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La resaca del dinero barato
Francisco Rodríguez · 2026-06-11 · via Portada // elmundo
Un hombre pasa junto al logotipo del euro en el centro de visitantes del Banco Central Europeo (BCE), en la sede del banco central en Fráncfort.

Un hombre pasa junto al logotipo del euro en el centro de visitantes del Banco Central Europeo (BCE), en la sede del banco central en Fráncfort.AFP

Actualizado

Conviene desconfiar de quien te despierta, sobre todo si es el mismo que te durmió. El BCE ha subido los tipos al 2,25% y la tentación es repartir los papeles de siempre: el banco severo, el país manirroto, el adulto que entra en la fiesta y apaga la música de golpe. Pero los papeles no encajan tan limpios. El que apaga la música hoy es quien la puso a todo volumen durante una década entera. La misma mano que sube ahora los tipos es la que antes los hundió bajo cero y nos dejó creer, con paternal indulgencia, que el dinero podía no costar nada.

Y nos lo creímos. Esa es la parte incómoda. Porque es comodísimo contar esto como una historia de buenos y malos —la hormiga contra la cigarra— y es mentira que sea tan limpio. La anestesia la administró el BCE, cierto, pero el brazo lo pusimos nosotros, y lo pusimos encantados. Diez años de financiación regalada y los fundimos en lo que se evapora en el instante mismo de cobrarse: gasto corriente, transferencias, subvenciones, cuentas prorrogadas un ejercicio tras otro porque elaborar un presupuesto era asomarse a un espejo, y daba pereza el reflejo. No sembramos nada que rinda mañana. Compramos un presente confortable a plazos, y firmamos los plazos, sin pudor, en nombre de quien todavía no había nacido para negarse.

Así que cuando hoy alguien señale con el dedo a Fráncfort, tendrá razón a medias, que es la peor de las razones porque consuela sin curar. Tendrá razón en que el BCE sube en parte por la inflación y por no descolgarse de una Reserva Federal anclada un punto más arriba; en que el euro flaquea y hay que sostenerlo; en que el sur de Europa baila siempre una partitura escrita en Berlín. Pero confundirá el termómetro con la fiebre. El banco no nos enferma: se limita a tomarnos la temperatura.

Porque ahí está lo que de verdad escuece, y no es el cuarto de punto. Es que la subida sea, al mismo tiempo, buena noticia y humillación, sin que podamos quedarnos solo con una de las dos. Buena, porque al fin hay una señal de precio tras años de silencio anestésico, y el dolor, aunque no lo parezca, es información valiosa: nos dice dónde estamos realmente parados, qué pesa cada cosa, cuánto vale lo que dábamos por gratis. Humillación, porque esa señal no la da un Gobierno que decide con la cabeza alta, la da un banco que obliga. No brota de una convicción nuestra, se nos impone desde un edificio de Fráncfort. Madurar está bien en tiempos de excesos de gasto y de lamentación. Que te obligue a madurar un extraño, a empujones y a deshora, es otra cosa bien distinta, y no precisamente un motivo de orgullo y nos sucede a menudo. Este es solo el principio de las subidas de tipos.

El hipotecado, por cierto, puede respirar tranquilo: el Euríbor descontó todo esto hace meses, mientras mirábamos hacia otro lado, y su cuota apenas se inmuta. El que debe tener cuidado es el Tesoro. Cada décima de más encarece los intereses de una deuda que no compró futuro, solo presente. Es el agujero callado que no abre telediarios porque no tiene rostro de víctima, ni pancarta, ni quien lo defienda.Lo paga, en diferido, el contribuyente de mañana. Una generación brindó hasta el amanecer y a la siguiente le toca fregar los vasos sin haber probado siquiera el vino.

No pidamos, entonces, que vuelva el dinero barato (aún sorprende que algunos lo han esperado hasta hace poco). Fue el regalo que nos volvió imprudentes, la música que confundimos con bienestar solo porque sonaba fuerte y duró mucho. Pero no celebremos tampoco al que la apaga. No salva a nadie, solo retira lo que él mismo había servido, y nos deja a solas y a oscuras con la tarea que nunca quisimos hacer con la luz encendida. La resaca no la inventa el dinero que va a volverse más caro. La dejó servida el barato de ayer. Nos la bebimos nosotros brindando por un futuro que pagaría otro.