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Portada // elmundo

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El Mundo
�ngeles Escriv� · 2026-06-17 · via Portada // elmundo

El hogar de Rubén explotó sin remisión por un descuido. Centenares de veces a partir de entonces se reprocharía haberse dejado el ordenador encendido con la frase: «Mi familia se entera de que soy gay y me muero». Después de que su hermana cometiese la indiscreción de leer el mensaje y considerara que era su obligación contárselo a su madre, ésta le llamó a capítulo en torno a la mesa del comedor. Él escuchó los reproches y aquella solución innegociable que su madre vio con absoluta claridad, que fue la de llamar a un pastor evangelista de Torrejón de Ardoz para que le practicase un «exorcismo» que duró todo un fin de semana.

Por supuesto, el misionero no lo hubiera llamado jamás exorcismo. Ese es un término demasiado católico. Pero Rubén lo llama así. Durante 24 horas, aquel hombre y su mujer se conjuraron en el salón de la casa familiar para hacerle expulsar el espíritu de Satanás y sanar su cuerpo. «Fuera la homosexualidad de tu cuerpo», ordenaba en pleno éxtasis. «Fuera la pederastia», añadía. «Fuera la zoofilia», remachó para espanto de Rubén.

«Por aquel entonces, yo llevaba años pensando que era un desviado, que era un vicioso, que había un problema en mí y que era un monstruo, pero aun acostumbrado a mortificarme, aquella equiparación me pareció salvaje, me dolió muchísimo. No sería la última vez que la escucharía. En uno de mis viajes de reconversión, en Brasil, uno de mis cuidadores me dijo que ser homosexual era lo mismo que fornicar con un caballo. Se me quedó grabado», explica a Crónica Rubén Moreno, hoy un ex evangelista que se vio obligado a convertir su adolescencia y su juventud, de forma dolorosa y cruel, en un viaje en busca del milagro de la heterosexualidad.

Esta, la de Rubén, es una historia de denuncia siempre pertinente, pero más ahora que los líderes más seguidos de la Iglesia evangélica, los que congregan a más fieles en sus actos públicos y recaudan más fondos, como Franklin Graham, quien recientemente visitó Madrid, envían un mensaje de rechazo a la homosexualidad concebida como un pecado, en el mejor de los casos, que puede acabar convirtiendo la vida de los afectados en una pesadilla.

EL DESASOSIEGO Y EL CREACIONISMO

La vida de Rubén hasta ese momento había sido puro desasosiego y pura simulación. Nacido en Valencia en 1988, unos años en los que había muy poquitas iglesias evangélicas y todas ellas eran dirigidas por pastores españoles, su crianza estuvo rodeada de preceptos cristianos. Todos en su familia, sus tíos, sus primos, todos eran pastores evangélicos. «Por supuesto que en mi educación influyeron estas enseñanzas. Me han inculcado desde pequeño el creacionismo, la convicción de que la evolución es mentira. Mi madre se encargó de que los profesores no me la explicaran. Y no lo hicieron. Se empeñó en ello con la misma perseverancia con la que me impidió ir a las clases de religión católica». Rubén decidió distanciarse de la iglesia evangélica desde los 13 años hasta los 17. Apenas un respiro que, paradójicamente, le hizo regresar con más fuerza.

«Me atraparon de nuevo. Es muy cierto que hay protocolos para captar a gente. Pero, en este caso, unos familiares me invitaron a una iglesia en la que había música, sonaban las baterías, una mujer cantaba... Yo estaba acostumbrado a la sobriedad bautista, y aquello me pareció bastante espectacular; y empecé a asistir casi todos los días de la semana. De algún modo trataba de compensar mis defectos, tenía sentimiento de culpa por mi condición sexual. De hecho, dejé el colegio porque no podía aguantar la presión de estar mintiendo todo el día. Vivía con miedo. Llevaba oculto el asunto de mi homosexualidad. Me comportaba como si fuera más bruto que Santiago Abascal. Lo exageraba todo para no levantar sospechas», recuerda.

Rubén justifica todas las veces que se alejó para después regresar (que fueron muchas), explicando que el mundo exterior resulta hostil para quienes conocen poco más que el entorno de la Iglesia. Si para las personas heterosexuales, la creación de esa red de relaciones y apoyo, esa burbuja evangelista, puede resultar su salvación, para otro tipo de personas, ese ecosistema puede convertirse en una cárcel.

