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Portada // elmundo

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El Mundo
Pedro Sim�n · 2026-04-30 · via Portada // elmundo

Cuando José Luis Castro comenzó a trabajar como juez de vigilancia penitenciaria en 1993, el preso Juan Carlos Martínez Bertoli ya había intentado varias fugas de película, ya había atracado decenas de bancos, ya se había disfrazado de mecánico (con un mono azul) o de doctor (con una bata blanca) para sacar su semiautomática y decir aquello de "esto es un atraco".

Cuando el primero empezaba a decidir sobre los permisos de los internos desde Valladolid, nuestro recluso ya se encontraba pergeñando su huida de la recién estrenada cárcel de Nalvacarnero.

Cuando el togado bregaba con biografías carcelarias quebradas por la violencia, la heroína y el sida, aquel preso que todavía no tenía delitos de sangre ignoraba que tres años más tarde mataría a un hombre.

Este encuentro equivale a juntar la cruz de una moneda con la cara de la misma. A un peluco rotísimo con una suerte de providencial relojero. A un hombre con un hombre.

José Luis Castro, casi 40 años en la judicatura, juez de vigilancia penitenciaria de la Audiencia Nacional desde 2004, quien se ocupa (o se ha ocupado) de las progresiones de grado y de las libertades condicionales de internos pata negra como Luis Bárcenas o Rodrigo Rato, de etarras como Anboto o Txeroki, de narcos como Oubiña o Sito Miñanco, de terroristas yihadistas.

Juan Carlos Martínez Bertoli, recluso de 71 años, quien se ha tirado 45 preso y terminó de pagar en 2023, quien atracó medio centenar de bancos, cuya banda a veces entraba a robar con una máscara de látex puesta en plan La casa de papel y le decía a los clientes que no se preocuparan, que no era lo que parecía, que estaban rodando una película.

Y aquí están los dos, charlando de Matar a un ruiseñor. O de si la Justicia es igual para todos. O del gran golpe en aquella sucursal. O de las fugas increíbles. O de la pena como consecuencia del delito, pero también como sentimiento de tristeza. Con el lector formando parte del público en una sala vacía en la que -a estas alturas- ya no hay nada que juzgar.

Para saber más

Santi Cobos, en Álava, con la prisión de Nanclares de la Oca al fondo.

Pregunta. ¿Cómo fueron sus infancias?

José Luis Castro. Yo me crie en Galicia y en Portugal. Fue una infancia feliz. Éramos dos hermanos. Empecé a trabajar a los ocho años, porque todos teníamos que arrimar el hombro. Mis padres tenían un restaurante y yo les ayudaba. Aquello me fortaleció en la vida.

Juan Carlos Martínez Bertoli. Nací en una familia de seis hermanos, en el barrio de Salamanca (Madrid). También fue una infancia feliz, como dice José Luis... Era el menor de los varones. Tuve más oportunidades, porque ellos empezaron a trabajar temprano y yo estaba estudiando. Mi padre era administrativo y mi madre, ama de casa. Hice hasta cuarto de bachiller y estuve en la Escuela de Maestría Industrial.

P. ¿Cómo se hizo usted juez, José Luis?

J. L. C. Llegué a ser juez un poco por azar. Porque lo que yo quería era ser arquitecto. De hecho, empecé la carrera de Arquitectura. Solo que al final cambié y comencé Derecho. A los dos años, ya tenía claro que quería ser juez.

P. Le pregunto lo mismo que al juez. ¿Cómo llegó a la delincuencia, Juan Carlos?

J. C. M. B. Con 16 años estudiaba Maestría Industrial y con 17 ya estaba preso en el reformatorio de la cárcel de Carabanchel. Me equivoqué de carrera, como quien dice... Nos mudamos al barrio de San Blas y allí comenzó todo. Me junté con pandillas. Era callejero y empecé con aventuras de robos pequeño, motos y cosas así, tonterías... Y una cosa lleva a la otra...

