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El Mundo
Pablo Pardo · 2026-06-20 · via Portada // elmundo

Actualizado

Andy Burnham quiere que el primer ministro británico, Keir Starmer, se vaya sin que él tenga que echarlo. Starmer dice que, si quieren que haga las maletas, que vayan a por él. Ésa es la situación en la que está la política británica desde que el viernes a las cuatro de la madrugada, hora local, Burnham fue declarado vencedor de las elecciones al Parlamento por la circunscripción de Makerfield.

En su empeño, Burnham cuenta con unos aliados de excepción: el propio gabinete de Starmer. El objetivo es que el primer ministro se vaya debido a que la realidad política le es tan adversa que, en la práctica, no le queda otra salida, y no por medio del mecanismo establecido por la legislación para llevar a cabo el reemplazo. Ayer, viernes, por la tarde, una buena parte del gabinete de Starmer, más gran parte de los 'notables' laboristas y de los parlamentarios de ese partido, que cuenta con una abrumadora mayoría en la Cámara de los Comunes, le estaban indicando que reconsiderara su decisión de seguir en el cargo y afrontar un ataque a su liderazgo por el flamante vencedor de Makerfield.

En España sería inconcebible. Pero en el Reino Unido no es inusual que los miembros del Gobierno desafíen al primer ministro y le retiren su apoyo. Margaret Thatcher cayó así en noviembre de 1990, cuando ganó a su rival Michael Heseltine la primera votación para reemplazarla, pero sin lograr los votos necesarios como para evitar una segunda ronda. Fue entonces cuando sus ministros - incluyendo al que la sucedería, John Major - le indicaron que no la apoyaba. Dos días después dimitió. Casi veintidós años más tarde, le sucedió lo mismo al también conservador, Boris Johnson, que, tras ganar una moción de confianza en el Parlamento, se encontró con una cascada de dimisiones en su gabinete. El primer ministro, literalmente, se quedó sin gente para su Gobierno.

Anoche, Starmer estaba en serio peligro de caer en esa situación. Como explicaba Paul Sinclair - aliado y confidente del ex primer ministro laborista, Gordon Brown - "solo cabe esperar que tenga la dignidad para evitarlo". El análisis de Sinclair tiene peso, porque, a raíz del desastre electoral laborista en las elecciones locales de mayo, Starmer 'fichó' a Brown como asesor. El problema es que el precio de la dignidad es una humillación. El primer ministro había convocado una reunión urgente de su gabinete para analizar la situación.

En mayo, tras las elecciones, ya escapó, en una reunión similar, de su ejecución política. Pero ahora el primer ministro se ha quedado sin cartas. Aunque, ayer volvió a insistir en que "si hay una contienda, entonces sí, me presentaré, competiré. Lo he dicho en repetidas ocasiones. No voy a apartarme". Sin embargo, sus problemas no son tanto una rebelión interna cuanto que nadie está contento con él, y muchos laboristas creen, como el propio Burnham, que si Starmer no se va el partido corre serio peligro de caer en la irrelevancia.

El primer ministro está con una impopularidad histórica. Según dos encuestas de las empresas de análisis de la opinión pública YouGov e Ipsos, tan solo el 19% de los votantes tiene una opinión positiva de Starmer. Con semejantes niveles de rechazo, el jefe del Gobierno tendría motivos justificados para irse de Downing Street.

El empecinamiento de Starmer no le está ayudando a resistir en el cargo, máxime después de haber hecho que los órganos de dirección laboristas, que él controla, bloquearan en enero el primer intento de Burnham de acceder al Parlamento, ni, en un súbito cambio de opinión, haber ofrecido a la desesperada un cargo en el Gobierno a su rival el lunes. Es precisamente el carácter dubitativo de Starmer uno de sus puntos más débiles con el votante. Y parece que en la única área en la que no lo tiene es para tratar de seguir en el cargo.

Así, la cuestión del reemplazo del primer ministro parece tanto "si puede producirse" como "cuándo, con qué procedimiento, y a qué precio". Sinclair consideraba que Starmer podría caer "en los próximos siete días". Pero algunos veían una especie de acuerdo de cabaleros para que continuara hasta septiembre. Entretanto, el Reino Unido corre el peligro de afrontar las proximas cumbres de la OTAN y de la Coalición de los Voluntarios que apoyan a Ucrania, en julio, con un gobierno con fecha de caducidad (si sigue Starmer) o con uno que está todavía aterrizando (en el caso de que Burnham ya haya asumido el cargo para entonces).

Para Burnham, las ventajas de que Starmer se vaya son enormes. Gana en legitimidad, ya que nadie podría acusarle de apuñalar por la espalda al jefe del Gobierno (que es precisamente de lo que Thatcher culpó a su gabinete hasta el día de su muerte). También le permite empezar a gobernar sin tener que alcanzar pactos o realizar concesiones a los diferentes sectores - centro, izquierda 'blanda' e izquierda 'dura' - de la bancada laborista. Y, finalmente, le evita tener que enfrentarse a otros potenciales candidatos al cargo de primer ministro, empezando por el ex ministro de Sanidad con Starmer y partidario de la reentrada del Reino Unido en la UE, Wes Streeting.

Porque los problemas del país son considerables. Y, para demostrarlo, nada mejor que un pasquín junto a la Liberia pública de Wigan, donde Burnham ganó las alecciones que le pueden llegar a la jefatura del Gobierno: "¿Lo pasa mal por el aumento del coste de la vida? Puede ser duro pedir ayuda pero estamos aquí para dirigirle en la dirección adecuada. Podemos ayudarle a hacer que sus ingresos den de sí al máximo, gestionar sus deudas, hacer que no pase frío y ayudarle a ahorrar".