LA DECEPCIÓN DEL BAUTISMO Y TRUMP

La posibilidad de ingresar en el Ejército se le apareció como una forma de huida, pero finalmente no se atrevió. Y cuando le hablaron de ir a un curso en Texas, en la escuela internacional Juventud con una Misión, lo consideró una salida. Rubén se bautizó para poder marchar, y, hasta ese bautizo, ese momento deseado desde siempre, realizado ya a los 18 años, en la edad adulta, cuando, como marcan los preceptos evangélicos, se consideró con la madurez suficiente para poder afirmar que estaba de acuerdo con todas las leyes de su Iglesia, le resultó doloroso. «Pensaba que, después de sumergirme en el agua, yo saldría hetero. Fue muy frustrante y muy triste. No hubo milagro ahí, aunque yo me había esforzado mucho», dice.

De modo que, cuando una vez en Texas encontró una profesora portorriqueña extremadamente rigurosa, pensó que ese, el del rigor y la dureza, era el camino que tenía que seguir para conseguir su redención. «Hicimos viajes misioneros a Israel y a Palestina, pero es que, en realidad, aquello eran trabajos forzados sin posibilidad de poner nada en cuestión y con planteamientos radicales. A mí en 2009, ya me estaban contando lo que hoy proclaman Trump o Bolsonaro» advierte. «Cuando volví me sentía muy mal por todo. Porque seguía siendo gay en secreto, porque no veía una salida en el horizonte y porque seguía con mis padres, que continuaban sin pagarme un sueldo por el trabajo que hacía en el puesto que ellos tenían en el mercado. Doce horas al día a cambio de vivir con ellos».

Y fue en ese momento en el que el descuido de la frase en el ordenador empeoró las cosas hasta extremos insospechados y mereció la llamada al misionero exorcista, de origen colombiano y residente en Torrejón. Crónica se ha puesto en contacto con el pastor, todavía en ejercicio, homologado por la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, FEREDE, quien ha declinado amablemente explicar el procedimiento.

«Me hicieron sentir como si fuera la peor persona del mundo, un violador, como si fuera un hijo ladrón, como si fuera un monstruo. Después, tuve que escuchar al pastor de nuestra iglesia de Valencia decir ante todo el mundo que Dios había creado a Adán y a Eva, no a Adán y a Esteban. Y, finalmente, me mandaron dos semanas vivir a la casa del misionero, donde durante horas me hacían pedir perdón por mis pecados. En ese periodo, mi madre estuvo llamándome todos los días para comprobar si se había producido el milagro y me había levantado heterosexual. Me sentí huérfano, roto», analiza.

EL SICARIO Y LA ZOOFILIA

No hubo milagro tampoco. De modo, que su familia buscó un sitio donde mandar a Rubén para que éste no diera que hablar en el mercado. Era un lugar en California diseñado de forma específica para curar la homosexualidad y la transexualidad. «Me enseñaron fotografías de chiquillos, también menores de edad, con batas blancas y el pelo rapado. Les sometían a esos conjuros que yo llamo exorcismos. Dije que no, y me enviaron a Brasil, en Curitiba, a un lugar en medio el campo. Me perdieron la maleta, nadie se preocupó por mí durante el primer mes en el que anduve perdido hasta que llegó el pastor Rodrigo Tapia para recordarme lo mala que era la homosexualidad. Uno de los que me cuidaba en ese lugar había sido sicario y había matado a su padre. Entonces pensé que era mejor que estuviera allí a que estuviera matando gente. Desde el primer día clasificaron la homosexualidad como pecados, junto al satanismo y la zoofilia, todo como si fuera lo mismo y decidí fugarme», recuerda.

Rubén sostiene que su madre le retiró los 2.000 euros que tenía en su cuenta cuando se enteró de que quería regresar a España. Al tercer mes, dejó de asistir a aquellas clases en medio de ninguna parte y decidió volver sólo para dormir. Perdió 20 kilos.

«Con los 50 euros de los que disponía en efectivo sólo podía comer un plátano o un batido de chocolate al día. O una cosa u otra. Y los viernes me gastaba un par o tres de euros en la comida de un bar de obreros en la que servían abundante pasta o arroz». Aquella travesía del desierto, infructuosa y durísima, apenas fue el principio de su pesadilla.

