el mar no es un destino, sino una forma de entender el lugar: líquida, cambiante, siempre en relación con todo lo demás.
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