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El Mundo
Ana del Barrio · 2026-06-16 · via Portada // elmundo

Lo que voy a escribir a continuación a muchos os parecerá un sacrilegio. He visto a The Rolling Stones, a Michael Jackson, a David Bowie, a Prince, a Lenny Kravitz, a Elton John, a Rod Stewart... Pero el mejor concierto de mi vida fue el que dio ayer Bad Bunny en el Riyadh Air Metropolitano en una noche histórica, que cerraba sus 10 actuaciones en Madrid, lo que ahora llaman residencia.

Ojo, no estoy diciendo que sea mejor músico que todos ellos, pero sí que el recital que ofreció anoche Benito Antonio fue algo absolutamente espectacular, que contó con la actuación sorpresa de Quevedo y que permanecerá en la retina de todos los que estuvimos allí durante el resto de nuestras vidas.

Nunca he visto a un artista entregarse de tal manera al público ni tener a 64.000 personas botando sin parar durante tres horas ni detener el concierto durante 15 minutos para ponerse a saludar a los fans de la primera fila. Nunca he visto tanta generosidad en un músico que ejecutó una playlist perfecta con todos sus grandes éxitos sin dejarse ni uno solo en el tintero.

Bad Bunny logró algo que muy pocos artistas consiguen: convertir un estadio gigantesco en una reunión íntima entre amigos. "¡Háganse un selfie con la persona que tienen al lado! ¡Denle un abrazo!", pidió el intérprete a sus miles de seguidores. Durante tres horas, un público enfervorecido cantó cada palabra de sus canciones como si formaran parte de una misma historia compartida.

Y perreó sin parar porque ésta fue una petición que hizo Benito al personal: "El que no perree es como si no hubiese venido al concierto", gritó el cantante reivindicando su seña de identidad.

El concierto fue a la esencia. Aquí no hubo ningún truco al que aferrarse ni ninguna plataforma hidráulica para elevar al cantante sobre la multitud. Tan sólo estaba Benito con su orquesta encima de un escenario de madera y, después, en la famosa casita rosa que tanta polémica ha levantado.

El público siguiendo por las pantallas la actuación del músico.

El público siguiendo por las pantallas la actuación del músico.Europa Press

Todavía recuerdo la gira de Bad de Michael Jackson, que ofreció otro concierto histórico en 1988 en el antiguo Vicente Calderón. El escenario era mastodóntico y el rey del pop utilizaba unas técnicas de ilusionismo espectaculares. Michael aparecía y desaparecía entre columnas de humo, trampillas y plataformas elevadoras. Pero, al final, una tenía la sensación de que estaba más tiempo fuera del escenario que dentro.

Por supuesto, Bad Bunny no baila ni de lejos como Michael Jackson. Pero la conexión emocional que se produjo anoche en el Metropolitano fue mucho más intensa que la que yo recuerdo haber vivido en aquel otro mítico concierto en el Vicente Calderón.

Una generación que desprecia a Bad Bunny

Mi generación, la de la EGB, siempre ha mirado a Bad Bunny y al reguetón con cierto desprecio. Yo misma formaba parte de ese club. Recuerdo perfectamente la primera vez que mi hijo me enseñó el videoclip de Chambea: mujeres en bikini, humo, alcohol, cadenas, dinero volando por los aires... Me horrorizó. Confieso que durante años no entendí el fenómeno y que Benito me caía francamente mal.

Hasta que llegó la pandemia.

Mientras el mundo entero estaba encerrado, Bad Bunny se subió a un camión para recorrer las calles de su querido Nuevayol llevando su música por toda la ciudad. Y también lanzó el tema Y tu mamá también, una canción que me alegró el confinamiento y que se convirtió en nuestra banda sonora familiar. La bailamos una y otra vez en casa, entre videollamadas, mascarillas y tablas de gimnasia.

Más tarde llegó el álbum Un Verano sin Ti, una carta de amor a los sonidos del Caribe, en la que conviven la bachata, el merengue, la bomba puertorriqueña, el dembow, el reggae, la electrónica y, por supuesto, el reguetón. Una auténtica maravilla que no he dejado de escuchar hasta que llegó Debí Tirar más Fotos, el álbum en el que redobla la apuesta y que le ha encumbrado definitivamente.

Con su actuación en la Superbowl retando a Donald Trump, el fenómeno Bad Bunny se ha convertido en algo que va mucho más allá de la música. Representa a toda una generación que ha crecido con sus canciones, que se ha enamorado, que ha sufrido y que ha celebrado con ellas. Representa también el triunfo de un artista latino que, sin renunciar a su idioma ni a sus raíces, ha conseguido convertirse en una de las mayores estrellas del planeta.

Por eso, el concierto de anoche fue mucho más que una sucesión de éxitos. Fue la celebración de una época, de una identidad cultural y de una conexión emocional difícil de explicar a quien no estuvo allí. Benito consiguió que decenas de miles de personas olvidaran durante unas horas todo lo demás y vivieran plenamente el momento. "¡Disfruten de las pequeñas cosas de la vida: de cantar, de bailar, de sudar... !", repetía una y otra vez el cantante.

Hace tiempo que Bad Bunny ha dejado de ser el conejo malo para convertirse en Benito, el amigo auténtico y entrañable que todos queremos tener al lado. Ha creado un universo propio, profundamente latino y caribeño, pero al mismo tiempo universal. Y eso es algo que sólo consiguen los artistas que terminan marcando una época.

A sus pies, señor Benito Antonio Martínez Ocasio. Mis respetos.