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El secreto más dulce de 12 monjas de clausura en Atocha: ...
Fotos: Elena Iribas · 2026-05-08 · via Portada // elmundo

Una pequeña puerta de la calle Santa Isabel, a poco más de cinco minutos de la estación de Atocha, separa dos mundos. A un lado del pomo, el bullicio del centro de Madrid. Al otro, el silencio.

En una acera, turistas y madrileños van y vienen sin parar; en la otra, una docena de hermanas Agustinas (seis de la India) dedican su vida a dos tareas: una divina, la oración; otra terrenal, la elaboración de dulces y repostería, desde pastas de almendra hasta rosquillas, magdalenas, coquitos y bizcochos.

Son las 10 de la mañana de un lunes cualquiera en el centro de la capital. En casi todas las dependencias del Real Monasterio de Santa Isabel domina también la quietud. Una tranquilidad que sólo rompe de vez en cuando el jolgorio amortiguado del colegio de La Asunción, pegado al cenobio, y los trabajos de algunos miembros de Patrimonio Nacional, institución a la que pertenece el edificio, construido a mediados del siglo XVII, bajo el reinado de Felipe IV.

Hoy es un día especial en el monasterio. Toca elaboración de pastas y se nota en el obrador. "Normalmente son tres las religiosas que se encargan", dice la hermana María Teresa, priora del monasterio. Pero los días que hay que reponer los dulces, casi todas acuden hasta el obrador, situado a pocos pasos del huerto del edificio.

Las religiosas trabajando en el obrador.

Las religiosas trabajando en el obrador.

En silencio y muy concentradas, las hermanas Florinda, Ana María, Beatriz, Smitha, Brenda, Alida, Dani y María José elaboran las pastas que posteriormente venderán a través del torno, como es habitual en conventos de clausura como éste de las Hermanas Agustinas Recoletas.

En una mesa grande de metal, como la que se puede encontrar en cualquier pastelería, seis de las hermanas se reparten las tareas para hacer sus pastas más conocidas. Bajo el nombre de Alonso de Orozco, rinden homenaje al religioso que fundó el primer convento de las Agustinas, en 1589, y cuya estatua preside un pequeño jardín del edificio.

La hermana Florinda, de 22 años y de origen guatemalteco, da forma a la masa; la hermana Smitha, de la India, usa una laminadora para dejarla con el grosor justo, para que sor Ana María y sor Brenda usen el molde que les da forma de luna y estrella. Las hermanas Beatriz y María José rematan las pastas pintándolas con huevo batido, espolvoreando azúcar y decorándolas con almendras picadas.

Dos hermanas haciendo rosquillas.

Dos hermanas haciendo rosquillas.

Las seis practican una coreografía perfecta que termina con una bandeja llena de pastas listas para hornear. Llevan una hora trabajando y ya hay siete esperando a que el horno esté libre. "Hacemos trabajo en cadena y vamos rotando de posición", explica sor Alida. "Así aprendemos todas a hacer todo", añade otra de las religiosas.

A un lado del obrador, en la pared opuesta a un cuadro de la Virgen y el niño que preside la estancia, dos hermanas más se encargan de hacer uno de sus más afamados dulces: las rosquillas. Mientras una bolea pacientemente la masa y le hace el agujero, otra controla la fritura para que tengan el punto exacto que logra que estén firmes por fuera y esponjosas por dentro. Al final de la mañana, han conseguido llenar un enorme barreño con decenas de rosquillas que una de ellas ha terminado decorando, una a una, con azúcar por encima.

Mientras trabajan, suelen guardar silencio. Si hablan entre ellas, lo hacen en un tono suave y ligero, como para no interrumpir los pensamientos de sus compañeras. "Es un buen momento para orar y meditar", explica la hermana Beatriz, colombiana de 77 años.

Rosquillas recién hechas.

Rosquillas recién hechas.

Ora et labora

El día empieza pronto para la congregación, primero con los rezos, les sigue el desayuno y, después, pasan al obrador sobre las 9.30 de la mañana. Terminan a la hora de comer. "Almorzamos sobre la una de la tarde, como los albañiles", dice con una sonrisa la hermana encargada de la comida, que ese día consiste en un guiso de arroz con habas.

El ritmo con el que trabajan, sin prisa, pero sin pausa, denota que llevan tiempo preparando dulces, aunque no siempre lo han hecho a esta escala, como si de un pequeño obrador se tratara.

"Antes los hacíamos para consumo propio o para regalar a otros religiosos o familiares", detalla la priora. La producción era pequeña y ajustada a esas necesidades. Pero hace poco más de dos años decidieron, obligadas por las circunstancias, abrir el obrador, aumentar la cantidad de dulces que elaboran y venderlos al público. "El monasterio fue durante 40 años un archivo de un banco", comenta la priora. Tras la fusión de esa entidad con otro banco, el archivo se trasladó de ubicación y las hermanas se quedaron sin esa labor de documentalistas.

Una bandeja de pastas antes de meterlas en el horno.

Una bandeja de pastas antes de meterlas en el horno.

Para poder seguir una de las normas de la orden de San Agustín, que les pide un "trabajo para su propio sustento", las hermanas miraron intramuros y hallaron la solución en uno de sus hábitos más comunes. "Unos amigos seglares de la orden nos sugirieron que vendiéramos los dulces que ya hacíamos para nosotras", cuenta la priora.

Consiguieron la licencia, los permisos de Sanidad y todo lo necesario para montar el obrador, gracias a otro amigo de la congregación. Lograron ponerlo en marcha hace poco más de año y medio. Otro amigo les diseñó las cajas y bolsas en las que envasan la producción.

El dinero recaudado tiene como destino el sustento de las propias hermanas. "Nos da para vivir", afirma. Y así lo atestiguan los ajustados precios: 12 euros por una decena de rosquillas, 16 euros por un bizcocho de considerable tamaño o 10 euros por una caja de pastas.

Haciendo los bizcochos que venden por encargo.

Haciendo los bizcochos que venden por encargo.

Las recetas proceden del archivo que atesora la congregación. Algunas cuentan con más de 50 años de historia. "Si no las hiciéramos, desaparecerían", opina la priora.

Para elaborarlas sólo utilizan ingredientes naturales y productos de su propia huerta, como las naranjas y limones con las que aromatizan sus dulces. "Le damos la lista de la compra a un amigo y él nos trae todo de Makro", explica. "Sólo entran productos naturales", dice con rotundidad, mientras las religiosas abren una bolsa de almendras picadas.

La venta de los dulces se hace a través de un torno en la entrada del convento.

La venta de los dulces se hace a través de un torno en la entrada del convento.

El catálogo no sólo cuenta con dulces que producen durante todos los meses, como las pastas o las rosquillas, o por encargo, como los bizcochos. También elaboran recetas estacionales. "En Navidad hacemos polvorones y mantecados y en Semana Santa, torrijas de leche", apuntan. Los dos últimos productos que se han incorporado a la vitrina son las pastas Agustininas, en honor a "una de las hermanas más implicadas en la fabricación de dulces, que falleció hace unos años", y las pastas María del Amor, nombradas así en honor a otra de las hermanas, priora del monasterio, que murió hace unos meses. "Son muy dulces, como su nombre", remata emocionada sor María Teresa, la priora actual.