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Recetas contra el sufrimiento: cómo hacer picadillo mi ún...
SILVIA NIETO · 2026-05-24 · via Portada // elmundo

Hablemos claro: a mi madre le ha decepcionado que yo no sea novelista. Aunque no me lo diga. Pero es que se me da fatal, de verdad, mamá. Y mira que me encanta hacer el ridículo, pero sólo cuando yo quiero. Y no es el caso. De hecho, hace muchos años, en un momento bastante delicado de mi vida, escribí una novela. Su redacción me mantuvo en trance durante meses. Entusiasmada y ensimismada, como una bruja que acaba de dar con una pócima inédita. No podía pensar en otra cosa. Resultado: tal vez la peor novela de la historia. Tan mala que cuando a posteriori intentaba releerla para ver si la podía salvar de alguna manera, se me caía la cara de vergüenza. No puedo ni contar el argumento, del sofoco que me produce su recuerdo. Menos mal que las editoriales a las que se la envié (¡!) fueron compasivas y me la devolvieron. Imagínate que algún descerebrado va y la publica. Me muero.


Por supuesto, destruí todas las copias.


Menos dos.


Una la tenía una amiga y la otra, yo misma. Con los años conseguí hacerme con la copia de mi amiga (sin explicarle por qué tenía tanto interés en recuperarla, la verdad. Perdóname, Susana) y la hice desaparecer. Pero la última, la mía... Oye, que no podía destruirla. Es difícil de explicar. Era como borrar un trozo de mi vida, por patético que fuera el trozo. Como hacerle un feo enorme a la Silvi obnubilada que había tratado de evadirse de una realidad poco favorable a golpe de fantasía narrativa. Pero, por otro lado, me angustiaban ideas como la (recurrente) de que a mi muerte mi hijo diese con la novela, la leyera y sufriese al hacerlo el peor de los bochornos. En este bloqueo estuve alojada unos... 20 años.
Hasta que di con la solución a mi problema. Cogí la novela y rompí cada página, pacientemente, en trozos muy pequeñitos, de cuatro o cinco centímetros de lado cada uno. Y la metí enterita, sus 200 páginas, en una urna de cristal. Destruirla sí, traicionarme no. Ahí está, en una estantería blanca en mi dormitorio, os la enseño cuando queráis. A través del cristal se leen cosas, pero no se lee nada. Aunque todo está ahí adentro.
Nunca le he contado a mi madre la historia de esa porquería de novela, porque se llevaría un disgusto y también porque en realidad lo que ella habría querido no es que escribiese una obra titulada Me llamo Irene, tengo 30 años y estoy muerta, sino una sobre la historia de mi (su) familia, una auténtica epopeya que empieza a finales del siglo XIX en Alhaurín el Grande y desemboca en los años 40 en Tánger, donde mis padres se conocieron en un guateque y fueron felices a veces y otras no. Pero con este asunto pasaba como con tantas otras cosas que tienes tan a mano que ya las harás otro día, otro mes, otro año.
Hasta que hace unos cuantos empecé a plantearme que esa historia fascinante, la de mi propia familia, donde pasa de todo (ríete tú de Stranger Things), estaba condenada a perderse a menos que yo me decidiese de una vez a consignarla. Así que empecé a sacar la grabadora y a enchufársela a mi madre cada vez que nos sentábamos a tomar un aperitivo en nuestros paseos por el malecón de Garrucha. Lujo de entrevistada, ella empezó a contarme todo hasta donde la memoria familiar y la personal le alcanzaron: cómo mi bisabuelo secuestró a mi bisabuela para poder casarse con ella y puentear la negativa de los padres de ella al enlace; cómo un gorila se abalanzó sobre mi abuela en la isla de Bioko, en Guinea, y ella se salvó gracias a lo resbaladizo de sus medias de seda; cómo mi bisabuelo le sirvió innúmeros cafés a Franco en un bar de Tetuán y después del alzamiento se quejaba amargamente de ello; cómo un hermano de mi abuelo Luis era tan imprudente al volante que los pasajeros del autocar que conducía entre Tánger y Tetuán llegaban aterrados a su destino (además de 15 minutos antes);cómo mis abuelos con sus cuatro hijas y un baúl enorme intentaron llegar a Marsella para huir a México durante la Guerra Civil pero desistieron cuando los nacionales, ayudados por la Italia fascista y la Alemania nazi, empezaron a bombardear barcos de pasajeros en el Mediterráneo...
Es probable, pienso, que gracias a ese arranque de prudencia esté yo hoy aquí. Qué menos que perpetuar su recuerdo y contar su historia, ¿no? Una, además, que no necesita ser novelada porque ya en sí misma es novelesca, la realidad no me lo podía poner más fácil. Sencillamente para que los míos, mi hijo y sus hijos si los tiene, mis sobrinos, su descendencia... sepan de dónde vienen, por qué vericuetos han llegado a estar vivos. Y no nacidos muertos, como mi Irene..., madre mía qué mierda de novela.