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Portada // elmundo

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Madrid se pone bellaco con Bad Bunny: el perreo hasta abajo y el Metropolitano patas arriba
EL MUNDO (Vídeo) / Sergio Enríquez (Foto) · 2026-05-31 · via Portada // elmundo

Benito, el hijo de Benito, aparece en el centro del escenario. Permanece quieto con los ojos cerrados, envuelto en la explosión del entusiasmo colectivo que borbotea desde la pista y sube atronador por las gradas hacia el cielo de Madrid. "¡Benito! Benito!". Un minuto ensordecedor. Son 64.000 personas gritando con una efervescencia incontenible en el cuerpo, como si el gas de un refresco recorriera sus arterias. Han venido en busca de diversión, quieren un éxtasis, existir sin límites, aunque solo sea por un breve rato.

Bad Bunny viste un traje con la chaqueta cruzada y solapas enormes. Es un mensaje: esta será una gran fiesta de música urbana actual, pero empezará con ritmos tradicionales porque las raíces y la autenticidad son conceptos que se van a repetir en esta calentorra tarde de primavera a más de 30 grados. ¿Fue una celebración de la identidad latina? ¿Hubo reivindicaciones, alegatos, protestas? No, no, no, no. El único mensaje es mucho más sencillo: Bad Bunny anima a "disfrutar de las cosas pequeñas de la vida, de reír, de cantar, de bailar y disfrutar de las personas que están a tu alrededor" y, sobre todo, "a pasarla bien". "Madrid, baila y ama sin miedo", dice varias veces, y eso es lo que ha hecho la chavalada en todas y cada una de las canciones.

Así comienza el primero de los diez conciertos que el prodigio puertorriqueño va a ofrecer en el Riyadh Air Metropolitano, una residencia histórica en España con la que ninguna artista internacional había siquiera soñado hasta ahora. Serán en total 640.000 asistentes solo en Madrid, más de 750.000 en nuestro país contando los dos conciertos en Barcelona del pasado fin de semana. Un récord descomunal, casi inverosímil. Así que la expectación era enorme en el público, formado básicamente por jóvenes, aparentemente con más chicas que chicos y con una mayoría de asistentes españoles (las entradas generales estaban entre 80 y 160 euros, aproximadamente). El espectáculo, dividido en tres partes durante dos horas y 50 minutos, ha sido vivido con una enorme intensidad. Bad Bunny había venido a ofrecer una gran fiesta y la gente, hiperexcitada, tenía unas increíbles ganas de jarana: la mecánica de la fusión nuclear hizo su magia.

Bailando salsa al estilo clásico

El reguetón no es hijo de la salsa, pero tiene las mismas finalidades: la música como espacio de encuentro social, el baile colectivo y el roce carnal de los cuerpos. La mudanza es una salsa poderosa sobre los abuelos y los padres de Bad Bunny y sobre la lucha de Puerto Rico por su independencia. El orgullo se traduce en una sacudida estridente de trombones, trompetas y percusiones que descarga la joven orquesta Los Sobrinos a todo volumen. ¡Atómicos Sobrinos! El concierto acaba de comenzar y ya baila todo el mundo. El tiempo ha dejado de existir.

El Metropolitano está medio loco y aquí suenan maracas para salsear Callaíta, un reguetón melódico con trazas de balada de hace ya siete años. Con la orquesta, la canción se menea completamente distinta del original: el impulso principal lo da el piano, jazz latino alegre y vigoroso, mientras el grupo de vientos va soltando fogonazos bailados hasta la última fila de la grada. Es la única canción de esta primera parte que no está incluida en Debí tirar más fotos, el disco premiado con el Grammy a mejor álbum de 2025 y que ha convertido a Bad Bunny en una de las mayores estrellas del pop mundial.

El álbum de todos los récords combina reguetón, dembow y trap con géneros tradicionales de la música latina. Es en esa tradición donde empieza el concierto como un viaje sonoro. Un ejemplo hermoso es la siguiente canción, Pitorro de coco, un tributo al folclore puertorriqueño a ritmo de plena y de música jíbara, sonidos rurales de fiesta de la isla. Sin vientos ni piano, el protagonismo se lo lleva el cuatro, esa guitarrita que es a Puerto Rico lo que el tres a la música cubana.

Ester Expósito Bad Bunny La Casita

Las actrices María León y Ester Expósito asisten al concierto de Bad Bunny en MadridJuanjo MartínEFE

Más salsera y muy melódica y romanticona es Weltita, en la que la cantante de Chuwi forma un estupendo dueto con Bad Bunny. La orquesta suena elegante y con alegría. No hay ni un bombo electrónico por debajo ni un guiño reguetonero; tampoco en Turista, un emotivo bolero profundamente melancólico. El gesto artístico de empezar con músicas del pasado incluso cambia la forma de cantar de Bad Bunny, que interpreta como un clásico, evitando las estridencias melódicas. Fluye todo estupendo, pese al sonido reverberante y confuso del estadio, donde se pierden los matices y la voz debe estar a un volumen altísimo.