P. ¿Cuántos bancos llegó a atracar?

J. C. M. B. Pues no sé decirte... Bueno, como está todo prescrito, lo puedo decir: alrededor de 50 bancos. En grupo siempre.

P. ¿Cuántas veces intentó fugarse?

J. C. M. B. Siete. Y lo logré en dos ocasiones. La fuga más espectacular fue en la prisión de Santander. Salí corriendo por una valla, salté con otro compañero a la garita de la Guardia Civil y, de ahí, a la calle. Estábamos en aislamiento tres o cuatro por robar un banco. A nosotros nos sacaban del aislamiento cuando los demás estaban en la siesta. Todas las vallas eran pequeñas para nosotros. Lo planeamos bien. Me leí en libro de Instinto asesino, de Jacques Mesrine, famoso por sus fugas. Y él me dio la idea. Decía que el fallo humano existe siempre. Y tienes que aprovecharlo. Eso hicimos.

P. También mató a un hombre, Juan Carlos...

J. C. M. B. Sí. Tarde o temprano, cuando estás atracando con armas, puede suceder una cosa de estas. Robando un banco se lio un tiroteo y salió perjudicado un policía. Hubo heridos. A los pocos días me cogieron y a pagar.

"La Justicia no es igual para todos, está escrita igual, pero no es la misma"

José Luis de Castro, juez de vigilancia penitenciaria de la Audiencia Nacional

P. ¿Qué cambiarían de las cárceles?

J. L. C. Yo, como juez, creo que las condiciones de la cárcel son bastante buenas. Las viejas cárceles han cambiado mucho. Hoy están llenas de buenos profesionales, con calidad humana. Se ha avanzado en mejorar la vida de los presos, pero no en otras cuestiones. En este sentido, considero que hay demasiadas personas privadas de libertad. El índice de criminalidad en España está en 0,62 homicidios por cada 100.000 habitantes. Y creo que, a la luz de estas cifras, el sistema es demasiado duro. Rígido. Cada vez más.

J. C. M. B. Yo cambiaría la preparación del funcionariado. Están arraigados en el pasado. Su meta es doblegar al recluso. Lo he vivido: cosas en las que yo sé que tenía razón (porque he estudiado mucho el derecho penitenciario), te decían que no porque no. Eso me ha granjeado muchos problemas.

P. ¿Existe la reinserción?

J. C. M. B. La reinserción es una palabra inventada para que determinada gente tenga trabajo... Hay medios para reinsertarse (aquí estoy yo), pero tiene que partir de uno. Las juntas de tratamiento son bastante vagas en este sentido: trabajan con algoritmos y no pueden conocer a la población reclusa, porque para conocer a la población reclusa hay que tratarla. Y vas a un módulo de más de 100 personas y hay un solo psicólogo y un par de educadores. ¿Cómo vas a conocer así a la gente? ¿Cómo vas a conocer la evolución de una persona?

J. L. C. Hoy hay programas de tratamiento para lo que quieras, se ha avanzado muchísimo, se está haciendo mucha investigación... Pero tiene razón en una cosa: los técnicos son pocos para tanta población. En España hay 62.000 reclusos. Con un incremento del 5% con respecto al año anterior. Luego es verdad que se abusa del formulario, del protocolo. ¿Es justificable? No. ¿Es comprensible? Sí. Porque el sistema demanda tal cantidad de información...

P. Esta pregunta me la traslada una educadora social de una cárcel. ¿Por qué las personas con locura o discapacidad psicosocial deben seguir mandándose a prisión?

J. C. M. B. Desde que se cerraron los psiquiátricos, todos los loquitos han terminado en los patios de los módulos conflictivos y en aislamiento.

