

























Julián mira la ventana de soslayo. Apenas le quedan fuerzas. Es 19 de diciembre y los cristales de la habitación del hospital sucumben al intenso frío burgalés que preludia la Navidad y extiende ese viejo anhelo de felicidad y desasosiego a partes iguales. Hace ya unos días que sabe íntimamente que este año todo será diferente. Pero no sabe hasta qué punto. Se le hace difícil respirar. Sangra por la nariz, vomita y escupe coágulos por la boca. Su piel, convertida en papel de seda, supura al mínimo roce, pero ni se le pasa por la cabeza quejarse. En contra de cualquier pensamiento lógico, agradece que el lugar esté lleno de gente que le quiere. Sus amigos, sus hermanos, la familia que ha ido construyendo en 67 años de una vida de momentos plenos.
La dirección del Hospital Universitario de Burgos (HUBU)ha dado orden esa mañana de trasladarle a una habitación sin otros enfermos, sin más testigos de su sufrimiento. Sin más testigos, en definitiva. "Es para que esté más confortable", han asegurado. A media mañana, dos médicos desalojan la habitación para explicarle, a él y sólo a él, a pesar de que a duras penas conserva la consciencia, por qué hace una semana tenía toda la vida por delante y ahora está al borde de la muerte sin saberlo. Su hija y su mujer luchan por quedarse. "¿Quieres que escuchen la información que te vamos a dar?", le preguntan. Y él, penosamente, responde que "por supuesto que sí" y cavila sobre qué puede ser lo que tengan que decirle y es mejor que ellas no escuchen.
"Fue entonces cuando nos dijeron que se había producido un error humano en el departamento de Farmacia y que, en el tratamiento contra el cáncer de próstata que seguía, se había producido una sobredosificación de tres veces más la cantidad que le había sido pautada. Les pregunté qué tratamiento se le iba a dar o si había algún tipo de antídoto, o algún modo de hacer que el cuerpo eliminara toda esa toxicidad. Estaba abrasado por dentro. Nos dijeron que, como era la primera vez que pasaba algo así en el Hospital, no sabían cómo lo iban a ir tratando, que lo harían poco a poco. Nos quedamos atónitos", cuenta a Crónica Laura, la hija de Julián, días después de enterrarle.
En aquel momento de tristeza en el que sintieron como si se quedaran sin suelo bajo los pies, Laura preguntó a su padre: "¿Qué quieres que hagamos?". Y él, ya consciente de que se iba a quedar sin ver crecer a los nietos que le daban la vida, respondió: "Hay que denunciar, hay que llegar hasta el final para saber lo que ha pasado y sobre todo para que no vuelva a pasar".
Él entonces no lo sabía, pero Julián García fue la primera víctima detectada del error cometido por el Hospital de Burgos con cinco pacientes oncológicos el pasado mes de diciembre, dos de los cuales murieron en los primeros días y dos de los cuales lograron sobrevivir, aunque, al menos uno de ellos, con gravísimas secuelas. Él ha sido el tercer fallecido después de más de 127 días agonizando en una UCI de la que nunca salió. Tampoco lo sabía entonces, pero la dosis no había sido tres veces mayor que la pautada, como se le dijo, sino seis.
A partir de esa notificación, la familia relata un trato inaceptable por parte del centro médico que se negó a informarles, que les negó inicialmente hasta los historiales médicos a cuyo acceso tenían derecho y que centró sus energías en ganar el relato para la opinión pública. Todavía hoy no les ha facilitado la información sobre qué ocurrió o cuáles fueron los errores en los que incurrieron, de la que sí dispone este suplemento. Tantos errores se cometieron en el HUBU que, en una de las escasas reuniones que los hijos de Julián mantuvieron con la dirección, uno de sus dos interlocutores les dijo que tenían que "entender que un paciente es un número de historia", según recuerda Laura.