Dos de las mejores canciones del disco, Baile inolvidable y NuevaYol, alumbran el final de este tramo salsero, que dura 45 minutos. Los Sobrinos no es la mejor orquesta caribeña del mundo, pero sí la mejor para este Bad Bunny de ayer y de hoy, porque entiende los códigos del pasado y los del presente. Toca música tradicional y la adapta a la música urbana, y lo hace de un modo tan orgánico que emociona y deslumbra. En Baile inolvidable hay elementos de salsa y de bomba ligados con referencias de trap. Sin embargo, la fusión más increíble se encuentra en la portentosa NuevaYol, que pasa vertiginosa de la salsa al dembow, con el flow pesado y el primer ritmo electrónico del show rebotando en las nalgas. Es la primera vez que veremos todo el estadio dando saltos. Algo increíble.

Bellaqueo en La Casita

La segunda parte del concierto se desarrolla en La Casita, el escenario situado en el otro extremo del campo y en el otro extremo musical. Con la producción electrónica sofisticada de Veldá comienza un variado ciclo de reguetón y trap formado principalmente por canciones de Yhlqmdlg (sigla de "Yo hago lo que me da la gana", un título que fue y es una declaración de principios) y Un verano sin ti, dos de los mejores discos en la historia del reguetón.

Este es el Bad Bunny que aman sus fans de siempre: con el característico fraseo teatral que le ha distinguido, con chándal y sin orquesta, travieso y bellaco, cantando descarado sobre copular con frenesí rodeado de famoseo, con Ester Expósito perreando con abanico, las actrices Ana de Armas y María León a su lado, Marta Ortega detrás, la influencer italiana Chiara Ferragni y, por allí, los futbolistas Carreras, Ceballos, Camello e Isi, quien pudo cantar "Por la mañana, café/ Por la tarde, ron/ Llévame a Leipzig/ Isi Palazón".

Tití me preguntó, entre el dembow y el reguetón, se acelera poderosa y rapidota como un tren bala mientras el estadio es barrido por cientos de rayos láser. El salón de baile ha cerrado definitivamente, hemos llegado a la discoteca. Neverita tiene sintetizadores y un bombo de house clásico: su estribillo se canta dando brincos. El discotequeo sube de intensidad con el arreglo 'eurodance' de Si veo a tu mamá, que suena como un himno de club de hace 25 años. La gente salta como si el suelo fueran brasas, es un fiestón, es un tsunami, es una chaladura.

Reguetón en el tejado y perreo hasta abajo

Bad Bunny pasa más de 15 minutos saludando y hablando con la gente de la primera fila, dando la mano, abrazándose y haciéndose fotos. Escoge a varios fans para que hagan el grito de guerra "Acho, PR".

Hemos llegado al núcleo del concierto y el núcleo de Bad Bunny es el reguetón. El tejado de La Casita es el escenario de un ciclo de canciones que revientan de tensión sexual y de declaraciones de amor, los temas sobre los que siempre ha cantado el puertorriqueño, que de malo solo tiene el nombre: es, suspiro, un romanticón sin remedio. Son llenapistas comerciales que inyectan en el público un torrente de adrenalina en cuanto empiezan a sonar los primeros acordes.

La gozadera comienza con Voy a llevarte pa PR y Me porto bonito, uno de los mayores éxitos de su carrera. Son dos sacudidas de reguetón clásico con referencias al perreo que el cantante entona con energía y algunas estrofas chulescas de rap. El remix de No me conoce, de Jhayco, es uno de los reguetones más suaves de este tramo, con unas melodías de pop sentimental que contrastan con el sonido duro y callejero de Bichiyal y Yo perreo sola.

Estas dos canciones evocan el reguetón de principios de siglo y se suceden encadenadas para que el público grite unos estribillos que se ha tatuado en tantas noches de discoteca. Más popera y dulzona es Efecto, otro megaéxito cuya letra es recitada por miles de personas en un coro que sube desde la pista a las gradas como una ola de 12 metros hasta que se desborda por la boca del estadio.

Trap con orgullo

"Si usted se va de aquí sin haber perreado no puede decir que estuvo", es una declaración de principios. "Yo quiero ver a Madrid perreando", dice cuando comienza a sonar Safaera, una de las producciones más ambiciosas y vanguardistas de Tainy, muchas canciones en una sola canción que suena crujiente con ritmos más densos que un puré de boniato. Su sucesión de cambios se acompaña en el pantallón del fondo del escenario con perreo para mayores de 18 años. Bad Bunny se mueve por el tejado de La Casita como si fuera un boxeador en un cuadrilátero.