J. L. C. Es el mayor problema que tenemos ahora en las prisiones. En España, en una época de bonhomía económica, se intentaron cerrar los hospitales psiquiátricos penitenciarios e incorporar el sistema de salud a la red nacional. Lo que dice el papel es muy bonito, pero en la práctica lo que pasa es que muchas personas con problemas de salud mental están en las enfermerías sin una respuesta tratamental adecuada a su problema. Gente con problemas psiquiátricos, de autismo, de bipolaridad... Habría que valorar la peligrosidad de cada cual y manejar alternativas. Un enfermo mental tiene que sentirse arropado. La cárcel no es el modelo.

P. Otra pregunta de la misma trabajadora social. ¿Para qué sirve el primer grado, esto es, el aislamiento?

J. C. M. B. De los 45 años que he estado preso, cinco fueron en aislamiento. El aislamiento son 22 horas encerrado y dos horas de patio. En una celda de poco más de 10 metros cuadrados. Si sales con los demás, sales esposado y escoltado. Es gente que está mal de la cabeza, medicada con psicotrópicos. Así te puedes tirar muchísimos años. Hay quien se tira 20 años así... A mí no me sirvió para nada.

J. L. C. Esto debe de ser muy excepcional. Así lo dice en Europa la jurisprudencia de la Comisión de Derechos Humanos. No puedes mantener a una persona en primer grado toda la vida. Pero también digo que, en los últimos años, la administración penitenciaria aplica cada vez menos el primer grado.

A la izquierda, el ex recluso Martínez Bertoli. A la derecha, el juez José Luis Castro.

A la izquierda, el ex recluso Martínez Bertoli. A la derecha, el juez José Luis Castro.

"A veces decía en el atraco: que nadie se asuste, estamos rodando una película"

Juan Carlos Martínez Bertoli, ex presidiario

P. ¿Qué es lo más increíble que ha visto en prisión?

J. C. M. B. He visto muertos. He visto a internos llevándose a alguien en una manta y seguir dándole puñaladas. He visto atravesar con un machete un cuerpo de lado a lado. He visto pinchar un corazón... He visto muchos abusos, presos que pegan a funcionarios, tener movidas serias.

P. Usted, José Luis, tiene que dar seguimiento, conceder permisos, progresiones de grado, libertad condicional, terceros grados... a peces gordos. Políticos, contables, corruptos, narcos, terroristas... Si Bertoli hubiese atracado un banco en Francia, habría caído en sus manos, tal y como dicta la ley. Pregunto: ¿es igual la justicia para un etarra que para un atracador de bancos?

J. L. C. Yo quiero pensar que sí...

P. ¿Pero?

J. C. M. B. La justicia no es igual para todos. Está escrita igual, pero no es lo mismo. A unos se les dan unos privilegios y a otros, ninguno... Hay delitos que odio: la violación. Por mí, que no existieran. Pero quién soy yo para juzgar. ¿Yo qué sé por qué ha violado? A lo mejor es un enfermo.

P. ¿Cuál es el atraco más espectacular que recuerda?

J. C. M. B. Muchos. Procurábamos no hacer daño, ya ves. A gente que se ponía nerviosa le dábamos hasta agua... Yo he hecho muchos atracos sin sacar la pistola. Bastaba con decir: "Vengo a por el dinero", y nos lo daban. O decir: "Que nadie se asuste, que estamos rodando una película"... Por lo general, usábamos un revólver o una semiautomática, disfrazados casi siempre: con pelucas, bigote, barbas, caretas de látex... A veces llevábamos puesto un mono de mecánico (si había algún taller cercano) o batas de médico (si era un hospital lo más próximo)... En otras ocasiones, íbamos muy bien vestidos. A principios de los 80, se nos denominó como la banda de Los Elegantes... Recuerdo a una señora que, al decir que era un atraco, cogió el bolso y se lo aferró. "¿A qué viene, señora? ¿A ingresar dinero?". "Sí". "Pues no se preocupe que no se lo vamos a robar. Venga usted conmigo". Y al de la caja, antes de desvalijarles, decirle: "Ingrese lo primero el dinero de la señora"... Atracar bancos es como la ludopatía. Te engancha: te sale bien una vez y la segunda y la tercera, y acabas queriendo que te toque la cuarta y la quinta.

