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Termina la cumbre del "G-2": Trump asegura que Xi se ha o...
Lucas de la CalCorresponsal PekínCorresponsal Pekín · 2026-05-15 · via Portada // elmundo

Después de dos jornadas de diplomacia envueltas en pompa imperial, largos paseos ceremoniales y una estudiada exhibición de cordialidad y de reinicio de las relaciones, la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump terminó en Pekín con el despegue del Air Force One rumbo a Washington. El presidente estadounidense dijo el viernes que su homólogo chino se ofreció a mediar para poner fin al conflicto con Irán y garantizar la libertad de navegación a través del Estrecho de Ormuz.

Además de abordar la crisis en Oriente Próximo, Trump reveló durante el viaje de regreso que ambos líderes "hablaron mucho sobre Taiwan", pero añadió que no creía que hubiera ningún conflicto al respecto. Este fue el asunto que dominó parte del trasfondo estratégico de toda la cumbre. Durante su primer cara a cara del jueves, Xi advirtió de que un "mal manejo" de la cuestión taiwanesa podría conducir a "enfrentamientos" entre Pekín y Washington y definió la isla como "el tema más importante" de toda la relación bilateral, dejando claro que sigue siendo la gran línea roja de la política exterior china.

Trump aseguró que no había cerrado ningún compromiso con Xi en relación con Taiwan. También que el líder chino le preguntó directamente si EEUU defendería a Taipei en caso de que China atacara a la isla, pero que él se negó a responder.

"(Xi) no quiere ver una lucha por la independencia porque eso supondría una confrontación muy fuerte", explicó Trump en otra entrevista con Fox News. El republicano, fiel a su estilo directo, resumió el riesgo geopolítico en términos mucho más crudos: "No quiero que nadie declare la independencia y tengamos que viajar 9.500 millas para librar una guerra". Luego añadió una frase que condensaba el delicado equilibrio que ambos intentaron proyectar durante la cumbre: "Quiero que Taiwan se calme. Quiero que China se calme".

El viernes al mediodía, Trump y Xi compartieron una ceremonia en Zhongnanhai, el recinto amurallado y hermético donde late el verdadero corazón político de China. Oculto tras muros grises y lagos artificiales al oeste de la Ciudad Prohibida, este complejo reservado a la élite del Partido Comunista alberga las oficinas de la cúpula dirigente y las residencias de los principales líderes del régimen.

Los dos líderes pasearon por pabellones tradicionales, sauces que se inclinan sobre el agua y senderos custodiados por una seguridad impenetrable. Zhongnanhai funciona desde hace décadas como el equivalente chino de una mezcla entre la Casa Blanca y el Kremlin. Durante las dinastías Ming y Qing fue un jardín imperial destinado al descanso y a los banquetes privados de los emperadores. Tras la victoria comunista de 1949, Mao Zedong lo transformó en el santuario del poder revolucionario, un espacio casi inaccesible para el ciudadano común y cargado de simbolismo político.

"Hemos resuelto muchos problemas que otras personas no habrían podido solucionar", soltó Trump delante de la prensa. "Hemos cerrado acuerdos comerciales fantásticos", añadió. El Ministerio de Asuntos Exteriores chino también informó que Trump y Xi alcanzaron "nuevos consensos", sobre cuestiones importantes que afectan a ambos países y al mundo, aunque sin profundizar en temas específicos.

Desde Zhongnanhai, Trump también hizo una referencia a la situación en Oriente Próximo: "Hablamos sobre Irán. Tenemos una opinión muy similar sobre Irán. No queremos que tengan un arma nuclear y queremos que el estrecho se abra".

Después del té, ambas delegaciones se dirigieron para el Gran Salón del Pueblo, el hemiciclo de la Plaza de Tiananmen, para una comida de trabajo. Sobre su viaje a China, Trump añadió: "Es un honor estar aquí. Volveremos".

La escena de regreso al Air Force One fue idéntica a la de su llegada: Trump pisando la alfombra roja delante de filas de soldados firmes y estudiantes que ondeaban banderas chinas y estadounidenses al unísono. En el avión, Trump atendió a los periodistas que viajaron con la delegación estadounidense, que le preguntaron si cree que Xi es un dictador. "No pienso en eso. Uno se ocupa de lo que tiene. Lo respeto. Es muy inteligente. Ama a su país. Si es un dictador o no, eso es algo que cada uno debe decidir".

Conversación privada con Xi

Al amanecer, mientras gran parte de la delegación estadounidense seguía encerrada en hoteles blindados por las medidas de seguridad, Trump irrumpió en Truth Social para revelar parte de una conversación privada mantenida con Xi. El presidente estadounidense contó que el líder chino había descrito a Estados Unidos como "quizá una nación en declive", una expresión muy vinculada al discurso estratégico de Pekín sobre el ascenso de China frente al desgaste occidental.

Trump reinterpretó inmediatamente el comentario en clave de política doméstica y aseguró que Xi se refería en realidad "al tremendo daño causado durante los cuatro años de Joe Biden", citando una larga lista de agravios habituales de su discurso electoral: "fronteras abiertas, impuestos altos, DEI, hombres en deportes femeninos, crimen descontrolado y horribles acuerdos comerciales".

