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Portada // elmundo

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El Mundo
Pedro Sim�n · 2026-05-09 · via Portada // elmundo

Una niña de cinco años. Una choza oscura llena de otras niñas. Unas mujeres mayores que agarran con unas manos que parecen pinzas hidráulicas. Y un único estilete finísimo para mutilarlas a todas. Primero una. Luego otra. Luego otra más.

Se escuchan dos tipos de gritos. Fuera: los gritos de las madres. Dentro: los de las otras niñas. A medida que las pequeñas van gritando, la niña de cinco años sabe lo que va a suceder. La siguiente va a ser ella.

Podría ser el principio de una novela de terror, pero es el comienzo de una vida.

"Al ser un recuerdo traumático, no se te olvida con facilidad, porque es algo que tienes que ir sanando. Recuerdo estar jugando muy feliz y, a lo siguiente, estar dentro de una casa de paja. Recuerdo a mi madre llorando muchísimo, sin parar, y yo no entender el porqué. Gritaba: '¡Estoy aquí, todo irá bien!'. Para mí era algo extraño, porque allí [en Guinea-Bissau] era normal que los adultos cargaran a los niños, así que no vi nada raro al principio. Lo único que quería era bajarme para saber qué le pasaba a mi madre. Aquella mujer me sujetaba cada vez más fuerte. Y no era solo yo: otras niñas estaban igual, en el mismo infierno".

Para saber más

"Recuerdo que éramos como unas 15. Tengo retratadas sus caras y la sensación de que nos habían llevado allí para jugar juntas como cualquier otro día. Nos sentaron a todas dentro de la cabaña. No llevábamos nada de ropa en la parte de arriba; solo una tela anudada alrededor de la cintura, un tipo de ropa tradicional similar al envoltorio de una toalla, pero con tela africana. Nos recolocaron aquella tela, la levantaron y la pasaron hacia arriba para atarla alrededor de nuestro cuello, formando una especie de cruz".

"Recuerdo que empezamos un estado de angustia. Oías gritar a una niña y luego a otra y sabías que aquello te iba a tocar a ti. Me agarraban entre varias. El cuchillo era superfino y era el mismo para todas. Tuve miedo. Me abrieron las piernas y lo siguiente fue un dolor impresionante. Fueron como dos horas de tortura hasta que acabaron con todas".

"Recuerdo mucho sangrado y que la cosa se empezó a complicar. No solo nos cortaron, sino que después nos cosieron. Te ponen paños como si fueran un pañal. Gracias a un tío, me llevaron de urgencias al hospital porque me desangraba y tenía una infección muy grande. Se supone que las mutiladas teníamos que estar allí diez días y luego participar en una ceremonia. Yo no estuve en la ceremonia, sino en el hospital. Lo único que yo quería entonces era estar con mi madre. Ella me contaba el cuento de mi vida. Empezaba: érase una vez una niña a la que le hicieron mucho daño...".

La niña que entonces tenía cinco años hoy es una mujer con 34. La niña que vivía en Gabú (Guinea-Bissau) hoy lo hace en Madrid. La chiquilla cercenada hoy no puede lucir con más plenitud.

De tal manera que vamos a terminar aquel cuento que comenzó la madre: Djabu Balde llegó a España siendo todavía una niña, acabó la carrera de Filología Inglesa en Sevilla, trabajó como traductora, fue madre y -en la actualidad- tiene una empresa de idiomas para niños y ejerce como modelo.

Una historia -la suya- que te recuerda que todavía hay 230 millones de mujeres que han sufrido mutilación genital en todo el mundo, sí. Pero también lo inamputable de lo esencial.

Y sin embargo.

"Siempre he sido muy insegura. Desde entonces, siempre dormía con las manos en mis partes, como una manera de protegerme. Incluso ahora también lo hago de un modo insconsciente".

(...)

Todo lo cuenta en su libro Entre dos madres (editorial Medialuna), un relato autobiográfico donde Djabu Balde desgrana su infancia pasada a cuchillo, su llegada a España con nueve años, su nueva familia adoptiva, la herida de la adolescencia, el turbión de las relaciones de juventud y esta primavera que es hoy. Todo atravesado por las dos horas en aquella choza oscura. Aquí habla en público de lo que casi la mata por primera vez.

"Mi padre estudió finanzas y mi madre fue a la universidad para ejercer de maestra. Ella fue la primera mujer que se sacó una carrera en su tierra. Cada vez que salía de clase, recibía una paliza de los extremistas. Hasta que mis tíos, para evitarlo, decidieron ir a recogerla dentro de la facultad. Yo fui la única hija que tuvieron los dos. A la semana de nacer, mi padre se marchó del país. Los ahorros de mi abuelo fueron para pagarle una patera y tener una oportunidad".

Así fue el camino del padre.

Así era la familia.

Así era el país.

Así era ser niña antes de.

"El objetivo es que no tengas placer, que estés sometida"

Djabu Balde

"Mi infancia fue superbonita. Allí la gente es feliz sin nada. Se me viene a la cabeza estar con mi abuelo superculto. Bajo un árbol enorme. Jugando descalza. Con mocos en la cara. Cosiendo para mis muñecas, a las que vestía muy estilosas".

Hasta que llega aquella escena que lo trastoca todo.

"Recuerdo ese momento como si estuviera dentro de una película. Recuerdo cómo nos llevaron, el lugar, la sensación y la escena completa. Ni siquiera recuerdo con detalle mi aspecto físico, pero sí permanecen perfectamente en mi memoria mis pies pequeños, con las cadenas típicas que hacían ruido al caminar y que llevaba en a pierna derecha. Recuerdo que iba saltando, jugando, pensando en algo normal, propio de una niña".

