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El legado eterno del cariño a Samba: los vecinos de un pu...
Juan B. Cañellas, Rosa González(Texto), (Foto) Rodeiro(Texto), ( · 2026-05-01 · via Portada // elmundo

Actualizado

Murió el pasado lunes, a miles de kilómetros de su casa, y sin que su familia pudiera asumir el coste de traerlo de vuelta; 24 horas después, el pequeño pueblo gallego en el que había vivido los últimos años reunió más de 8.000 euros para repatriarlo. Los restos de Samba Coumba Ndao, senegalés de 48 años, han llegado finalmente a su país, donde los esperaba su hijo, gracias a esa colecta vecinal. "Era uno más de casa. No había nada que discutir, había que hacerlo. Y al final siempre piensas que, si algún día te pasara algo similar, te gustaría que respondieran igual", confiesa Noelia, responsable del bar Esmorga y uno de sus apoyos más cercanos.

La misma sensación recorre las decenas de establecimientos y calles de Rodeiro (Pontevedra), el municipio de 2.200 habitantes donde Samba había logrado asentarse tras acumular más de dos décadas en España. Antes había pasado por Pontevedra y la comarca orensana de Valdeorras, encadenando distintos trabajos como vendedor ambulante o dependiente hasta terminar en una explotación ganadera, donde alcanzó una estabilidad mínima, con papeles y cotizando. "Llevaba una vida muy austera. Todo lo que ganaba lo enviaba a su familia, para que sus hijos pudieran tener las oportunidades que él no tuvo", recuerdan quienes lo trataron de cerca.

Noelia y Mor sostienen un teléfono con la imagen de su amigo Samba.

Noelia y Mor sostienen un teléfono con la imagen de su amigo Samba.

Sin embargo, cuando esa vida empezaba a ordenarse, llegó la enfermedad. Los vecinos comenzaron a notarlo cada vez más débil, más apagado, hasta que un día entró en el bar de Noelia muy deteriorado y decidieron llamar a una ambulancia. En el hospital le diagnosticaron un cáncer en fase avanzada. A partir de entonces dejó de trabajar y pasó más tiempo en el pueblo.

Hasta entonces, su rutina era reconocible para cualquiera: lo veían pasar, saludar, detenerse y volver a arrancar a lo largo del día. Paola, dependienta del supermercado, lo recuerda con una broma que se repetía. "Decíamos que hacía sus estaciones, como un tren. Iba de arriba para abajo, parándose a hablar con todo el mundo... el bar, la librería, la joyería... y luego, si le quedaban fuerzas, venía aquí".

Cuando la enfermedad avanzó, esa red informal que ya existía a su alrededor se convirtió en su principal apoyo. Nadie dio instrucciones ni coordinó nada, pero cada uno asumió una parte. Noelia e Irma, desde la farmacia, se turnaban para prepararle comida, llevársela a casa y ayudarle con la medicación; Paola le echaba una mano con la compra; otros vecinos lo acompañaban, lo acercaban o pasaban a verlo. "Nos fuimos arreglando entre todos", resume Noelia. "Lo que hiciera falta".

Samba, luciendo una gorra con la bandera de España.

Samba, luciendo una gorra con la bandera de España.

En la joyería del pueblo, Chelo aún recuerda algunas escenas que condensan su carácter. Uno de los últimos días, tras regresar de un tratamiento en el hospital de Santiago, Samba se sentó al sol y empezó a comerse una yuca cruda. "Le dije: 'Samba, eso hay que cocinarlo'. Y él me contestó que en su país la comía así", cuenta. Días después, cuando comentó que pasaba frío en casa, le dio dos nórdicos. "Luego me dijo que ya estaba mejor, que ahora dormía calentito", sonríe.

En los últimos meses, cuando la situación se volvió irreversible, el Ayuntamiento intentó que uno de sus hijos pudiera viajar a España para despedirse de él en persona. No fue posible. Los trámites no llegaron a tiempo. "Resulta incomprensible que no se facilitara ese trámite en una situación así, estando él aquí solo y como estaba. Es la única espinita que se nos quedó clavada", lamentan.

Diosa (izq.) y Paola (Dcha.), dos de las vecinas que ayudaron a Samba durante sus últimos meses.

Diosa (izq.) y Paola (Dcha.), dos de las vecinas que ayudaron a Samba durante sus últimos meses.

La despedida tuvo que hacerse entonces por videollamada desde el hospital, con Mor, su amigo más cercano, presente junto a él. Al otro lado estaba su hijo. Mor, que hacía de puente entre ambos, recuerda que las últimas palabras de Samba fueron "un agradecimiento" dirigido a todos los vecinos que lo habían cuidado durante ese tiempo.

"Samba era mi amigo, mi hermano, mi sangre", dice, todavía emocionado. "Aquí lo trataron muy bien. Le ayudaron en todo: gasolina, comida, dinero, ropa... en todo. Y a mí me siguen ayudando a día de hoy".

De vuelta a casa

Quizá por esa despedida incompleta, por esa imposibilidad de cerrar el círculo, el mismo día de su muerte se puso en marcha la respuesta. Desde el Ayuntamiento abrieron una cuenta solidaria para poder repatriar el cuerpo a Senegal. La reacción fue inmediata. "La respuesta fue espectacular. En menos de 24 horas ya se había reunido todo el dinero necesario", explica Begoña Vázquez, concejala de Servicios Sociales y una de las impulsoras de la iniciativa. "Nos encontrábamos con una persona que acababa de fallecer y sin recursos. Lo más humano era cumplir con lo que pedía su familia: que pudiera volver a su país para despedirlo como corresponde".

El traslado se organizó en apenas una semana. Este martes, el cuerpo fue trasladado desde Vigo hasta Madrid, donde permaneció a la espera del vuelo internacional. Desde allí partió rumbo a Senegal y aterrizó esta madrugada en el aeropuerto internacional Blaise Diagne, a las afueras de Dakar. Aún quedaban varias horas de carretera hasta su localidad de origen.

En un momento en que la inmigración se discute en términos abstractos, quienes lo conocieron insisten en algo más concreto: nunca importó de dónde venía, sino cómo vivía. Samba tenía papeles, trabajaba y cotizaba, pero su integración no se medía en expedientes, sino en esa calle donde saludaba a todos y siempre encontraba a alguien que lo llamaba por su nombre.