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Portada // elmundo

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Bulgaria vota por octava vez en cinco a�os en medio de un...
Carmen Valer · 2026-04-19 · via Portada // elmundo

Bulgaria vota este domingo con un resultado previsible en las urnas pero con un desenlace incierto. El ex presidente Rumen Radev, que por primera vez da el salto a la arena parlamentaria, lidera los sondeos con alrededor del 30% de intenci�n de voto, pero esa ventaja no le garantiza un gobierno estable. Son las octavas elecciones en cinco a�os, una secuencia que ha convertido la excepcionalidad en rutina y el voto en un gesto cada vez menos decisivo.

No se percibe clima de cambio, sino fatiga asumida. Se ha normalizado la idea de que votar no garantiza gobernar y que gobernar no garantiza transformar. En un Parlamento cada vez m�s fragmentado, los vetos cruzados y la imposibilidad de articular mayor�as estables han convertido la repetici�n electoral en una salida recurrente. En ese contexto, el acto electoral pierde parte de su sentido original: se vota, pero cada vez m�s en contra que a favor, como si cada convocatoria fuera una pr�rroga de un ciclo que no termina de cerrarse.

El Parlamento tiene 240 esca�os y suele fragmentarse en seis o siete fuerzas con representaci�n. El sistema es proporcional, con un umbral del 4% para entrar en la Asamblea, lo que facilita la presencia de m�ltiples formaciones. Pero ese dato, por s� solo, no explica lo que ocurre. Las mayor�as son posibles. Lo que resulta mucho m�s dif�cil es sostenerlas: las coaliciones no se premian, se castigan.

Las f�rmulas han variado, pero ninguna ha cuajado. Hubo un experimento de coalici�n cuatripartita, tan amplia como fr�gil, que se deshizo en pocos meses. Hubo largos periodos gobernados por ejecutivos interinos. Y m�s recientemente, intentos de entendimiento entre bloques enfrentados que tampoco han logrado estabilizarse.

Desde 2009, la pol�tica b�lgara gira en torno a un n�cleo bastante estable de actores. El m�s evidente es Boyko Borisov, l�der de GERB, formaci�n de centro-derecha y orientaci�n proeuropea, que ha encabezado pr�cticamente todas las elecciones en este periodo y ha sido primer ministro en varias ocasiones en la �ltima d�cada. Sin embargo, esa posici�n ya no se traduce en capacidad de gobierno.

El 'outsider' que proviene del Estado

En ese paisaje de bloqueo sostenido emerge Radev. No es una figura construida desde los equilibrios parlamentarios ni un producto de aparato, sino un actor con legitimidad directa de las urnas, elegido presidente en 2016 y reelegido en 2021. Ex general de la Fuerza A�rea, sin una trayectoria partidista cl�sica, ha sabido construir una posici�n singular: la del outsider que proviene del propio Estado y que, sin embargo, se presenta contra quienes lo han gestionado. Su discurso, repetido durante toda la campa�a, es sencillo y eficaz: "Nuestro objetivo es claro: derribar la oligarqu�a". Y en el cierre insist�a en esa misma l�nea: "Recuperemos nuestro pa�s". M�s que un programa detallado, es una apelaci�n directa a un malestar compartido.

Cuando Radev habla de oligarqu�a no recurre a abstracci�n ideol�gica, sino a una estructura reconocible en Bulgaria: redes de poder econ�mico surgidas tras la transici�n postsovi�tica, con conexiones pol�ticas, influencia medi�tica y capacidad para operar en sectores estrat�gicos como la energ�a, la construcci�n o los medios de comunicaci�n. La frontera entre lo p�blico y lo privado se diluye, y con ella la distinci�n entre gesti�n institucional y captura del Estado. No se trata tanto de criminalidad visible como de una corrupci�n estructural integrada en el funcionamiento del sistema. Por eso el discurso anticorrupci�n no es accesorio, sino central.

Bajo esa superficie institucional opera adem�s un nivel m�s opaco, pero igualmente determinante. En determinadas regiones, el voto sigue teniendo precio. Entre 50 y 100 euros por papeleta, en un contexto donde la vulnerabilidad econ�mica convierte el acto electoral en una transacci�n. Dinero en efectivo, le�a para el invierno, favores administrativos o promesas de empleo temporal forman parte de un entramado clientelar que no es anecd�tico. Algunas estimaciones sit�an entre el 10% y el 15% el voto condicionado por estas pr�cticas. No define qui�n gana, pero condiciona c�mo se construyen mayor�as y erosiona, de forma silenciosa, la legitimidad del sistema.

A ese entramado se suma un ecosistema informativo igualmente degradado. Bulgaria registra miles de contenidos de desinformaci�n al mes -algunas estimaciones hablan de cerca de 6.000-, en un entorno medi�tico fragmentado y vulnerable a influencia pol�tica y econ�mica. No se trata solo de campa�as puntuales, sino de un flujo constante que contribuye a distorsionar el debate p�blico y a consolidar la desconfianza hacia las instituciones.

Desde fuera, el discurso de Radev puede interpretarse como un giro hacia la izquierda por su insistencia en la oligarqu�a y en las �lites, pero esa lectura resulta limitada. No se trata de un pol�tico ideol�gico en sentido cl�sico ni de un proyecto articulado en torno a una agenda redistributiva coherente. Su posici�n es m�s h�brida: cr�tico con las �lites econ�micas, conservador en algunos valores y pragm�tico en pol�tica exterior. M�s que un l�der ideol�gico, funciona como un veh�culo del malestar acumulado.

Es precisamente en pol�tica exterior donde su figura adquiere mayor relevancia y donde se proyecta buena parte de la tensi�n que atraviesa estas elecciones. Radev ha sido calificado con frecuencia como prorruso, una etiqueta que simplifica una posici�n m�s compleja. Su oposici�n al env�o de ayuda militar a Ucrania, sus cr�ticas a las sanciones o declaraciones controvertidas como aquella en la que afirm� que "Crimea es actualmente rusa" han alimentado esa percepci�n.

Sin embargo, esa caracterizaci�n responde tambi�n a factores geogr�ficos, econ�micos y pol�ticos internos. Bulgaria observa la guerra en Ucrania desde la orilla del Mar Negro, no desde Bruselas: con historia de v�nculos, dependencia energ�tica y una opini�n p�blica dividida. En ese contexto, su rechazo a una implicaci�n militar directa puede leerse m�s como un c�lculo de riesgo que como una alineaci�n ideol�gica plena con Mosc�.

Esa postura introduce fricciones dentro del bloque occidental. Radev no cuestiona la pertenencia a la Uni�n Europea ni a la OTAN, pero s� ha criticado el impacto econ�mico de las sanciones, la gesti�n energ�tica comunitaria y la percepci�n de que Bulgaria asume costes sin obtener beneficios proporcionales. No es un euroesc�ptico en sentido estricto, sino un eurocr�tico pragm�tico que pone el acento en las asimetr�as internas del proyecto europeo.

En relaci�n con Estados Unidos, la tensi�n es m�s sutil, pero igualmente presente: no rompe con el eje transatl�ntico, pero evita una alineaci�n autom�tica y plantea matices donde otros gobiernos optan por la adhesi�n plena.

En �ltima instancia, la figura de Radev no puede entenderse solo como la de un candidato con opciones de victoria, sino como la expresi�n de un sistema bajo presi�n. Su ascenso refleja una ruptura creciente entre ciudadan�a y �lites, una fatiga democr�tica acumulada tras a�os de inestabilidad y una cierta desalineaci�n, todav�a contenida, dentro del bloque occidental. No resuelve esas tensiones, pero las visibiliza.