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José María González Sánchez nació en Madrid en 1945 en la Puerta del Ángel, aunque se crió en la calle del Águila 37, en la Puerta de Toledo. Fue miembro de la primera ola del rock en España. Dada su edad (tiene más de 80 años), su testimonio es esencial si queremos salvaguardar parte de nuestra memoria, aquella que generalmente no aparece en libros, ni medios mayoritarios.
"En los años 50", recuerda, "los niños salían del colegio a las cinco de la tarde y no volvían a casa hasta las 10 o las 11 de la noche porque se pasaban la vida en la calle. Ese no era mi caso. Yo era un bachiller, un chico más controlado. El mío era un barrio de carteristas".
El padre de José María era policía y trabajaba en el Ministerio de Justicia, en la calle San Bernardo. Era miembro de la policía armada, lo que entonces llamaban los grises. "Mi barrio lo remodelaron y mandaron a muchos vecinos a Usera, a Villaverde o a San Cristóbal de los Ángeles. Nosotros, gracias a Dios, nos quedamos en el barrio, en la misma calle del Águila. Madrid acababa, prácticamente, en la Puerta de Toledo o en Embajadores. A partir de ahí la ciudad era territorio comanche. Yo ahora vivo en el Pasillo verde. Por ahí pasaba el tren que paraba en la estación de Peñuelas, donde cargaba, luego llegaba hasta la Puerta del Ángel, donde paraba de nuevo en una estación llamada Goya. Por la zona estaba la fábrica de Mahou, estaba la RENFE. Eso era territorio de la RENFE".
En 1962 José María comenzó a interesarse por la música. De hecho, llegó a ver a los Beatles en Las Ventas el 2 de julio de 1965. "También fui a todos los festivales del Circo Price", recuerda. "Donde, en aquella época se celebraban conciertos de rock".
José María comenzó con un grupo llamado Los Cuervos. Tocaban en colegios, en cuarteles de soldados, en el Ramiro de Maeztu, etc. "En esa época había 'bailes', que eran para viejos", comenta. "Pero viejos encorbatados de 20 años".
Con 17 o 18 años José María y sus amigos se acercaban a Legazpi, por entonces barrio del extrarradio. La zona era considerada un centro neurálgico de la música madrileña. Había varios bailes, entre ellos, el Paul Anka, los Llopis, el Palomar, el Álamo. Costaba unas 10 pesetas entrar. Era en esos bailes donde se juntaban bandas callejeras como los Ojos negros.

Actuación de un grupo musical en el Club Consulado, en 1966.EFE
Entre ellos había nombres como Ángel Luis, el Vikingo, el Barón, los hermanos taxistas... "Estos últimos eran moros; eran unos traidores", comenta mi entrevistado. "En Legazpi había un mercado de frutas, que era donde paraba mucha de esa gente. Se subían a los camiones de la fruta y tiraban el producto a sus amigos, que estaban abajo, para luego venderlo. Yo conocía a Ángel Luis. Una vez me lo encontré y me dijo que le habían pegado un tiro. Finalmente, murió de otro disparo. Dejaron su cuerpo en el Hospital 12 de Octubre y falleció ahí mismo. En la calle lo llamaban el Boca".
Continúa: "Muchos de los Ojos negros trabajaban de porteros de discoteca o incluso de guardaespaldas. Buscaban pelea en los bares. En Diego de León había otra banda comandada por un tal el Bola. Los Tifones fueron un grupo de música que se hicieron muy amigos de los Ojos negros, porque también eran de Legazpi. Los Tifones acabaron convirtiéndose en los Pop Tops".
Otros locales de encuentro de los viejos rockeros eran los pertenecientes a la cadena Consulado: "Todos los barrios de las afueras tenían bailes, aunque también los había en el centro. En Carabanchel había muchos bailes, estaba el Kursal. Ahí tocamos nosotros, era de la cadena de Consulado. La sala Consulado que había cerca de Antón Martín era muy famosa. Recuerdo que en su interior había una jaula de oro a cierta altura donde se metían las chicas a bailar".
Sigue con su relato: "Por entonces, las chicas comenzaron a llevar los shorts o pantalones cortos. Esa era una sala muy grande y la jaula estaba al lado del escenario. Todos los mejores grupos tenían que pasar por ahí. En esa época se ligaba mucho pero no se metía nada... En el Price también se celebraban matinales con unos conciertos que eran la leche. El Consulado no era considerado una sala de fiestas, sino una sala de juventud, que era como se llamaba entonces a ciertos locales".
José María y sus amigos compraban sus guitarras eléctricas en Leturiaga, tienda mítica que estaba en la Corredera Baja de San Pablo. También estaba Garijo Maxi Baratas, una tienda regentada por dos socios: Garijo y Maxi. "Ambos eran miembros de una sociedad", explica José María. "Luego la deshicieron y cada uno se puso su propia tienda".
Las salas de barrio eran las más duras, según recuerda José María: "En Ventas había una a la que no queríamos ir porque te sacaban navajas. Recuerdo otra en Vicálvaro que se llamaba La Amistad. Las chicas subían al escenario cuando estallaba una pelea, para huir de la violencia. Nosotros decíamos por el micro que dejasen de pegarse, que no valía la pena. No había seguridad ni coñas de esas".
Con los años José María dejó de tocar música para dedicarse a otros menesteres. Aún así, todavía hoy toca con amigos de vez en cuando, y, sobre todo, mantiene el recuerdo de aquellos años en que el rock era una novedad, un mundo por descubrir lleno de ilusión y oportunidades.
Es autor de Macarras interseculares, editado por Melusina, [puedes comprar el libro aquí], Macarrismo, editado por Akal, [puedes comprar el libro aquí] y Macarras ibéricos, editado por Akal, [puedes comprar el libro aquí]. Macarras ibéricos, editado por Akal, Macarras interseculares (cómic) [puedes comprar el libro aquí]
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