Según la última investigación de UNICEF en 31 países de África, Asia y Oriente Medio, la mitad de las víctimas lo son a la edad en que lo fue Djabu (antes de los cinco años). Médicos del Mundo reporta que, en España, ya han sido atendidas más de 700 mujeres migrantes que fueron cercenadas en origen.

"No supimos nada de mi padre hasta mucho después, yo pasé a ser una niña abandonada y mi madre, una señalada".

La oportunidad de escapar de todo aquello fue la enfermedad grave de la abuela. Para tratar de curarla, la anciana fue enviada a la vecina (y más desarrollada) Senegal, en donde los contactos de su desaparecido padre la encontraron acomodo.

Allí llegó la abuela, que moriría poco después. Y con ella, Djabu, que arrancaba una segunda vida. Lo primero que aprendió estaba a flor de piel.

"Se nota mucho cuando eres mutilada, porque te sientes muy pequeña. El objetivo es que no tengas placer, que estés sometida", sostiene. Y evoca: "Ellas, las senegalesas, que no son mutiladas, eran mucho más seguras, más libres que nosotras, las guineanas".

"En Senegal yo vivía con una familiar de la novia que mi padre tenía en aquel país. Mi madre iba a verme cada mes para ver cómo estaba. Solo tenía siete años y muchas responsabilidades. Limpiaba, recogía, trabajaba... Un hijo de aquella señora se fijó en mí y quiso hacerme algo, pero me salvó in extremis una vecina. ¿Que si era otro niño? No, no, ese hombre tenía más de 30 años".

La tercera vida de nuestra protagonista -ya vamos por la tercera- comenzó a los nueve años, cuando logró los papeles y llegó a España en avión mediante la vía de la reagrupación familiar.

"Era la negra de Torre de la Reina, en Sevilla. Allí vivía con mi padre y su mujer española. Le tenía rencor a mi padre por habernos dejado, aunque también sentía necesidad de su figura. Su mujer me veía como una amenaza. Todo eran gritos. Me llamaba bastarda. Cuando mi padre no estaba, me dejaba sin cenar o me dejaba encerrada en el patio", rememora. "Aquella mujer le comió la cabeza y mi padre, para asustarme, empezó a decir que me iba a devolver a Guinea... Tuve un ataque de ansiedad por eso. Recuerdo a mi padre conduciendo a mucha velocidad para asustarme. Ese momento. Y yo tirándome del coche en marcha. No podía seguir así".

Djabu lloraba mucho, dice.

Y luego se quedaba dormida en la cama con las manos cruzadas entre las piernas.

(...)

La modelo y empresaria Djabu Balde.

La modelo y empresaria Djabu Balde.

Una vida en Guinea-Bissau. Una segunda vida en Senegal. Una tercera con su padre en Sevilla...

Y hay una cuarta vida: su adopción por parte de una familia española a los 16 años tras la intervención de los Servicios Sociales.

Y hay una quinta vida para aquella mujer que pudo haber muerto tras ser mutilada de chiquilla: se fue a Sevilla para estudiar Filología Inglesa. "No quería tener relaciones con los hombres, porque sabía que lo me había pasado de niña era por culpa de ellos, de sus normas... Al principio de conocernos, no les contaba lo que me habían hecho, porque no quería encasillarme en el victimismo. Hasta que ya era inevitable contarlo. Necesité mucha terapia con psicólogos para entender".

Y hay una sexta vida en Valencia, ciudad a la que viajó por amor y en la que pasó lo mejor y lo peor. Lo mejor: "Tuve a mi hijo". Lo peor: "Sufrí malos tratos y acabé pasando hambre. Sobrevivíamos gracias a la Cruz Roja. No lo cuento con victimismo. Pero todos podemos recibir una hostia y saber que hasta aquí hemos llegado".

Y ahora estamos por la séptima vida ya en Madrid, porque Djabu tiene más existencias que un gato y todas las suyas caben en esta sonrisa que es como un cuadro al óleo.

La nueva mujer habla media docena de idiomas y aprobó para tripulante de cabina, ejerce de modelo y estudió interpretación, tiene una academia de inglés en guarderías y está a punto de sacar su libro.

"Estoy superorgullosa de haber reconstruido mi identidad, de sanar, de haber podido con todo. No es sencillo contar mi historia, pero, si ayuda, bien está. A pesar de lo ocurrido, no pierdo la alegría. Pero creo que en la infancia no debería de existir la vulnerabilidad".

Hace tres años, Djabu regresó a su Guinea natal porque quería estar con su otra abuela ancianísima, con su madre, con lo que ocurrió, con la sociedad que lo consiente, con las mujeres de las pinzas hidráulicas, con los gritos infantiles, con la niña que fue.

Allí estaban todos esperándola.

"En mi zona, la gente es muy pobre y vive con lo esencial: la prioridad en una familia es el saco de arroz... Necesitaba reencontrarme con mi cultura, entender, entenderme", comenta.

Entonces las vio.

-Allí estaban todas aquellas niñas. Mutiladas como yo. Me emocioné. Me preguntaba por qué había sido yo la elegida, la que había tenido otra vida, y no ellas. Fue así como empecé a conectar conmigo misma, a comprender que soy muy afortunada.

-¿Y qué hiciste?

-Me arruiné. Compré un saco de arroz para cada niña y cada niño.