La fascinación por esa época sin móviles ni redes sociales esconde una paradoja: ¿realmente un avance nos ha hecho retroceder?

Sarah Pidgeon y Paul Anthony Kelly, en la serie Love Story.DISNEY +
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Eran las fiestas del Carmen, la hierba del jardín amarilleaba, el guindal rebosaba frutos encarnados, listos para el licor del abuelo. Alguien llegó con la noticia: un accidente de avioneta, la tragedia de la pareja perfecta. Recuerdo perfectamente dónde estaba cuando murió John F. Kennedy Jr. John John de nuestros corazones.
La fascinación por el hijo menor de JFK ha resucitado con Love Story, su historia de amor con Carolyn Bessette hecha serie. El vestir minimalista, la vida con periódicos y billetes de papel. El cigarro en la oficina, el sonido del radiodespertador. Todo es susceptible de viralizar en TikTok. Los zeta y los millennials más jóvenes, dicen, están obsesionados con esa era premóviles.
Resulta paradójico pensar que el smartphone nos ha arrebatado algo. ¿No venía a facilitarnos la vida?
La vida de entonces parece más liviana. Sin ligues online ni ghosting, sin conversaciones que se interrumpen por un whatsapp o una story, sin que una pantalla secuestre nuestro tiempo libre.
"A un montón de gente joven le despiertan curiosidad los 90. Era una era de libertad, porque no había redes sociales", afirmaba rotunda la nepobaby Romy Mars en una conversación con su madre, Sofia Coppola, y Marc Jacobs. "¿Qué te traerías de los 90?", planteaba la hija. "Que no hubiese móviles ni cámaras. Había libertad en no tener las cosas documentadas". Curiosa respuesta para una cineasta...
Pero si prestamos atención al detalle, Love Story también nos muestra los inconvenientes de vivir sin smartphone. Tu cita se retrasa media hora y no puede avisarte, conoces a alguien (sea un ligue o un potencial amigo) y pierdes el contacto, tu madre acaba en el hospital... y tardas horas y kilómetros en enterarte.
Recordemos algo obvio: la tecnología nos facilita las cosas. El problema es cómo la usamos. El móvil nos acerca a quienes queremos cuando están lejos, pero nos aleja de ellos cuando nos hipnotiza. No éramos más libres sin teléfono, pero muchas veces nos esclaviza.
Tampoco yo sé cómo salir de la paradoja. Consulto compulsivamente cuántas horas he pasado con mi iPhone (dedicando aún más tiempo a indagar en qué), pongo límites a las apps que más me atrapan, lo oculto bajo montañas de cojines... Puede que sea imposible salir. O puede que añorar una era sin móviles nos sirva para desengancharnos un poco. Porque la vida de la gente guapa y bien vestida siempre parece más fácil.


























