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Las 86 víctimas inocentes (y olvidadas durante 90 años) a...
Eduardo Colom PalmaPalma · 2026-06-01 · via Portada // elmundo

Era una mañana de lunes, 24 de mayo de 1937. Juan Negrín acababa de ser nombrado presidente del Gobierno de la Segunda República mientras la Guerra Civil sajaba España por la mitad.

En el centro de Palma, ciudad bajo control del bando franquista, el vecindario se desperezaba. Mallorca llevaba meses sin sufrir ataques aéreos y vivía una tensa calma, cierta esperanza de que el infierno se enfriaba sobre sus cabezas.

Era un espejismo: a esa misma hora, sin que nadie lo detectara, un escuadrón letal enviado por la República sobrevolaba a baja altura la bahía palmesana. En total, once aviones de combate fabricados en Rusia y Francia, modelos Tupolev SB-2 y Potez; sigilosos, preñados de bombas, algunas de más de 100 kilos.

Primero volaron a gran altura desde la costa catalana y después, para eludir la telaraña local de vigías, entraron en vuelo rasante por el mar, con el objetivo militar de bombardear la base naval de Porto Pi y dos buques franquistas amarrados en su rada: el Canarias y el Baleares.

En ese momento, en el segundo piso del número 49 de la calle Velázquez, la familia Terrasa Lloret empezaba el día absolutamente ajena a la amenaza. Era gente anónima, modesta, palmesanos normales y corrientes. El padre, Arnau, era barbero y trabajaba en una barbería de la plaza del Banc de s'Oli. Estaba casado con María, de 36 años. Tenían dos hijas de 7 años y un año de edad: las pequeñas María y Josefa.

Cuando los aviones republicanos fueron avistados, las alarmas antiaéreas empezaron a sonar. La población debía bajar urgentemente a los refugios, aunque para algunos sería demasiado tarde.

La incursión aérea se había descontrolado: pilotos fascistas italianos habían elevado el vuelo desde la base aérea de Son Sant Joan para neutralizar a los aviones republicanos y éstos, al huir, descargaron indiscriminadamente su carga flamígera y asesina sobre la ciudad, lejos de los cuarteles.

Uno de los proyectiles alcanzó la calle de la familia Terrasa. Minutos antes, el barbero había escuchado la alarma y todos se estaban vistiendo para salir. El padre se enredó atándose los zapatos y apremió a la mujer y a las niñas para que bajaran a la calle y se refugiaran cuanto antes. Pero cuando las tres salieron a la escalera, todo se derrumbó. El edificio colapsó y murieron al instante. Madre e hijas, incluida la pequeña.

El marido sobrevivió pero quedó atrapado en el horror, herido psicológicamente para toda la vida. «Nunca volvió a ser el mismo, tenía tendencia depresiva», recuerdan hoy los descendientes de aquel hombre aficionado al fútbol, seguidor del Atlético Baleares y del FC Barcelona, que vivió hasta 1992 y nunca dejó de trabajar en su barbería ni de visitar la tumba de su familia asesinada, haciéndolo incluso en secreto tras volverse a casar años más tarde.

La historia de estas tres víctimas es sólo una más de las de decenas de civiles muertos que dejaron en Mallorca los bombardeos perpetrados por la aviación republicana durante la Guerra Civil española (1936-1939).

Es un colectivo olvidado, marginado por el memorialismo oficialista y ampliamente desconocido hasta ahora, cuando el trabajo del historiador y periodista mallorquín Manuel Aguilera Povedano lo ha sacado a la luz tras una larga y minuciosa investigación, recogida y divulgada en un libro titulado Mallorca en llamas. Las víctimas del primer terror aéreo de la Guerra Civil (Editorial Sargantana).

LOS TESTIMONIOS

Era tan denso el polvo depositado sobre la memoria de aquellos mallorquines muertos por las bombas, que algunos de sus propios descendientes pensaban, fruto de esa nebulosa del olvido coral, que habían sido víctimas de bombardeos franquistas.