El republicano contrapuso después esa supuesta decadencia con lo que definió como el "renacimiento" de EEUU bajo su regreso al poder, reivindicando máximos bursátiles, fortaleza militar y sus recientes operaciones contra Irán. Según Trump, Xi incluso le habría felicitado por esos "éxitos tremendos".

Trump también aprovechó su entrevista con Fox News para asegurar que Xi le prometió en privado que China no enviará equipamiento militar a Irán. "Lo dijo con mucha firmeza", aseguró el presidente estadounidense.

Focos de tensión

"Creo que es una cumbre histórica, son los dos grandes países; yo la llamo el G-2", afirmó Trump. El jueves, la fotografía de la jornada fue la de dos líderes esforzándose por proyectar estabilidad mientras, debajo de la superficie, permanecen intactos todos los grandes focos de tensión entre Washington y Pekín.

Taiwan, la guerra tecnológica, los aranceles, la crisis de Oriente Próximo y el pulso por el control de las cadenas globales de suministro siguen ahí. Pero tanto Xi como Trump llegaron a esta cumbre con suficientes incentivos políticos y económicos como para intentar vender al menos una tregua parcial. "He coincidido con el presidente Trump en una nueva visión para construir una relación constructiva entre China y Estados Unidos basada en la estabilidad estratégica", declaró Xi.

Las expectativas para la segunda jornada se concentraban sobre todo en el terreno económico y tecnológico. Fuentes de ambas delegaciones dan prácticamente por hecho que se anunciarán acuerdos comerciales vinculados a grandes compras chinas de productos agrícolas, energía y aeronaves estadounidenses, además de nuevos mecanismos de cooperación limitada en inteligencia artificial y semiconductores. Trump aseguró que China había acordado comprar 200 aviones Boeing.

La reunión entre Xi y Trump desde una pantalla gigante de Pekín.

La reunión entre Xi y Trump desde una pantalla gigante de Pekín.WANG ZHAOAFP

Además de las rondas de diplomacia, esta cumbre en Pekín se ha caracterizado por la gigantesca delegación empresarial que aterrizó junto a Trump: peces gordos de Wall Street y Silicon Valley. Desde Elos Musk (Tesla) a Stephen Schwarzman (Blackstone). Nunca antes un presidente estadounidense había llegado a China acompañado de una concentración semejante de poder financiero, industrial y tecnológico.

Una de las imágenes más simbólicas de la jornada de ayer se produjo precisamente cuando varios de esos empresarios fueron invitados a entrar brevemente en la sala donde Xi y Trump mantenían sus conversaciones. El gesto, altamente inusual en el rígido protocolo chino, fue interpretado como una señal directa de Pekín hacia las élites económicas estadounidenses. Trump lo resumió después con una frase reveladora: había llevado consigo a los principales líderes empresariales del país para "rendir homenaje a Xi y a China".

La frase encapsula bastante bien el momento actual de la relación bilateral. Porque, pese a la retórica agresiva de los últimos años, buena parte del capitalismo estadounidense sigue profundamente entrelazado con China. Musk necesita mantener intacta la producción de Tesla en Shanghai; Jensen Huang (Nvidia) presiona desesperadamente para recuperar acceso pleno al mercado chino de inteligencia artificial; Tim Cook (Apple) continúa dependiendo de una cadena de suministro china valorada en decenas de miles de millones; y Wall Street lleva años soñando con una apertura mucho mayor del sistema financiero chino.

Xi entiende perfectamente el mensaje y en sus reuniones con empresarios estadounidenses aseguró que las puertas de China "se abrirán cada vez más" a la inversión extranjera, un intento evidente de seducir al sector privado estadounidense.

La historia de Zhongnanhai

Este viernes todos los focos apuntaron al paseo de los líderes por Zhongnanhai, un lugar que ocupa un capítulo central en la historia diplomática contemporánea de China. El complejo irrumpió en la escena internacional en 1972, cuando Mao recibió allí a Richard Nixon, el primer presidente estadounidense en ejercicio que pisaba suelo chino.

Aquel encuentro tuvo lugar en el célebre edificio de la piscina, la residencia-oficina donde Mao pasaba largas temporadas y desde donde dirigió algunos de los episodios más turbulentos del maoísmo. Aquella conversación entre Nixon y Mao selló el inicio del deshielo entre Washington y Pekín en plena Guerra Fría y convirtió a Zhongnanhai en un escenario reservado para los gestos diplomáticos de mayor carga simbólica.

Desde entonces, los líderes chinos han abierto las puertas del complejo únicamente a invitados cuidadosamente seleccionados. Jiang Zemin recibió allí en 2002 a George W. Bush, en un momento en que China empezaba a consolidarse como potencia global. Xi Jinping ha reforzado todavía más el valor ceremonial del recinto. En 2014, durante una cumbre regional celebrada en Pekín, organizó en Zhongnanhai una reunión informal con Barack Obama que buscaba proyectar cercanía estratégica entre ambas potencias. Una década después, en 2024, Xi volvió a recurrir al mismo escenario para recibir al presidente ruso Vladimir Putin, escenificando la sintonía entre Pekín y Moscú en plena confrontación con Occidente.