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El fin de la era dorada de los late shows: entre el odio de Trump, los intereses de las cadenas y la caída de las audiencias
Pablo R. Suanzes Washington D. C.Washington D. C. · 2026-06-02 · via Portada // elmundo

Durante décadas, Estados Unidos se ha tomado el pulso cada noche a eso de las 23.30. No en los telediarios, ni gracias a los periódicos o las tertulias, sino con millones de personas sentadas fielmente en pijama ante la pequeña pantalla, esperando a que unos hombres graciosos, con traje, corbata y una banda tocando en directo, les explicaran qué había pasado y por qué debían tomárselo en serio, pero no demasiado. Sullivan, Carson, Letterman, Leno, O'Brien, Maher, Stewart, Kimmel, Colbert. Una larga lista de sacerdotes laicos del humor y la ironía, con homilías cada vez más duras y políticas, para una América desesperada por reírse de sí misma antes de poder conciliar el sueño.

Desde hace 70 años, los estudios más famosos de Nueva York y Los Ángeles se llenan a diario de público entregado, equipos enormes y carísimos de producción y la élite del mundo del cine, la música o la farándula como invitados. The Tonight Show. Late Night. Late Show. The Late Late Show, Jimmy Kimmel Live!, The Arsenio Hall Show, The Daily Show, Gutfeld!. Historia viva del último siglo con presentadores que ganan 15 o 20 millones de dólares por temporada convertidos en iconos culturales. Hombres que eran capaces de marcar la conversación política a nivel nacional, disparar las ventas de un disco o la taquilla de una obra, pero también de irritar a presidentes y senadores ofreciendo «una rebelión segura, predecible y controlada. Algo relajante e intrascendente», en palabras de Lili Loofbourow, crítica de televisión de The Washington Post.

La gente apreciaba a los presentadores, pero sobre todo el formato, la estabilidad, la rutina. El mismo tipo de escenarios, de colores, de cortinas. El orden de monólogos e invitados, la actuación musical. El secreto estaba en el ritual y la previsibilidad en un mundo que todavía tenía inicio y fin, y no era un scroll perpetuo. El fenómeno del late show sigue vivo, y se ha exportado con muchísimo éxito por todo el planeta, pero ya no es lo mismo. Los legendarios programas, con presupuestos de 50, 70 o más de 100 millones de dólares al año para apenas 60 minutos de emisión, apenas congregan ya entre uno y dos millones de espectadores, audiencias menores queEl Hormiguero, Pasapalabrao Sálvame Deluxe en sus buenos tiempos.

«El formato está lejos de haber muerto. Sigue siendo tan relevante en la política estadounidense que The New York Times publica una columna diaria sobre la programación nocturna. Pero los programas que había antes del auge de internet no van a volver, porque las enormes audiencias que tenían Leno y Johnny Carson ya no existen, fundamentalmente por todas las diferentes plataformas que tenemos hoy, donde mucha más gente puede hacerse oír», apunta Stephen Farnsworth, profesor en la University of Mary Washington y coautor del libro Late Night With Trump: Political Humor and the American Presidency.

El modelo clásico del sofá, la mesa y, en el mejor de los casos, algunas actuaciones y juegos, ha aguantado varios apocalipsis. Resistió la llegada del cable (televisión de pago), el inicio de internet, se hizo fuerte ante YouTube, desafió a TikTok. Pero sufre. Han pasado de ser negocios extremadamente rentables, los emblemas y símbolos de las cadenas, a convertirse en productos menos lucrativos e incluso deficitarios. Especialmente si la Casa Blanca te tiene en la mirilla.

Para saber más

Cuando se estudie su auge y decadencia en los libros de Historia, es probable que el momento simbólico que sintetice la transición sea el vivido el pasado jueves 21 de mayo, cuando Stephen Colbert apagó las luces del teatro Ed Sullivanponiendo punto y final a The Late Show. No fue por la probable conclusión de la carrera del presentador y las razones de su abrupta salida. Ni siquiera por el cierre de una institución que la CBS lanzó hace 33 años, con David Letterman, y ayudó a transformar el negocio televisivo rompiendo moldes. La despedida de Colbert, rodeado de amigos y de todos sus competidores directos, tras una entrevista con Paul McCartney y los chistes y monólogos de siempre, puede interpretarse como el inicio del fin, el primer gran paso en el ocaso de una era dorada. «Soy Seth Meyers, aunque el regulador me llama el siguiente», bromea estos días con un despido similar el cómico, no el más odiado por Donald Trump, pero en el top 5 del sector.