P. José Luis, usted lleva casos de menores también. ¿Es verdad que hay un rejuvenecimiento en la radicalización de los yihadistas?

J. L. C. Enorme. Estamos hablando de la franja de edad de 14 a 18 años. Hemos pasado de seis asuntos al año a 32 en el ejercicio pasado. Este año llevamos cinco en lo que va de 2026. Radicalización a través de las redes. La mayoría son españoles. Nada de pobres. Hay gente con muchísimo dinero. Observamos que hay una tendencia a bajar de los 14 años. Hablo de terrorismo yihadista, de sicariato: muchachos contratados por los países nórdicos, Países Bajos o Bélgica para venir a España a ajustar cuentas y matar... Os cuento una anécdota: uno de los niños que tuvimos era un chico sueco, hijo de suecos. Le ofrecen un dinero para matar. Hace un viaje pagado a Málaga. Le pagan también un patinete eléctrico. Su obsesión cuando es juzgado: que yo le mandara a Suecia, sí, vale, pero que no me olvidara de mandarle su patinete eléctrico.

"Un juez no es un ser de luz, pero decir que sus decisiones están afectadas por la política no lo veo"

José Luis de Castro, juez de vigilancia penitenciaria de la Audiencia Nacional

P. Una pregunta que me traslada un preso para usted, Juan Carlos. Un preso que intentó una fuga con usted en Valdemoro. ¿A cuánta gente ha ayudado a salir de la cárcel? Un poco como el solucionador Andy Dufresne (Tim Robbins) en 'Cadena perpetua'.

J. C. M. B. Hay mucha gente que me para y me pregunta que si no me acuerdo de cuando les ayudé para los papeles de esto o de lo otro dentro de la cárcel. Porque yo sí les he ayudado a hacer recursos, a enfocar, a coger una línea u otra... Y salían. Yo el Derecho penitenciario lo he enfocado siempre desde la perspectiva constitucional. In dubio pro reo. El derecho a la defensa, a la igualdad...

P. Otra pregunta del mismo preso, solo que para el juez. ¿Trabajaba con la misma libertad cuando ejercía en vigilancia penitenciaria en Castilla y León que en la Audiencia Nacional?

J. L. C. Sí. Lo bueno es que ya me he acostumbrado a que me den leches.

P. Dice que tiene la misma libertad. ¿Tiene la misma presión?

J. L. C. Es que no le hago mucho caso a la presión. Puede ser que haya más presión. ¿Que yo me sienta presionado? No. Yo he dado beneficios penitenciarios tanto a gente de la extrema derecha como de la extrema izquierda. Miembros de las Fuerzas de Seguridad, etarras, a todos... Claro, yo no le he dado beneficios penitenciarios a las monjitas de la caridad, porque no están en el centro penitenciario. Pero siempre trabajo con el principio de igualdad.

P. ¿Cuánto de politizada está la Justicia en España?

J. C. M. B. Demasiado. Con la Transición, se tenía que haber renovado el sistema judicial de este país. La gente mayor educa a los jóvenes. Y les influyen. Pasa lo mismo en el contexto carcelario: yo he visto a gente llegando a las prisiones para tratar de cambiar cosas y el sistema se los ha comido en poco tiempo. Lo mismo les ocurre a los jueces.

J. L. C. A lo mejor hay interferencias en lo que tiene que ver con las estructuras del poder, pero desde la perspectiva personal dudo mucho de que un juez lleve a las resoluciones la política. Un juez no es un ángel de luz. Traes una carga ideológica, de tu vida, de tu entorno, de tu experiencia... Pero de ahí a que tus decisiones estén afectadas por ello o por la política, no lo veo.