«Con mi abuelo nunca hablaba de la guerra; de hecho, yo siempre pensé que el bombardeo había sido de los nacionales, me enteré hace poco de que fueron los republicanos», le contó a Aguilera el nieto del barbero de la calle Velázquez, fruto de su segundo matrimonio.

Sólo en aquel día de finales de mayo, con Indalecio Prieto como ministro de Defensa Nacional republicano, hubo en Palma 20 muertos y 47 heridos.

Las hermanas Ferragut murieron en aquellos bombardeos.

Las hermanas Ferragut murieron en aquellos bombardeos.Archivo familia Bagur

Aguilera acaba de ganar el Premio Mallorca de ensayo, un galardón que otorga el Consell insular y que reconoce el trabajo que durante años, peregrinando de archivo en archivo, buceando en los registros civiles y entrevistando a 23 descendientes todavía vivos (una de las mujeres, centenaria, falleció días antes de la cita para la entrevista), ha realizado para reconstruir las circunstancias de la muerte de aquellas víctimas. Hombres, mujeres y niños (17 eran menores, 32 eran mujeres) cuya vida fue segada por las bombas de forma indiscriminada, víctimas civiles aleatorias de aquel «terror aéreo» que se desató, remarca el autor, como estrategia de guerra.

La isla fue bombardeada de forma sistemática y planificada desde el inicio de la contienda bélica. Diez meses antes de la icónica masacre de Gernika, las calles y plazas de muchas de sus localidades (especialmente Palma) ya habían ardido. «Mallorca estuvo en llamas antes que otros lugares más conocidos», explica Aguilera parafraseando el título de su libro, que ahora avanza Crónica.

Hasta ahora se conocían muchos de los cruentos episodios protagonizados por la aviación fascista, la temible y devastadora Aviación Legionaria. Suyo fue el atroz bombardeo de Artà, con 11 muertos, y el de Ibiza, con más de 40 bombas arrojadas desde el aire.

También existen libros y registros sobre las incursiones aéreas en Mallorca de la aviación republicana, como la obra de Massot Muntaner. Pero nunca antes se había reconstruido con detalle la historia humana de las 86 víctimas, identificándolas una a una, documentando su fallecimiento, retratando su perfil y las circunstancias de su muerte.

El historiador mallorquín, especialista en el estudio de la Guerra Civil —suyo fue el hallazgo de los planes secretos de Mussolini sobre la isla—, hilvana ahora uno por uno esos casos, presentándolos, dignificando su memoria y poniendo en contexto aquellas matanzas en un clima caótico de terror y sinrazón.

Esquela de la época de las hermanas Muñoz.

Esquela de la época de las hermanas Muñoz.Archivo familia Muñoz

De hecho, señala, muchas de aquellas víctimas de las bombas republicanas vivían «en barrios obreros» y pertenecían a clases humildes, trabajadoras, identificadas con los movimientos y «el voto de izquierdas». Murieron por el mero hecho de residir en una ciudad del bando franquista, sin que nadie todavía hoy haya restañado su memoria.

Entre los fallecidos hay incluso personas que estaban en ese momento siendo perseguidas por sus actividades sindicalistas. Es el caso de Joan Sampol, vicesecretario de un colectivo sindical tipográfico asociado a UGT, calificado como «socialista peligroso» por la policía de Palma, herido gravemente el 6 de agosto de 1936 en un bombardeo republicano sobre la Colònia de Sant Jordi, donde —cruel ironía— se había escondido para huir de la Policía. Fue herido y, al ser identificado, encarcelado. Acabó muriendo al no recuperarse de las heridas.

«Palma fue de las primeras ciudades de la historia con Córdoba, Oviedo y Zaragoza que sufrió ataques sistemáticos desde el aire contra su núcleo urbano para infundir terror al enemigo», sostiene Aguilera, que ha analizado también octavillas, comunicaciones y arengas militares de la época. En sentido estrictamente histórico, «es un hito, aquello fue un ensayo sobre lo que iba a ocurrir después en Madrid, Barcelona, Londres, Berlín o Tokio», indica en alusión a la terrible devastación aérea de la Segunda Guerra Mundial.

