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Esmeralda Sáez I. BalearesI. Baleares · 2026-04-30 · via Viajes

Actualizado

Hace más de un siglo que en esta propiedad se descorchó la última botella de malvasía de producción propia. Cuando el proyecto hotelero comenzó a tomar forma -con una restauración que se prolongó durante años y que fue llevada a cabo con un respeto casi reverencial por cada muro y cada piedra-, una pregunta planeaba en el ambiente: ¿volvería a producir vino?

La histórica possessió ha sido, ante todo, un territorio agrícola. Durante siglos vivió del cultivo de la tierra: almendras, algarrobas, aceite de oliva... y, especialmente, del vino. Ya en el siglo XIII existen registros de la venta de su producción, con especial protagonismo de la uva malvasía, una variedad delicada que crece en proximidad al mar. "Antes no nos daba de comer el turismo; nos daba de comer la montaña", aclaran desde el hotel.

El esplendor del vino se truncó en el siglo XIX, cuando una plaga de filoxera arrasó los viñedos de la isla. Durante más de cien años, la producción desapareció. "Recuperar el vino es parte de devolver la propiedad a lo que fue", cuenta su director, Vincent Padioleau. Ahora, la malvasía, con su característico toque salino, vuelve a crecer en los bancales de origen árabe que modelan la montaña.

Botella de la primera cosecha de vino.

Botella de la primera cosecha de vino.

Una figura ha sido esencial en la recuperación de la tradición vinícola del lugar: el enólogo Pedro Balda, riojano de origen y con experiencia internacional en variedades minoritarias. Su vínculo con Mallorca comenzó en la Universidad de las Islas Baleares. Fue allí donde entró en contacto con la malvasía de la zona de Banyalbufar, una uva que, según explica, "es la única variedad blanca mallorquina que conserva bien la acidez y permite elaborar vinos frescos". Ese descubrimiento fue determinante. Porque, si algo tenía claro el plan desde el inicio, era que se debía respetar la historia de la finca: "Todo el trabajo se ha realizado de forma manual, teniendo en cuenta la orografía de la montaña".

La primera producción ha sido limitada: unas 1.700 botellas obtenidas a partir de poco más de 2.000 kilos de uva. Parte del vino se servirá en el propio hotel, mientras que el resto se comercializará de forma selectiva en restauración. Pero miran al futuro con optimismo. La intención es integrarse en la indicación geográfica de la Sierra de Tramontana, aunque los procesos administrativos aún están en marcha.

La finca, de unas 300 hectáreas, no solo ha recuperado el viñedo. También produce aceite de oliva, miel —con colmenas propias— y mantiene una pequeña huerta que abastece a su restaurante, Sa Terrasa, donde la chef Brenda Lisiotti da vida a propuestas basadas en el concepto de la granja a la mesa. "Nuestra cocina es mediterránea y trabajamos, siempre que podemos, con producto local de la isla. No se trata de reinventar la gastronomía, sino de respetarla", añade el director. Los huéspedes de las villas también pueden disfrutar de comidas personalizadas preparadas por un chef privado, adaptadas a sus gustos y elaboradas con los mejores ingredientes mallorquines.

Una de las habitaciones de este exclusivo hotel.

Una de las habitaciones de este exclusivo hotel.

El conjunto hotelero combina 27 exclusivas habitaciones y tres villas de lujo: Sa Punta de s'Àguila, Sa Terra Rotja y Son Balagueret. En el proceso de rehabilitación, a cargo de Gras Reynés Architecture Studio y el diseñador de interiores Rialto Living, se ha protegido la historia del edificio y su patrimonio, utilizando materiales tradicionales y locales. Las torres originales de la casa principal se han transformado en dos Tower Suites, con vistas a los viñedos y las montañas. Los espacios comunes conservan elementos originales, como la histórica terraza que ahora alberga la piscina o una antigua tafona -prensa de aceite- en muy buen estado, donde se organizan todo tipo de eventos. Todo ello en un ambiente rural y con una filosofía clara: aprovechar al máximo los recursos del territorio.

De esa conexión con la tierra participa también el huésped. Aquí no se viene solo a pernoctar o a tomar el sol. "Los clientes no solo buscan descansar, sino vivir experiencias auténticas y conectar con el entorno", comenta el director.

Bancales donde se cultiva la vid.

Bancales donde se cultiva la vid.

Se organizan catas de vino entre viñas, cenas románticas al atardecer, talleres de cocina local o paseos por la propiedad en buggy. Incluso es posible practicar yoga en antiguos depósitos de agua de origen árabe, hoy reconvertidos en espacios de calma. Muchos viajeros apenas salen de la finca durante su estancia. No es necesario: hay senderos, acceso casi privado al mar y rincones donde el tiempo parece detenido. Al caer la tarde, cuando la luz tiñe de naranja la piedra y el silencio lo envuelve todo, llega el momento de degustar este vino renacido de su tierra.

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