Julián García había sido auxiliar de enfermería en una residencia de ancianos hasta jubilarse. Se le detectó un cáncer de próstata del que estaba siendo tratado desde hacía año y medio y la reacción de su cuerpo había sido tan buena que no había necesitado ni un sólo paracetamol para contrarrestar los efectos del tratamiento. Por motivos que luego veremos, es importante explicar que tenía tal calidad de vida y tanta energía que todos los días paseaba durante hora y media a su perra Canela, acababa de ayudar a su hijo a hacer la mudanza, cuidaba de sus dos nietos de 8 y 10 años, jugaba con ellos, los llevaba al parque y les hacía la comida casi todos los días. Era un forofo con locura del Burgos y del Real Madrid y por eso la familia había planificado para esas Navidades una visita al Santiago Bernabéu. Luego tenía previsto un viaje a Marruecos y por Andalucía con su mujer. "Iros a comprar la ropa para la Comunión del pequeño, que yo los cuido", había animado a su hija días antes.
El viernes 12 de diciembre, antes de pasar a la consulta con su oncóloga, se le hizo la analítica para controlar que no estuviera inmunodeprimido y los resultados fueron perfectos, como correctos habían sido los datos del TAC y la gammagrafía realizados una semana antes. Ese viernes ya no recibió el tratamiento porque se hizo tarde. Al día siguiente, apenas llegó, el propio Julián hizo notar a las enfermeras que el envase o que el color de la concentración que le estaban suministrando eran distintos.
"Ellas le respondieron que lo habían traído de otro sitio pero que era el mismo que en otras ocasiones", apunta su hijo Pedro. No pensaron que hiciera falta comprobarlo. Un par de días después, Julián empezó a marearse en la comida y se sintió mal hasta el punto de no querer ver el partido del Burgos con su familia. El miércoles 17 empezó a vomitar sangre y dejó de poder moverse.
Antes de que le pasasen a planta y luego a la UCI (el 22 de diciembre, varios días después de llegar), Julián esperaría 8 horas en urgencias, en una camilla dura, sin poder acomodarse y sin que sus peticiones para que le ayudaran a sentarse o a cambiar de posición fueran atendidas.
Tampoco fueron atendidos en los días posteriores los varios ruegos de su mujer y de sus hijos al personal sanitario para que, al hilo del comentario que les había hecho Julián sobre los cambios que había percibido en la medicación cuando se la suministraron, comprobasen las características del producto que le había sido inyectado. "¡Pero tú sabes lo que estás diciendo!", les reprocharon asegurando que el control y los protocolos aplicados eran incuestionables.
"Hubiéramos agradecido un poco más de empatía y de humildad", dice Pedro, el hijo de Julián, enfermero en una residencia y que aprendió de su padre el trato cercano y humano hacia los pacientes. "Resulta paradójico que al final recibas todo lo contrario de lo que has dado tú siempre", lamenta el hijo con suavidad.
Los hijos y la mujer de Julián, en esa Navidad horrible, repleta de turnos, de ansiedad y de sufrimiento, llenaron las paredes de fotos de los nietos para que él se sintiese mejor. A pesar de estar siendo testigos de su sufrimiento, por consideración, dejaron que pasasen las celebraciones antes de preguntar a la dirección por un problema, el de encontrar una solución a la situación de su padre, cuya envergadura sospechaban que estaba superando a los profesionales.
Transcurridos Reyes, tras solicitarlo, fueron convocados por un responsable médico y por uno jurídico. Cabe hacer mención en este punto de que los médicos que habían comunicado a Julián que se había producido un error humano, se escondieron cuando Pedro quiso ampliar la información horas después por si Laura, en la ofuscación de un momento que le parecía pura ficción, había entendido mal. "Los buscamos y nos dijeron que no estaban y que no nos podían atender, pero yo escuchaba sus voces en el interior del despacho y le dije a Pedro que les esperásemos en la puerta, que estaban ahí. Abordarles cuando salieron fue el único modo de hablar con ellos", recuerda Laura. También cabe añadir que llevaban días dando vueltas por el Hospital para conseguir el historial médico de su padre, al cual tenían derecho.
"Los dos representantes de la dirección nos recibieron como bulldogs, como si los ofendidos fueran ellos, intentando avasallarnos con la intención de que la reunión acabase rápidamente. Ni siquiera nos preguntaron cómo estábamos. Les hicimos notar que, ante una situación tan brutal, hubiese sido de agradecer un mínimo apoyo psicológico. Les preguntamos qué medidas habían tomado y respondieron que, como no sabían qué había sucedido y quién había cometido el error, pues no podían hacer nada y nos hablaron de una indemnización a la que teníamos derecho. Salí temblando porque yo fui a hablar de la vida de mi padre y para que me dijeran cómo podíamos tirar todos de la situación, qué tratamiento le iban a poner, cómo lo iban a ir ejecutando, qué podíamos esperar y ellos me hablaron de dinero", añade.