P. Tengo una pregunta de un juez compañero suyo, José Luis. ¿Es lo mismo hacer justicia que hacer lo justo?

J. L. C. No es lo mismo. Hacer justicia es aplicar fríamente lo que te dice la ley, ser un leguleyo, ser objetivo. Ser justo es intentar adaptar esa ley a la realidad de cada persona. Un ejemplo: una madre está encerrada en Aranjuez con su niño. ¿Qué dice la ley? Que la madre tiene que quedarse allí y que al niño hay que sacarlo fuera dado que tiene tres años. ¿Qué sería lo justo? Pues valorar las circunstancias de esa madre, analizar su caso y ver qué solución podemos darle dentro de las aplicaciones legales, cómo podemos hacer su vida más justa.

"Los tribunales son una pantomima"

Juan Carlos Martínez Bertoli, ex presidiario

P. Pregunta del mismo juez para usted, Juan Carlos, como hombre que estuvo preso. ¿Qué opina de esta frase de 'Matar a un ruiseñor'? "Hay una cosa en este país ante la cual todos los hombres son iguales, hay una institución humana que hace a un pobre igual que a un Rockefeller, a un estúpido igual que a un Einstein, a un ignorante igual que a un director de colegio. Y esa institución es un tribunal".

J. C. M. B. Eso no es así. Los tribunales de justicia son una pantomima.

P. Cuéntenme una historia carcelaria que les haya conmovido.

J. L. C. Teníamos una niña de 16 años en torno a la cual se había llevado a cabo una investigación. Ella se iba al territorio del ISIS en Siria. Llevaba a un montón de chicas para que formaran parte de ese mundo. Fue detenida. Se acordó un internamiento de dos años. Al principio su evolución era muy complicada. Había entrado porque tenía un novio en la cárcel de adultos que estaba penando por terrorismo yihadista. Empezamos a trabajar con ella. Venía a las revisiones sin tapar y muy pintada. Vinieron los atentados de la sala Bataclán. En su centro, por megafonía, se dijo que todos los que quisieran podían bajar al patio para un minuto de silencio. Esta niña me dijo: "Mire, juez, ¿aquí hay periodistas?". "No". "¿Pues a usted le importaría que yo bajara con usted a mostrar ese minuto de respeto?". En ese momento me emocioné. Es posible tirar de estos chicos.

P. Qué distinta es la mirada cuando el penado es uno de los tuyos, eh.

J. L. C. Me pasó con una compañera vuestra muy famosa, locutora en televisión y con un programa de radio, a mediados de los 90. La droga circulaba por las cárceles de una forma tremenda. Los internos salían de permiso y engañaban con la orina: traían muestras que no eran la suya. Una hecatombe. Todo eso provocaba delitos violentos... Bueno, pues con ese contexto de fondo, leo en una revista que acaban de sacar unos parches que se ponen en la piel y que te indican todos los resultados en tóxicos... Hice un escrito a Instituciones Penitenciarias para que no me la jugaran más los presos y se les colocaron aquellos parches... Pues bien, la locutora empezó en el programa de radio con que si yo era el padre de los presos, con que si quién era yo para hacer eso... Pasó muchísimo tiempo, yo estaba en la Audiencia Nacional, y esta señora viene a verme con una amiga: era la madre de un joven que había asesinado a una chica. Era un yonqui de libro. Me dijo: "Estos chicos son enfermos, lo que hay que hacer es un programa de tratamiento y no un enfoque punitivo"... Me llevó a una reflexión: cuando las cosas les pasan a los demás nos ponemos escamas, pero cuando le pasan a los nuestros entonces vemos la realidad de la vida y dejamos de estigmatizar.

P. Les propuse a otros jueces sentarse aquí y no quisieron. ¿Por qué cree que fue?

J. L.C. A mí es que me convenció Maite Cunchillos [jefa de prensa de la Audiencia Nacional].

P. Juan Carlos, confiese, ¿qué es lo más peligroso que hace ahora?

J. C. M. B. Cargar muebles... Bueno, eso y también montar en bici, que hay que tener mucho cuidado con ella.