Nos metimos un homenaje que me costó 125 euros. La culpa la tuvo una gamba roja. Este es de los mejores restaurantes de Madrid

Las kokotxas al pil-pil de García Navarra.
Actualizado
Arcadi me ha escrito para regañarme por escribir una semana más de un chino horrible al que nadie (o sea: él, la chuchería) quiere ir. No me lo dijo así, pero más o menos. Retomo entonces una comida en García de la Navarra (Montalbán, 3) a la que fui convocada por Gus, un guapo financiero de yoga y flechas (pero de Cupido), junto con Cate y Paloma, nueva adquisición. Rosa iba a venir, pero el AVE llegó con retraso y se escabulló del plan.
Afortunadamente, gracias a esos restaurantes de 40 euros (fantásticos, por otro lado) que les aconsejo en estas líneas, pude permitirme pagar los 125 euros que nos soplaron en la comida. Y eso que a las primeras dos botellas de vino (miren, como yo, en Vivino lo que cuesta "La Guía") nos convidaron los padres de Cate, que también estaban comiendo en el restaurante. Las otras dos que cayeron eran las que nos recomendó Luis, el maître, que se llama Godina —que, por cierto, estaba bastante bueno— y que me parece que solo costaba unos 30 euros. Perdonen que no recuerde.

Teníamos planeado hacer una exaltación de la verdura para poner fin a la temporada. A lo largo de las semanas traté de recordar lo que habíamos pedido. Menos mal que lo pregunté en el chat que habíamos montado a propósito. Solo tenía claro el precio y que habíamos pedido una gamba roja por cabeza, por la que nos cobraron unos 40 euros (estaban muy buenas, la verdad), y que, de postre, Cate nos dejó pedir queso y helado. Procedimos a la exaltación: descartamos la excelente menestra que siempre está untuosa para pedir una selección de verduras de temporada: judías verdes, espárragos, alcachofas, borrajas... Al espárrago blanco grande no lo llaman cojonudo, como reza la leyenda juancarlista, sino perico. Pues nos metimos un perico (por la boca) cada uno,
Por supuesto también cayeron los guisantes lágrima, que en efecto estaban para llorar de crujientes, aunque más bien utilizaría el galicismo craquelants. Al atenazarlos con los molares, se tenía la sensación de que explotaban en la boca como el petazeta. (Y esta es la semana de zetapeta)
Antes de seguir con los segundos, compartimos unas kokotxas al pil-pil cuya contemplación producía salivación. Y la cosa mejoraba al comerlas.
De segundo, pedimos cogote de merluza y Cate se tomó una lubina. En el chat de "exaltación de verdura" me han recordado la media tabla de quesos que nos recomendó Luis y, además del helado de chocolate, había uno de aceite de oliva cuyo sabor se correspondía fielmente con el enunciado. Sin metáforas.
Comimos muy bien.