El HUBU estaba tan a la defensiva que la oncóloga de Julián ni se había pasado por la habitación ni les había llamado por teléfono. Sólo tuvieron la oportunidad de reprochárselo cuando, en búsqueda del error, solicitaron la prescripción oncológica y primero les dieron un papel que no correspondía y luego les remitieron al departamento de su doctora para conseguirlo. La esposa de Julián le afeó su ausencia. Ella se excusó por su embarazo. La esposa de Julián le respondió que también podía haber hablado con ellos por teléfono. La doctora calló.
Y todavía les quedaba algo más por ver. La sorpresa de la familia fue mayúscula cuando, tras la reunión con la dirección del Hospital, el gerente, Carlos Cantón, dio una rueda de prensa el 13 de enero anunciando las indemnizaciones. "Dijeron que habían sido ellos quienes habían avisado a los familiares al detectar el fallo. Desde luego, a nosotros, no. Dijeron que nos habían ofrecido apoyo psicológico, pero mi madre no lo recibió hasta el 4 de febrero y gracias a las médicos de la UCI, a las que estamos profundamente agradecidos. Hablaron de dinero, de modo que se ganaron el favor de la opinión pública. Aseguraron que se trataba de gente mayor y muy enferma. Y fue ahí donde nosotros nos enteramos de que había recibido 6 veces más de la dosis estipulada", recuerdan los hijos de Julián, que entonces no pudieron contrarrestar esa información públicamente por "miedo". "No queríamos que la intervención directa con mi padre se viera entorpecida. Tú le ves ahí, enchufado a 1.000 máquinas y, al final, la vida de tu padre depende de ellos. Y, además, como no dispones de los datos, a ver cómo demuestras lo que ha sucedido", explica Pedro.
La familia de Julián cumplió el 28 de enero con su voluntad de denunciar los hechos ante la Fiscalía, todavía en su nombre, respaldada por la Asociación para la Defensa del Paciente y con la representación como abogado de Santiago Díez, un especialista en negligencias médicas que considera que puede haberse producido un delito de "lesiones graves por imprudencia grave" en el HUBU. "Siempre han estado ahí respaldándonos", agradecen los dos hermanos.
Según los documentos recabados por la Fiscalía, ya en poder del juez, ocurrió que, el 2 de diciembre, el HUBU implantó un sistema de prescripción electrónica llamado Oncofarm al que hubo de volcar, durante tres meses, todos los datos de otra herramienta denominada Farmatools. Muchos de esos datos tuvieron que ser revisados y cumplimentados manualmente ( 700 medicamentos entre los que se encuentra el Cabacitaxel, la medicación de Julián, y 1000 protocolos de tratamientos). Alguien se equivocó y cambió los datos de las casillas en la ficha. "El 18 de diciembre, cuando se tuvo la sospecha de una toxicidad inusual", señala la Fiscal, "se detectó un error en la cantidad total del fármaco configurada en dicha ficha, de manera que la cantidad total por vial que constaba era de 10 mg en 6ml cuando realmente el vial contiene 60mg en 6ml, por lo que la concentración del fármaco reconstituida fue errónea".
La Fiscalía ha señalado a dos profesionales del departamento de Farmacia y ha denunciado la ausencia de supervisión destacando "la total y absoluta inobservancia de las normas más mínimas del deber objetivo de cuidado". Asimismo ha señalado a la Consejería de Sanidad y a la Gerencia Regional de Salud de Castilla y León como responsables civiles subsidiarios. Y el juez ya ha efectuado las primeras diligencias.
En febrero, a Julián se le retiró la sedación y pudo despertar. Su hijo dice que le cayeron dos lágrimas porque fue consciente de que se acercaba su final. "¿Cómo estáis?", les preguntó antes de que le colocaran de nuevo el tapón de la traqueotomía. Pedro y Laura le preguntaron por separado si debían seguir adelante con la denuncia y él respondió que sí. "Sabemos que luchamos contra Goliat. Podemos entender el error humano, pero lo que nos duele es que no tuvieran la humildad de sostener y acompañar", dice Laura.
Les dio tiempo a despedirse. Pedro le dijo "todas las cosas bonitas que se le dicen a alguien a quien se quiere tanto". Laura le dejó marcharse con el recuerdo dulce de las travesuras y las gestas de sus nietos.
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