






















Tanto le gustaba a Isabel II de Inglaterra la salsa de Tabasco —sobre todo con el cóctel de langosta, uno de sus platos favoritos— que la marca forma parte de los proveedores oficiales de la Casa Real británica. Las cantantes Beyoncé y Karol G siempre llevan una botella en su bolso y sueltan generosas dosis a todo, especialmente a la sopa de fideos la primera y a las arepas la segunda. Las palomitas, en cambio, las empapa con alegría Selena Gómez y hasta Brad Pitt cargó bien su bloody mary en Once upon a time.
Y es que el condimento siempre ha ido ligado a los famosos y al cine. Su primera aparición en una película fue en una muda de 1900, Experiencia con la tía Jane, en la que era un protagonista más. Charlie Chaplin lo exhibió en El inmigrante y James Bond en El hombre de la pistola de oro y El espía que me amó, mientras que también ha hecho acto de presencia en Apocalypse now y Shrek y en las series Los Simpsons o Urgencias.

Entrada al museo de Tabasco.
Una muestra de la popularidad de este aliño picante nacido en 1868 en Avery Island, un salvaje enclave entre pantanos, marismas el estado sureño de Luisiana (EEUU) y no en la ciudad mexicana homónima, como muchos piensan, pese a que el nombre del sitio de origen está inscrito en la etiqueta de las 700.000 botellas producidas cada día y distribuidas en 190 de los 194 países oficiales del mundo.
Pues bien, en esa isla que en realidad no lo es (no está rodeada de mar por todas partes, sino que es una masa de sal erigida por la evaporación) nació la salsa por obra del banquero Edmund McIlhenny, quien se casó con Mary Eliza, hija de Edward Avery, uno de los fundadores del lugar a principios del siglo XIX. El matrimonio vivía en Nueva Orleáns, a 220 kilómetros, pero pasaba temporadas allí. En la cuna del jazz, un joven le regala unas semillas de chiles rojos de México que cultiva en las fincas de la familia de la fértil y subtropical isla.

Sala de barricas de la fábrica.
No se vuelve a acordar de ellas hasta que, concluida la Guerra de Secesión (1861-1865), en la que se utilizó Avery Island como suministro de sal, vuelve a esas tierras y ve que todo ha sido arrasado a excepción de sus campos, colorados a rabiar. No hay mucho de lo que vivir en aquella época de penurias, por lo que él mismo elabora en su sótano una mezcla con los chiles, a la que suma vinagre y sal locales.
Tan insulsa era la comida de posguerra que, a pesar de no tener ninguna intención comercial, su invento triunfa entre sus allegados y, después, en Nueva Orleáns. Hasta el punto de que en 1869 emplea unos botes de colonia con dosificador para crear la primera botella con su propia etiqueta y vende 658 de golpe. De ahí a Europa, al cine, a medio mundo... Incluso al Espacio, ya que, en 1970, los astronautas de la estación estadounidense Skylab sazonaron su alimentación con Tabasco, reiterando la operación en los siguientes viajes de la NASA.

Una muestra de algunas de las botellas de la salsa.
Todo esto se cuenta en el museo levantado en la fábrica de la isla, donde se sigue produciendo el aderezo con los únicos tres ingredientes de la receta original de McIlhenny. También se visita la sala de barricas de roble blanco que antes almacenaron whisky en la que envejece la amalgama durante tres años para darle una textura y un sabor intensos.
"Se sigue usando la misma técnica artesanal de mi tatarabuelo para este producto que va bien con cualquier comida del mundo. Es más, Japón es el segundo país consumidor tras EEUU", repite siempre Harold Osborn, CEO de la compañía y miembro de la quinta generación al mando.

Paseo en hidrodeslizador entre los humedales.
La ruta sigue en la tienda, donde entre mil y un souvenirs customizados se pueden probar las distintas variedades existentes de menor a mayor picor. También hay que conocer el restaurante 1868, que rinde homenaje al año de nacimiento de la empresa con platos de la típica cocina cajún de Luisiana.
La visita a la isla no está completa sin recorrer los Jungle Gardens, un auténtico paraíso natural de 170 hectáreas concebido por el explorador Edward Avery Mcllhenny, hijo del creador de la salsa, para salvar especies en extinción poblado por grullas blancas, garzas, martines pescadores, ibis, camelias, azaleas, mapaches y caimanes, además de la estatua de un Buda de 900 años.

Ruta por Jungle Gardens, con una estatua de Budá al fondo.
Sólo faltaría dar un paseo en hidrodeslizador entre los humedales. Y descubrir la historia de la curiosa cápsula del tiempo que los habitantes de la isla enterraron en 1900 con fotos antiguas de las plantaciones, semillas y botellas de Tabasco, entre otros objetos de su día a día. Se abrirá en el año 2100.
CÓMO LLEGAR
American Airlines vuela a Nueva Orleáns desde España con escala previa en otra ciudad estadounidense. Avery Island está a 220 kilómetros de la ciudad (unas 2,5 horas en coche) y a 48 kilómetros de Lafayette.
DÓNDE DORMIR
La mayoría de los visitantes de Avery Island incluyen la isla en su ruta por Luisiana, durmiendo en Nueva Orleáns o en Lafayette. En la primera, un hotel recomendable es el Cambria New Orleans, acogedor y de aire vanguardista muy bien ubicado en el Warehouse District, en pleno centro. En la segunda, una buena opción es Springhill Suites by Marriott South at River Ranch.
MÁS INFORMACIÓN
En las web de turismo de Explore Louisiana (explorelouisiana.com) y en la de Tabasco (tabasco.com)

Uno de los caimanes que campan en la zona.
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