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El Mundo
Ruth D�az · 2026-06-15 · via Portada // elmundo

Hay vidas quebradas desde la infancia, en las que la violencia fue siempre la normalidad. Aquellas que, alcanzados siquiera sus 18 años, cayeron en un primer amor que también brindó sólo golpes, terror. Es la costumbre. Lo conocido. Y a callar. ¿Cómo escapar siendo aún tan maleables? Pero, aun con fatales pronósticos, también renacen. Despegan con propulsión. Su «coraje, valentía y resiliencia» es tal que incluso dan lecciones a las profesionales de la Fundación Mariana Allsopp que las asisten. La impoluta estantería con productos de belleza y unos guantes de boxeo lo atestigua. Están ya gastados contra el miedo perpetuo. «Con el boxeo me siento segura, me hace confiar en mí. No quiero volver a ser maltratada por un hombre», sentencia Nora [nombre ficticio para proteger su identidad]. Su tono es dulce, pero resuelto.

Con 15 años ingresó en un centro de menores de Melilla y pidió asilo a España «por un motivo familiar», evita dar más detalles. Refugiada en CEAR, intentó «empezar una vida normal, trabajar, luchar, aprender idiomas, estudiar», relata. Pero se sumergió en una relación con un hombre que resultó ser «agresivo, maltratador, celoso» y no quiso aceptar lo ahora evidente. Quizá, de nuevo la costumbre. Hasta que un día la golpeó tanto que terminó con una orden de alejamiento. Acogida en un centro de emergencia de la Asociación Punto Omega, tuvo que abandonar su barrio y su trabajo, «con riesgo alto». En busca y captura su agresor, acosándola, le ofrecieron cobijarse en uno de los tres centros para mujeres jóvenes (de entre 18 y 25 años) víctimas de violencia intrafamiliar y/o machista, que gestiona la organización Mariana Allsopp. Creada en 2017 por las Hermanas Trinitarias, en realidad la andadura es ya de décadas y depende de la Comunidad de Madrid, que en 2025 aumentó en un 12,4% la financiación para estas casas. Pioneras en el alojamiento temporal (de 2 años) para las víctimas, sólo en 2025 prestaron apoyo, tratamiento y manutención a 64 mujeres.

La estantería de Nora.

La estantería de Nora.ANTONIO HEREDIA

«Ahora no me siento preocupada ni con un peso continuo. Me siento acompañada, estoy más tranquila», sonríe Nora, tras abrir su habitación propia a GRAN MADRID y mostrar las instalaciones plácidas, donde reside desde hace ya tres meses. «Me han ayudado a encontrar un trabajo y estudio, tengo una psicóloga todo el día y hasta celebramos cumpleaños. Este es un lugar más seguro. Aquí puedo vivir sin temor», insiste. Y, sobre todo, ella y sus compañeras [13 plazas en su centro] pueden armar un porvenir que nunca imaginaron.

«Quiero ser policía, ingresar en la Unidad de Atención a la Familia y la Mujer (UFAM), para ayudar a víctimas maltratadas, que tienen miedo a denunciar o porque son extranjeras. Hablo árabe, francés, italiano y español y puedo comunicarme con mujeres que quedaron atrapadas en la violencia», afirma Nora. «Cuando era más pequeña no tenía planes de futuro porque no tenía un apoyo tan fuerte. Ahora tengo este objetivo». Y lo defiende gracias a su arrojo, espoleado por el equipo de coordinación, trabajadoras sociales y psicólogas, y a que disfrutan, al fin, de ese techo seguro que toda persona merece. «Más que en los despachos, muchas veces se expresan más y puedes trabajar mejor con ellas en los lugares informales», cuenta Ana Palencia, coordinadora y trabajadora social desde hace 30 años, que remarca la importancia de lo residencial para que las víctimas puedan reponerse del maltrato y que sea, además, «en barrios dignos», donde las perspectivas son otras. Incluso la decoración del centro es balsámica: «Cree en ti y todo será posible» o «no dejes que tus miedos ocupen el lugar de tus sueños». También cuelgan murales, elaborados en talleres, que les recuerdan qué es amor y qué no, qué experiencias no son más que pura violencia. «Trabajar la prevención y que ellas sean conscientes y estén empoderadas, para no meterse en relaciones tóxicas que puedan derivar en violencia», es una de las claves.

Una habitación individual del centro.

Una habitación individual del centro.ANTONIO HEREDIA

«Llegan aquí con baja autoestima y mucho miedo y desconfianza. Como fueron dañadas por familiares o personas de referencia, han aprendido a desconfiar de los adultos. Desde el principio, hacemos por que ganen seguridad, habilidades sociales y autoestima. Con las compañeras, ven también que no son las únicas que han pasado por ciertas situaciones dolorosas y eso les anima a avanzar y a no quedarse estancadas en el papel de víctimas», comenta Inmaculada Kalekye, psicóloga del centro desde hace tres años, que reconoce que lo más arduo de su tarea es escuchar historias desoladoras cada día y servir de sostén emocional sin desbordarse. Las profesionales abren horizontes, tratan de que no se anclen a aquello terrible que padecieron.

«Intentamos devolverles la responsabilidad, que asuman qué es lo que quieren hacer con sus vidas y acompañándolas en sus decisiones. Y que puedan aprender también de los errores, porque vienen también con poca tolerancia a la frustración. Intentamos que se sientan en casa y que sepan que es una oportunidad para ellas», añade Ana Palencia, que también alude al valor de respetar los tiempos vitales de cada cual. De ahí que los dos años, pactados con la Dirección General de la Mujer, sean esenciales, más allá de la primera atención de urgencia. «A veces no están preparadas para ciertas cosas, pero el fin es que carguen su mochila de herramientas, transformar su sufrimiento en capacidad para salir adelante y ser felices».

La decoración del centro.

La decoración del centro.ANTONIO HEREDIA

De hecho, son jóvenes a las que se les exige más que al común de su edad, para que alcancen una autonomía plena cuanto antes. «Hay muchachos que van a casa y sólo tienen que estudiar y se lo encuentran todo hecho. Ellas han superado cosas que se ve que son más resilientes que cualquier universitario», incide la coordinadora. «Saben que no pueden dormirse en los laureles, tienen que aprovechar para estar preparadas». Por ello, desde que obtienen un trabajo, abren un plan de ahorro. «Hacemos talleres de economía doméstica, para que el día que salgan puedan alquilar una habitación o un piso. A veces es complicado que lo entiendan, porque se comparan con amigas que pueden dedicar todo el dinero al ocio y ellas no», asevera Judith Ferrera, educadora social con tres años en la fundación. Los retos que afrontan no son ordinarios. «No les gusta dar explicaciones fuera de aquí sobre su situación. En clase no quieren que las compañeras sepan que están en un centro. También es confidencial su localización... Pero quizá es por evitar un poco el estigma».

Pese a posibles prejuicios, las jóvenes residentes son ejemplo de audacia, como poco. Valora la coordinadora: «A mí me costaría mucho irme a otro país, intentar una vida normalizada después de todo. La capacidad de superación, con las trayectorias vitales que cargan, de asistir a una clase, con dificultades idiomáticas, es un aprendizaje para cualquiera». La misma Nora no duda un segundo en escoger un adjetivo para definirse: «Luchadora». Es todo un alegato.