CBS anunció la cancelación de Colbert hace casi un año, en julio de 2025, oficialmente por «motivos financieros», señalando que el programa perdía decenas de millones de dólares cada año. Es cierto, pero los responsables no buscaron cómo reducir costes, sino que tomaron la drástica decisión apenas unos días después de que su estrella criticara duramente en antena el acuerdo de 16 millones de dólares alcanzado porParamount, la matriz de su cadena, con la Administración Trump para zanjar uno de los pleitos más absurdos imaginables.

El presidente, con insultos diarios, demandó a la emisora, igual que hizo con la ABC, o con las redes sociales que cerraron sus cuentas tras el asalto al Capitolio de 2021, pidiendo cantidades ingentes de dinero. El recorrido judicial no parecía muy prometedor para él, hasta que ganó las elecciones y volvió al poder. En ese momento, consejeros delegados y directivos consideraron que les resultaba más ventajoso pagar una pequeña fortuna para costear la futura biblioteca presidencial de Trump (que ha dicho que será en realidad un hotel para monetizarla) que estar a la contra de la Casa Blanca más vengativa de la edad contemporánea. El 24 de julio, la misma Administración satisfecha por la cancelación aprobó la fusión Skydance-Paramount, una operación de 8.000 millones.

La presión del presidente no puede ser subestimada. Es brutal y en todos los sectores. Disney estuvo a punto de echar aJimmy Kimmel, otro de los enemigos del presidente, y sólo la presión de sus propios abonados les hizo dar marcha atrás. En juego hay decenas de miles de millones de dólares en fusiones, adquisiciones y contratos. Además de las propias licencias de emisión, cuya posible retirada Trump y sus acólitos esgrimen como amenaza constantemente.

Paul McCartney acompañó a Stephen Colbert en este último show.

Paul McCartney acompañó a Stephen Colbert en este último show.

En Estados Unidos hay cinco grandes cadenas: Fox, ABC, NBC, CBS y CNN (esta última si bien es de cable, es mucho más influyente que CW). Hasta hace muy poco, sólo la primera, propiedad de Rupert Murdoch, era claramente conservadora y abiertamente pro Trump. Pero en pocos meses, los aliados del presidente, a través de Larry Elison (Oracle) y su hijo David se han logrado hacer con Paramount y Warner Bros, y por tanto controlan ya la CBS y en breve la CNN. La línea editorial ya ha girado brutalmente en la primera, con cambios en programas históricos como 60 minutos, despidos, imposiciones, censuras. Y apenas llevamos año y medio de presidencia.

Pero todo ello es sólo parte de la historia. Quizás la más grave, la más peligrosa, pero sólo parte de una más larga que empieza mucho antes y está marcada por una caída brutal de las audiencias, la pérdida de ingresos y la eclosión de un millón de alternativas. La audiencia se va, pero los anunciantes han reducido su apuesta a un ritmo incluso superior. El año pasado, todo el mercado estadounidense de programas nocturnos generó aproximadamente 209,1 millones de dólares en ingresos publicitarios, según datos de Guideline, frente a los 519,7 millones de dólares de 2017. Esto representa una caída de casi el 60% tan solo en la última década. Desde 2022, The Late Show perdió el 20% de su audiencia en el codiciado grupo demográfico de 18 a 49 años, según datos de Nielsen.

Es probable que el dato abstracto más sorprendente para un europeo sea que la CNN, un transatlántico que cambió para siempre la forma de hacer televisión y la cobertura de noticias, una cadena con 3.500 empleados y más de 200 periodistas cubriendo guerras, hambrunas, elecciones y desastres naturales en todo momento por el planeta, tiene una audiencia media diaria en primetime de menos de 700.000 espectadores. Su programa estrella ni llegó a los a los 900.000 en mayo y la cifra de espectadores en la horquilla más deseada por los anunciantes, gente de 25 a 54 años, suman poco más de 150.000. Y aun así, tiene en torno a una decena de presentadores con contratos por encima del millón de dólares, y algunos por encima de los 5 y los 10.

