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Hay lugares a los que uno llega con prejuicios en la maleta. A Ibiza, por ejemplo, muchos aterrizan con la idea de que dormir es una actividad secundaria, y que el silencio est� oficialmente prohibido. De ah� que cuando se anuncia la apertura de un Parador Nacional en la isla en lo alto de la ciudad amurallada, uno imagin� una especie de paradoja arquitect�nica: descanso institucional con vistas a la pista de baile.
Acr�polis p�nica, sede isl�mica, fortaleza renacentista y cuartel militar. Veintiocho siglos dan para mucho, incluido el Parador que se estrena. Donde antes se vigilaba el horizonte en busca de velas enemigas, hoy se contempla el mismo mar esperando ser atacado por un c�ctel o una delicia gastron�mica.
Ibiza lleva tiempo reclamando un relato distinto al de la fiesta perpetua: el de su historia milenaria. Por eso la apertura del nuevo Parador en el coraz�n de Dalt Vila no es solo un hotel con buenas vistas, sino una intervenci�n arquitect�nica que dialoga con siglos de historia. Exhumarla hizo que un proyecto de 27 millones de euros, cuyas obras arrancaron en 2009, superara los 47 millones y los 17 a�os de trabajos y descubrimientos: �nforas p�nicas para el transporte de aceite, vino y grano que evidencia el comercio con cartagineses y griegos; cer�mica isl�mica y mud�jar; vajilla medieval.

Vistas privilegiadas al mar.
Subir hasta Dalt Vila siempre ha tenido algo de peregrinaci�n laica. Las calles empedradas serpentean hacia la catedral provocando la sensaci�n de estar flotando entre la piedra y el mar. Cuando llegas arriba, el aire cambia. Sopla m�s limpio, m�s antiguo. Y ahora tambi�n huele a hotel nuevo.
El parador ocupa el hist�rico conjunto del Castillo y la Almudaina, en el antiguo baluarte de Santa Luc�a, que forma parte del conjunto declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Las habitaciones se abren entre muros de piedra m�s antiguos que muchas capitales europeas.
Los ventanales de las 66 habitaciones convierten cualquier gesto cotidiano en escena cinematogr�fica. Abrir la cortina por la ma�ana es como estrenar el d�a, mientras all� abajo, ferris y yates que parecen juguetes, ponen rumbo a la isla Formentera. Ventanales amplios, tonos tierra, blancos ibicencos y esa luz que entra sin pedir permiso. El interiorismo —inspirado en las mas�as tradicionales— apuesta por materiales naturales y una calma muy poco impostada. Nada grita. Todo respira. Incluso los cabeceros textiles, creados en exclusiva por la artista Koral Antol�n, parecen recordarte que la vida, como sus l�neas bordadas, avanza con peque�os desv�os.


Dos espacios del hotel, inspirado en las antiguas mas�as.
El edificio conserva la robustez militar —piedra gruesa, pasillos que invitan al eco— pero por dentro todo es luz, l�neas limpias y madera clara, como si la historia hubiera decidido ponerse c�moda. Bajar a desayunar implica atravesar espacios donde conviven muros renacentistas, estructuras medievales y hasta las ruinas de un templo romano levantado sobre un antiguo santuario fenicio. Zumo de naranja y caf� sobre capas de civilizaciones. Vestigios que recuerdan que Ibiza fue fenicia, romana y, sobre todo estrat�gica, desde lo que ahora es una piscina que parece suspendida sobre la muralla, con el mar extendido a sus pies como una alfombra l�quida.
En la terraza, con el sol cayendo sobre las murallas, cuesta creer que la isla haya sido arrasada por los templos de la m�sica electr�nica, porque Ibiza no necesita m�sica de fondo. Aqu�, el silencio, cotiza al alza.
El restaurante recuerda que red de Paradores suele tomarse en serio lo de la gastronom�a local, y aqu� no es excepci�n. Al mediod�a, propuestas m�s ligeras —gamba roja, pescados de lonja, arroces para compartir—; por la noche, una carta m�s afinada, con gui�os al recetario balear. No faltan el bullit de peix, el sofrit pag�s o los postres elaborados con almendra y miel.

La gamba roja, pescados de lonja, arroces para compartir componen la oferta 'gastro' del mediod�a.
Lo interesante del nuevo parador no es solo que sea bonito —que lo es— sino lo que simboliza. En una isla acostumbrada a los superlativos nocturnos, apostar por un hotel en la perla del coraz�n hist�rico, en una estructura abandonada desde los a�os 70 bajo derrumbes constantes que amenazaban su extinci�n, es casi una declaraci�n de intenciones. Aqu� el lujo no est� en el exceso sino en el contexto: dormir dentro de un recinto amurallado del siglo XVI y bajar caminando a perderse por callejuelas que, al caer la tarde, vuelven a pertenecer a los vecinos y a los gatos.
Es la opci�n para quien quiere amanecer sin ojeras �picas, para quien disfruta m�s de una conversaci�n larga que de un amanecer improvisado en la pista. O, sencillamente, para quien desea comprobar que la melod�a de la isla tiene m�s variedad que una sesi�n de m�sica electr�nica.

El hotel ocupa el hist�rico conjunto del Castillo y la Almudaina, en el antiguo baluarte de Santa Luc�a, que es Patrimonio Mundial de la Unesco.
Dormir en el Parador de Ibiza es, en el fondo, una forma de reconciliarse con la isla. De mirarla desde arriba, desde la piedra antigua que la ha protegido durante siglos, y admitir que bajo la etiqueta de destino hedonista late una ciudad hist�rica, elegante y sorprendentemente �ntima. Y eso, en Ibiza, es casi una revoluci�n. La novedad no es que haya un hotel nuevo. Es que la fortaleza vuelve a estar viva. Y esta vez, el asedio, consiste en reservar con antelaci�n.
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