En apenas un mes, en los primeros compases de la Guerra, entre el 23 de julio y el 28 de agosto de 1936, Mallorca sufrió 46 ataques aéreos, más de uno al día. Hasta entonces la población civil pensaba que la guerra era cosa de soldados en el frente, e incluso salía a saludar a las aeronaves al escuchar el bordoneo de sus motores. «Ahora ya no era igual: niños, ancianos y mujeres eran también un objetivo», relata el investigador.

La primera víctima fue Sebastià Llompart, un albañil de 36 años natural de Inca, población del centro de Mallorca. Luego vinieron muchos más, como Tolo Pizá, de sólo 16 años, herrero de oficio. O la primera mujer muerta en la Guerra en Baleares, Margalida Planas, de 60 años.

Libro publicado por Manuel Aguilera, 'Mallorca en llamas'.

Libro publicado por Manuel Aguilera, 'Mallorca en llamas'.Editorial Sargantana

La investigación documenta la muerte de 32 mujeres, algunas de ellas emparentadas entre sí. Es el caso de las hermanas Ferragut Pradeny, jornaleras de Palma de 27 y 22 años de edad. Una era soltera, la otra tenía cuatro hijos de entre 9 meses y 7 años. Ambas murieron en uno de esos bombardeos republicanos por «shock traumático». El bebé fue rescatado con vida, enterrado entre los escombros. Otra hermana pequeña, de apenas 10 años de edad, desapareció para siempre. «Puede que muriera y nadie la registrara», deduce su familia.

Se bombardearon cuatro centros educativos en días laborables, entre ellos el emblemático Instituto Ramón Llull de Palma, y hubo sucesos que traumatizaron a sagas enteras, como el que sufrió el farmaceútico Antoni Bennàsar, sepultado junto al cuerpo inerte de su padre durante 24 horas. «Nunca lo superó», cuenta su descendencia.

«Aunque los principales objetivos eran militares —resume Aguilera— Palma sufrió bombardeos indiscriminados contra su población civil únicamente para crear terror y minar la moral». Es algo que «no sólo lo demuestran los lugares atacados y el tipo de víctimas», agrega, «sino que además lo reconoció el capitán republicano Alberto Bayo, que dijo que los ataques desmoralizarían y ablandarían la resistencia. También uno de los pilotos que atacó la ciudad y fue derribado y hecho prisionero, el checo Jan Ferak», el hombre que, tras ser liberado, advirtió a sus captores que provocaría tantas víctimas como pitillos le habían brindado en su cautiverio.

"SIN RENCOR"

Aquellas campañas provocaron sufrimiento entre la población civil y un baño de sangre que, según las tesis de diversos historiadores, contribuyó a acrecentar el odio hacia el enemigo y, a la postre, alimentó «una escalada de violencia difícil de detener», como escribió Patricio Hidalgo.

La gran mayoría de aquellas víctimas (a excepción de los 19 militares, guardias y falangistas) nunca recibieron una pensión ni fueron veneradas durante la Dictadura. Eran civiles, no catalogados como luchadores ni muertos por la causa.

Pese a todo, sus familiares vivos no expresan «sentimientos de rencor ni buscan culpables», explica el historiador Aguilera, aunque sí lamentan el abandono y olvido institucional y agradecerían un gesto para que el nombre de sus familiares no quedara borrado de la historia.

El Govern balear que actualmente gobierna el PP prepara este año un primer homenaje para conmemorar el 90 aniversario de aquellos letales bombardeos y sus 86 víctimas (97 contando los de la aviación fascista), hasta ahora ninguneadas.

El 29 de octubre de 2020, una iniciativa política impulsada por Ciudadanos propuso al Ayuntamiento de Palma que realizara acciones de reparación y dignificación de la memoria de aquellos muertos, pero la propuesta no prosperó: PSOE y los nacionalistas de Més votaron en contra, como reflejan las actas del pleno municipal de aquel día.