EL SUICIDIO Y LA FUGA DE LOS SIMPSON

«Mi estancia en Brasil sólo sirvió para reafirmarme en mi homosexualidad. Quemé todas los libros firmados por un montón de pastores. Tuve que regresar a casa y después de unos meses medio mal, intenté suicidarme sin lograrlo. Al despertar, manoteaba intentando quitarme las vías, que me dolían muchísimo, y sólo atinaba a decir: soy homosexual. Tengo que cambiar...» Apenas se repuso, Rubén se marchó de casa, buscó un piso compartido e intentó trabajar. Con poco éxito, porque no sabía desenvolverse en la vida lejos de la Iglesia ; de nuevo bajó la cerviz y regreso con su familia para comprobar que sus padres se estaban separando: su padre había osado plantear que quizás «estaban siendo muy radicales con el chiquillo».

Rubén, que defiende que, entre los evangélicos, pastores o no, hay buenísimas personas, denuncia también los excesos de algunos de los misioneros. Su interés por el dinero y la manipulación a la que someten a los miembros de su iglesia, de los que recaban el diezmo. «Yo he visto a personas que ayudan por amor, pero también he visto a pastores que, durante la crisis de 2010-2012 impidieron que los fieles se fueran del país a la búsqueda de algo mejor alegando que Dios los quería aquí porque así les sacaba la pasta; y además no la declaraban porque la mayor parte de estas personas trabajaba en negro. La cuestión es que, como en la iglesia evangélica no hay papa, no hay una jerarquía y cualquiera puede ejercer de pastor, hay personas que abusan y establecen criterios de provecho propio», denuncia Rubén, quien experimenta un rechazo especial hacia las corrientes de la iglesia que priorizan la obtención de riquezas. «Podía haberme hecho de oro si me hubiera quedado en EEUU como pastor. En una ocasión organizamos una reunión para jóvenes de 13 o 14 años y recaudamos 60.000 euros en dos horas», asegura.

A pesar de todo lo vivido, el episodio cuyo recuerdo le causa más dolor es el que sufrió en un hospital psiquiátrico en el que ingresó tras otro intento de suicidio preparado con sumo cuidado para ser ejecutado en el transcurso de un viaje familiar al Vall d'Arán. «Estaba tan desesperado, tan hastiado que le mandé un whatsapp a un chico al que estaba conociendo para despedirme. Me había llevado un preparado de alcohol con medicación que me tomé tras una discusión con mi familia. Me ingresaron en el hospital. Mi madre les explicó que yo era un hijo violento que le estaba haciendo la vida muy difícil y la creyeron».

«Ingresé en el hospital psiquiátrico, pero me fugué, como si fuera el protagonista de un capítulo de los Simpson. Rompí la luna del cristal del coche de mis padres porque allí tenía mis pastillas para acabar con mi vida. No quería hacerlo de un modo sangriento. Pero no conseguí sacarlas porque ya habían detectado mi marcha y venían a por mí. Era el mes de agosto y tras vagar durante hora, pedí ayuda a una chica. Los Mossos me trataron con absoluto respeto. Lo siguiente que recuerdo es levantarme atado a la cama. Les explique lo de Brasil, lo que me habían hecho mis padres, pero no me creyeron. Creyeron la versión de que yo era un hijo narcisista y violento. Tenía 30 años, era mayor de edad y contra mi voluntad me mantuvieron ingresado un mes; una semana con camisa de fuerza. Me pusieron pañales y los enfermeros se reían de mí si les pedía ir al baño. 'Te lo haces encima', me decían riéndose», relata Rubén Moreno, todavía sin encontrar una explicación a que todo aquello le ocurriera en un centro que tenía que haber procurado su cuidado y que, además, era un centro público.

RESURRECIÓN

A Rubén ya no le acogieron de nuevo en su casa. Fue dando tumbos, sufriendo el desdén de los representantes de asociaciones LGTBI, hasta que un psicólogo llamado Ismael Jiménez —«un Dios», en sus palabras— le ayudó a gestionar las ayudas públicas que le correspondían y que le permitieron encontrar una salida. Rubén se sacó el graduado escolar y el título de técnico de Farmacia que le proporcionó su trabajo actual y halló en aquel chico al que escribió el whatsapp avisándole de que se iba a morir, una pareja estable. Pero siente que hay cosas que es imposible reparar. Y ha optado por la denuncia.