


























Barcelona no es solo el lugar donde Javier Mariscal ha vivido, trabajado y creado durante d�cadas. Es, sobre todo, el territorio emocional desde el que mira el mundo. Una ciudad que entiende como organismo vivo con puerto y monta�a, mercado y barrio, inmigraci�n y memoria, placer y m�todo.
Hablamos con �l en su maravilloso estudio en la zona de Poblenou mientras nos ense�a su nueva creaci�n art�stica: un reloj de la edici�n del proyecto Swatch Destination Art. Mariscal observa Barcelona con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada, pero sigue profundamente conectado a su pulso. La define con una frase que resume su car�cter h�brido: una ciudad del norte en un pa�s del sur. Del norte, dice, tiene la organizaci�n, la palabra cumplida y la estructura. Del sur, el disfrute, el sentarse a la mesa, el vermut, la cerveza bien tirada, la conversaci�n sin prisa. Esa mezcla explica buena parte de su identidad creativa, y tambi�n la singularidad de Barcelona frente a otras capitales europeas.

Subida al Parque de Montju�c.V. B.
No entra en comparaciones est�riles. Su vida, asegura, funciona por etapas, por "cajitas" que se llenan y se vac�an con el tiempo. Cambian los horarios, las costumbres, las prioridades. Lo que permanece es la curiosidad y una mirada atenta, sin demasiada nostalgia. "Me gusta aprender a envejecer", afirma. Y en esa frase hay ciudad y hay biograf�a.
Durante a�os vivi� en el Born, en plena Ciutat Vella, un enclave que para �l concentra la esencia de Barcelona. Para �l, el puerto no es un paisaje, es un relato continuo. "Por mar llegaron la imprenta, los idiomas, la tecnolog�a, las ideas... y tambi�n las naranjas. Barcos cargados de fruta que sub�an desde Valencia, y dejaban en el aire ese olor c�trico mezclado con sal". Reconoce que este ingrediente es su debilidad, y que no pasa un d�a sin comer una naranja, "a poder ser de mi tierra".

Las calles del Born.V.B.
Tiene alma de poeta y describe la ciudad con claridad. "La Rambla —conectada directamente con el puerto— algo casi org�nico. Un �tero, un espacio de entrada y salida constante". Y Montju�c, la gran monta�a que observa la ciudad, act�a como madre protectora. Ya los romanos lo entendieron: "Barcelona se construy� gan�ndole terreno al mar, capa a capa, hasta convertirse en esa franja precisa entre r�os, monta�a y Mediterr�neo", nos explica con su particular manera de contar las cosas.
Lejos de idealizar el pasado, Mariscal cree que Barcelona ha cambiado siempre para mejor. "La inmigraci�n ha sido clave en esa evoluci�n: argentinos en los setenta, despu�s colombianos, senegaleses, pakistan�es... culturas que han tra�do nuevas formas de hablar, de cocinar y de relacionarse". Hoy la ciudad es m�s abierta, m�s rica y compleja. Tambi�n cree que ha cambiado la relaci�n con la lengua, "donde antes el acento marcaba distancia, ahora hay convivencia". El catal�n se habla con muchos tonos y procedencias, y eso —dice— es una se�al de madurez cultural.
Nos centramos en la gastronom�a. Mariscal es hombre de picoteo y de buen producto. Le gustan las tapas, el pescado al horno con sal, la sepia y los calamares. Cocina, pero sin solemnidad. Prefiere los bares y restaurantes donde el producto manda y la mesa es lugar de encuentro.

El Mercado de la Boquer�a.SHUTTERSTOCK
No presume de direcciones —la dislexia le juega malas pasadas con los nombres—, pero s� de rituales. Entre ellos, los mercados ocupan un lugar central. El Mercado de la Boquer�a es una referencia absoluta, "especialmente cuando se habla de fruta". Tambi�n el de Santa Caterina, en su barrio de siempre, donde encuentra naranjas aut�nticas y reci�n cogidas. Reconoce que su pasi�n por este fruto roza lo obsesivo. "La naranja no es solo un color en mi obra, es memoria, temporada y espera". Mariscal aguarda cada a�o a que llegue el momento exacto. Ni demasiado pronto ni demasiado �cido. Cuando est� en su punto, la pela con cuidado y la come a trozos, sin az�car ni artificios. No le interesan los postres de moda ni la sofisticaci�n innecesaria. La naranja, sola, basta.

El Mercat de Santa Caterina, nacido en 1845.SHUTTERSTOCK
Tras a�os al frente de equipos enormes, hoy trabaja con cuatro personas en un espacio reducido que est� lleno de plantas por todas partes. "Menos ruido, m�s foco", a�ade. Tambi�n se ha retirado a vivir al campo que, como bien afirma, "me da calma. Creo que ya he hecho todo lo que ten�a que hacer en la gran ciudad, aunque vengo todas las semanas".
El cambio no es una retirada, sino una elecci�n, afirma. Por �ltimo, nos explica algo m�s sobre su proyecto con Swatch, de nombre Grancelona, que engloba toda la ciudad porque —como dice Mariscal— "no se limita al centro reconocible, sino que incorpora barrios, periferias y municipios que forman parte del �rea metropolitana". Una Barcelona extensa, interconectada, real. "El mar, el puerto, el parque central, el Tibidabo, la Diagonal y las grandes v�as definen su identidad gr�fica", explica el artista. Una ciudad que ya no cabe en l�mites antiguos.
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