Los Late Shows fueron durante mucho tiempo una mezcla de entretenimiento y política. La válvula de escape de una democracia que procesaba sus crisis a través de los chistes y burlándose de sus líderes. En ellos es donde Clinton hizo campaña tocando el saxofón, donde Obama recitó con gran seriedad sus logros económicos mientras Fallon y la banda The Roots lo convertían en una canción de soul al estilo de Barry White. Donde Gore intentó sin demasiado éxito parecer humano, donde John McCain intentó lograr el perdón de un Letterman despechado por una traición con la competencia, donde George W. Bush quiso bromear sobre una operación de corazón de su anfitrión y la cagó. Donde Trump es machacado noche tras noche sin que quizás eso le haya costado un solo voto. «La gente envejece, el país cambia, pero sigue habiendo un deseo enorme de figuras que se rían de los poderosos. En su alma, la sociedad estadounidense es puramente iconoclasta y nos gusta ver a gente siendo ridiculizada cuando hace el ridículo», apunta el profesor Farnsworth.

Antes, para poder disfrutar de un político en apuros, o simplemente de una entrevista relajada de promoción con un actor, un director, un músico, el formato de la noche era imprescindible. Ahora el mercado está saturado. Hay más podcast de entrevistas que estrellas en el firmamento. Se puede cruzar internet de clip en clip, de fragmentos, de charlas distendidas y cotilleos de famosos, y los youtubers logran además que las nuevas estrellas, las más jóvenes en especial, hagan lo que nunca harían en una televisión, limitada por estructuras clásicas, más encorsetadas y directivos más cobardes y aburridos.

"La gente envejece, el país cambia, pero sigue habiendo un deseo enorme de figuras que se rían de los poderosos"

«El declive de los programas nocturnos es un síntoma más de la transición de la televisión de un modelo de transmisión masiva a un modelo de streaming individualizado. Es un género que durante mucho tiempo se basó en la costumbre de que la audiencia se quedara despierta hasta después de las noticias locales. Ahora, sin embargo, la televisión se mueve en el mismo flujo de contenido que las redes sociales, los videojuegos, y se nos ofrece de la misma manera fragmentada. ¿Para qué ver un fragmento de audio pregrabado de una estrella de Hollywood o un político cuando se les puede escuchar mucho más vulnerables en una entrevista extensa en un podcast? Algunos presentadores de programas nocturnos se adaptaron para que sus programas fueran más fáciles de recortar y de difundir en línea; Colbert nunca lo hizo. También era abiertamente partidista, lo cual formaba parte de su atractivo. Desafortunadamente, en la televisión abierta se necesita una audiencia amplia, así que eso no era sostenible. Me temo que empezaremos a ver el declive de la sátira liberal televisiva que Colbert y su mentor Jon Stewart hicieron famosa», explica Nick Marx, director del Centro para la Democracia, el Arte y la cultura popular en la Colorado State University y experto en cine y medios.

Los late shows siguen teniendo una gran influencia cultural: sus hits se viralizan, los medios recogen lo ocurrido la noche anterior. Sus clips generan cientos de millones o incluso miles de millones de visualizaciones y han permitido que sus rostros sean iconos globales, literalmente. Pero el negocio no funciona y su influencia ya no es la que era. Porque un clip viral genera apenas una fracción del dinero que antes producía una audiencia lineal mucho menor en NBC o CBS. Y porque en un mundo en el que la atención es la commodity más preciada, un chiste dura apenas unos segundos en la retina.

The Late Show, el programa estrella de la CBS, nació en 1993 como consecuencias de una jubilación. Uno de los grandes referentes del género, The Tonight Showde Johnny Carson, que llegó a reunir para la NBC una media de 16 millones de espectadores por programa, tuvo su fin y hubo una auténtica guerra entre dos bandos: el de Jay Leno, más vainilla y que acabaría quedándose el show, y David Letterman, más irreverente, que perdió. En ese momento, la CBS decidió crear su propia alternativa, y contrató al descartado, y funcionó muy bien. Parecía que había sitio y pastel para todos. Colbert tomó el relevo en 2015, casi al mismo tiempo que la llegada de Trump. Los primeros compases no fueron buenos, hasta que llegó un productor que venía del mundo de las noticias, no del entretenimiento, el programa dio un giró hacia la crítica política permanente, y atrajo algo más de público.

Benjamin E. Alba, profesor de Derecho en DePaul University y autor de una biografía de Steve Allen, el padre de los programas nocturnos, dice que la teoría de que antes los programas eran más asépticos políticamente no tiene sentido. Y recuerda que tomar posiciones siempre ha tenido consecuencias. «Allen se pronunciaba constantemente sobre temas controvertidos, desde el crimen organizado hasta la guerra nuclear y la pena de muerte. En la madrugada del 2 de mayo de 1960, por ejemplo, se fue con Marlon Brando y Shirley MacLaine a la prisión estatal de San Quentin para protestar por la inminente ejecución de un violador para intentar, en vano, que el gobernador de California le diera el indulto. La franqueza de Allen contribuyó sin duda a una caída en sus índices de audiencia. Eran respetables pero eso probablemente influyó en la decisión del patrocinador de no renovar su contrato. Lo interesante es que cuando su mujer le mostró su preocupación por el efecto que sus posturas tenían en sus índices de audiencia, Allen respondió con una cita para la historia: «Jayne, me importan mucho más los índices de audiencia de la humanidad que los de mi programa de televisión», explica Alba.