En 2026 se cumplen 10 años de la primera canción conocida de Bad Bunny, un trap de guarreo llamado Diles. Es una pieza recia que funciona como un arrebato de arrogancia que los fans de la vieja escuela cantan con rabia. Si la sucesión de temazos reguetoneros es como una playlist de clásicos de discoteca, esta parte del concierto sirve para explicar la identidad de este artista vertiginoso. Diles es el principio de todo y tiene el sabor metálico del orgullo.

Un segundo cañonazo de trap oscuro, Mónaco, avanza lentamente con su sample de violines con forma de serpiente. Hay raperos expertos que no llenan un estadio con este carisma.

Myke Towers, invitado especial de Bad Bunny

El también puertorriqueño Myke Towers aparece como el invitado de esta primera velada de Bad Bunny en Madrid. Juntos cantan Adivino y luego canta solo un intenso medley de varios megaéxitos como La playa, Peligrosa o La falda que son un miniconcierto dentro del concierto.

La Casita se cierra con dos temas de sonido completamente diferente: se apaga la electrónica y vuelve el Bad Bunny que reivindica las raíces de su país: ahora suena la música más tradicional de la noche. Con un pequeño grupo formado por tres panderos y una güira entona Café con ron, una plena que remite a las celebraciones rurales de Puerto Rico. El grupo que le acompaña, Los Pleneros de la Cresta, se queda para interpretar una segunda tonada de su repertorio en este homenaje a la música popular. Mientras, el cantante se escabulle para prepararse para el final del concierto.

Bad Bunny Madrid

Bad Bunny, durante su primer concierto en el estadio Metropolitano de Madrid.Sergio EnríquezMUNDO

El gran final: del reguetón al pop

De vuelta al escenario principal encontramos al Bad Bunny que ya es una de las mayores estrellas mundiales de pop.

En estos temas suaves y sin aristas el reguetón adopta su aspecto más pop y accesible, empezando por Ojitos lindos y La canción, su meloso dueto de 2019 con J. Balvin que aún es uno de los temas más populares de toda su carrera. A esta melancólica historia de desamor (la trompeta en directo y el estribillo en modo karaoke masivo) sigue otra pieza sobre un corazón roto, Kloufrens, en la que el arpegio de sintetizador es aún más protagonista que en la grabación original.

Estas tres piezas blanditas dan paso a dos clasicazos de fiesta universitaria. La referencial Dákiti es de nuevo una mezcla de reguetón pero no con pop, sino con electrónica de club elegante. El resultado en el público es instantáneo: son bailadas y coreadas de principio a fin como himnos generacionales que explotan en dos de los coros más pegadizos y clásicos de su repertorio. La misma comunión se desborda en Yonaguni.

El gran final del concierto es una carta de amor a Puerto Rico que empieza con el ritmo de bomba de El apagón, una canción contagiosa de Un verano sin ti que presagiaba la reivindicación patriótica de Debí tirar más fotos. Cuando la música tradicional del primer minuto de la canción se arrebata en un tremendo 'banger' de 'house', el estadio entero se transforma en un discotecón que rompe a saltar. El espectáculo vuelve a estar en la pista y en la grada, donde 50.000 personas son inmensamente felices. Es una visión maravillosa.

El concierto acaba donde empezó, con la exaltación de Puerto Rico de Debí tirar más fotos. Todo lo que representa el disco, la identidad, la dignidad popular, la nostalgia y el sentimiento de injusticia por la situación de la isla, todo ello está en DtMF. Y, aunque comienza melancólica, está plasmado con alegría y estalla en una celebración colectiva del amor y el cariño, y así es también como se vive en esta noche madrileña: su memorable estribillo es coreado como si fuera el salvoconducto a una felicidad absoluta. El tiempo sigue sin existir.

La decisión de Bad Bunny de no terminar el concierto con esta canción, sino con un zambombazo de reguetón sucio y callejero que celebra el perreo es una declaración de intenciones y, también, un acto consecuente. El reguetón ha sido rechazado durante muchos años como una música simplona y vulgar, ha sido despreciado por interpretaciones morales de la música con altas dosis de clasismo. Quizá por eso Bad Bunny no se despide con el hermoso sentimentalismo de DtMF, sino representando el sonido macarra de un reguetón sin coartadas reivindicativas, un ritmazo que se te mete por los intestinos y que es pura música de fiesta, lo que él no ha parado de encarnar y sublimar durante su carrera hasta que lo ha bailado hasta abajo el planeta entero.

La canción es Eoo y su electrónica turbulenta y sincopada es acompañada en las pantallas por un mensaje gigante que parpadea en la retina: "Perreo". Fuegos artificiales, columnas de fuego y miles de luces de discoteca animan el locurón masivo que se desencadena. Si alguien no está bailando que vaya mañana al hospital.

Bad Bunny se despide mientras estallan los fuegos artificiales y en los altavoces permanece repetido en bucle un ritmo clásico de reguetón. Quizá sea un consuelo para toda esta gente saber que, después de todo, no eran tan idiotas por cantar y bailar reguetón.