Colbert, como su maestro Stewart, decidió por diferentes razones no podía hacer un programa neutro. Para bien y para mal. El último programa de Johnny Carson, emitido el 22 de mayo de 1992 en la mencionada NBC, tuvo aproximadamente 50 millones de espectadores, uno de los finales de televisión más vistos de la historia. El último programa de The Late Show con Stephen Colbert, un acontecimiento en medio de una presión política inédita, reunió alrededor de 6,74 millones de espectadores. Una cifra extraordinaria, el episodio más visto de toda la etapa de Colbert y más del doble de su audiencia media reciente, pero a años luz de sus predecesores.

"La polarización y la politización de los programas nocturnos no ha sido una bendición o una maldición, sino una realidad"

Las cadenas siguen midiendo el éxito con parámetros del siglo XX —el share en tiempo real, la franja de las 23:30— mientras el público, especialmente el más joven, hace tiempo que migró a otras pantallas y otros ritmos. Ver un programa en directo, a una hora fija, se ha convertido en un hábito tan anacrónico como rebobinar una cinta de vídeo. Muchos millones más vieron vídeos y resúmenes del adiós de Colbert al día siguiente en sus redes sociales, pero sin contabilizar. Sin atraer dinero para los anunciantes. Los jóvenes tiran de gente como él, como hacían con Stewart, Oliver, Trevor Noah o Samantha Bee para comprender la actualidad política, una especie de filtro ideológico y emocional de la vida pública, pero que no da ingresos. "Es una especie de puerta trasera de entrada a la droga de la política para quienes (todavía) no son yonkis de la información", sugiere Farnsworth.

En 2006 todavía existía un ecosistema televisivo relativamente concentrado. Leno y Letterman sumaban juntos cerca de 10 millones de espectadores cada noche. Hoy hay que juntar los fieles de prácticamente todos los programas para llegar a esa cantidad. Colbert, el líder destacado en su franja horaria, tenía en torno a dos millones y medio (un millón menos que hace una década). Jimmy Fallon suma entre millón y millón y medio, un tercio que en 2016. Jimmy Kimmel, el único de Los Ángeles y el más longevo, con 2,2 millones, es el único que permanece estable e incluso de espectadores.

Y esos son los que tuvieron éxito. En los últimos años han fracasado y han sido cancelados programas como The Late Late Show, Patriot Act, de Hasan Minhaj; The Break, With Michelle Wolf; Chelsea, de Chelsea Handler. TBS canceló Full Frontal With Samantha Bee, Hulu canceló I Love You, America con Sarah Silverman; Comedy Central cerró The Nightly Show con Larry Wilmore y Facebook Watch suspendió Red Table Talk de Jada Pinkett-Smith. A los que se pueden sumar The Rundown, The Amber Ruffin Show en Peacock o A Little Late With Lilly Singh de NBC. El rey de la noche es sin duda el menos conocido fuera de Estados Unidos, el menos popular, el único abiertamente trumpista y conservador: Gutfeld, en la Fox. También el único que supera los tres millones de espectadores, en la franja de 22:00 a 23:00, antes que el resto, y el favorito del presidente.

"La polarización y la politización de los programas nocturnos no ha sido una bendición o una maldición, sino una realidad. Son programas impulsados por la búsqueda de audiencias. Si la política es más combativa y el país está más polarizado es inevitable esperar que los programas reflejen esa dinámica. Gutfeld es el único que supera tres millones de espectadores. Los conservadores llevaban mucho buscando una alternativa en la noche y este es el primer éxito real, y en gran medida porque es capaz de reírse de sí mismo y de los suyos. Es fácil hacer humor con Trump pero es duro tener éxito si la línea editorial es contra los sin techo o de los inmigrantes. Gutfeld ha logrado desarrollar un humor redefiniendo para su público a las élites y asociándolo a las voces de la cultura pop, las celebridades o los demócratas. Pero su éxito viene de reírse de sí mismo, algo que Sean Hannity no habría podido", concluye el profesor Farnsworth, que para su libro documentó cientos de miles de chistes y sketches durante una década.