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¿Por qué Regina Rodríguez Sirvent es el fenómeno de la li...
VICTÒRIA ROVIRA / ARABA PRESS · 2026-06-03 · via Portada // elmundo

Cuando se abre la puerta del ascensor en la quinta planta del Desastre aparece una Rita/Regina sin sombrero (aún), americana oversize y naúticos con plataforma. Entusiasmada, presenta a un chico con gorra y la típica barba de no afeitarse en unos días: «¡Es Edu! Un personaje de la novela». «¡El mejor! El más guapo y simpático», sonríe él, que se encarga de un Desastre que ya no lo es: un coworking modernísimo en pleno barrio de Gràcia, con el toque vintage que le dan los objetos rescatados del siglo XX. Pero cuando Regina Rodríguez Sirvent (Alp, 1983) llegó a este edificio a principios de 2014 estaba en un estado ruinoso, de ahí que sus primeros residentes -que prácticamente vivían ahí- lo llamaran El Desastre. «Éramos un poco como los niños perdidos de Peter Pan. A las tres o cuatro de la madrugada te podías encontrar a gente», recuerda Regina mientras sube a la azotea por unas escaleras que aún conservan ese aire desvencijado y cutre, como de oficinas de los años 70. «La de fiestas que nos montamos aquí... Ahora han puesto placas solares. Pero justo ahí fue donde Noah dio el concierto», cuenta de una escena del libro.

En este ya-no-Desastre, su alter ego literario Rita Racons conoció a una delirante troupe de amigos digna de una versión mediterránea de Friends: uno lleva las redes sociales del Papa, otra es una influencer en secreto, luego está el iluminado de la electrónica o la creyente del horóscopo, además de la encantadora Charlotte, una rica americana con isla privada -parece salida del resort de The White Lotus- a la que sus padres han desheredado para que se espabile por sí misma... Hay un capítulo en el que el grupo va a buscar un sofá al Born pero antes de llevárselo al coworking lo prueban en plena calle y, de paso, se toman unas birras frente a Santa Maria del Mar. «Parecemos un anuncio de la nueva temporada de Friends, con la diferencia que pisamos un suelo de más de 3.ooo años de historia», escribe Regina en Palomitas de madrugada (Suma), todo un fenómeno editorial en Cataluña que ya está cruzando fronteras.

La escritora en una terraza del Desastre con vistas a Gràcia y un bote de palomitas.

La escritora en una terraza del Desastre con vistas a Gràcia y un bote de palomitas.VICTÒRIA ROVIRA / ARABA PRESS

La versión original en catalán arrasó el día de Sant Jordi (las colas de firmas de Regina rivalizaban con las de los escritores best seller), lidera las listas de más vendidos desde que se publicó a finales de marzo y no hay ejemplares disponibles en las bibliotecas (están todos reservados durante semanas). Un éxito que va camino de superar el de su ópera prima, Bragas al sol (2022), que vendió más de 100.000 ejemplares en catalán -una cifra excepcional- y más de 15.000 en español, un hito para una autora novel. Ya tiene firmada una adaptación cinematográfica y traducciones a varias lenguas, del polaco al inglés. Aunque en Estados Unidos el título se acaba de publicar con un almibarado Singing to the Sun (Cantando al sol). «Dijeron que usar la palabra bragas era un suicidio literario», suspira.

En Las bragas... -así lo dice ella- una Rita/Regina recién licenciada en Psicología hace las maletas en plena crisis económica para marcharse a trabajar de au-pair a Estados Unidos, sin tener ni idea de inglés. El libro cuenta sus aventuras en Atlanta, dígase «Helena» con un acento muy cerrado, así p'adentro, para pronunciarlo como los americanos sureños. Esa es una de las claves de la escritura de Regina: lo vívido de sus adaptaciones lingüísticas, ya sea el delicioso andalú de su abuela, los equívocos lingüísticos con el inglés o su transcripción del japonés. Porque Palomitas... empieza como Lost in Translation: con Rita perdida en Tokio, trabajando como comercial de vinos del Priorat. Y cada vez que hablan los japoneses -a los que pone nombres como Señor Yakisoba- Rita oye: «Soy un gnomo /El más anciano del lugar /Uso hierbas que yo sé/Que pueden curar».

Tras cierta incredulidad inicial (¿esto va en serio?), a las 20 o 30 páginas el lector ya está riendo, algunos a carcajada limpia. Esa es la clave del éxito de Regina: que es divertidísima. «De la primera que me río es de mí misma, así que puedo permitirme ser irónica con los demás. Pero no es un humor cruel o que duela. Tiene una función narrativa», admite. Con cierta picaresca, se ríe de las contradicciones e hipocresías de hipsters, expats, culturetas, modernos, flipados de la música, niños de papá... Un poco como si estuviéramos leyendo una novela de Friends escrita por Phoebe pero supervisada por Monica, una mezcla de ese seny i rauxa catalán. Eso sí, Regina es pura rauxa, tan pasional como su Rita de ficción.

«¡Quería pasármelo bien! El viaje de este libro fue encontrar mi voz o, más bien, aceptar la que ya tenía. Eso significa aceptar que escribo con humor y que puedo hacer una novela como Dios manda: que sea divertida no significa que sea superficial», justifica. Porque parece que tenga que justificarse por hacernos reír con la literatura. Aristóteles ya advertía que la comedia «no es un género menor», como recuerda Apo, el griego culto del coworking que a cada rato aparece para reivindicar la raíz griega de todo... Apo es como Edu: real.

El caso es que Regina tiene algo de ese humor tan patrio del Lazarillo y describe situaciones contemporáneamente quijotescas: de repente puede entrar un tipo con un cabra llamada Rosalía; de la despedida de soltera mejor no hacer spoiler... Y es fan de Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza. «En Sant Jordi coincidí con él y le pedí que me lo firmara», cuenta, mientras se le ilumina la cara como la adolescente que lo leyó.

La escritora en el 'terrat' de Gràcia, con sus palomitas.

La escritora en el 'terrat' de Gràcia, con sus palomitas.VICTÒRIA ROVIRA / ARABA PRESS

En la azotea del Desastre la mañana es gris y amenazantes nubes de lluvia cubren la montaña del Tibidabo. En el Tetris de tejados, balcones y patios interiores de Gràcia, una mujer recoge la ropa tendida. «Siempre seré una chica de pueblo [creció en la Cerdanya, corriendo por los campos y la montaña]. Barcelona es una ciudad pero cuando subes a un terrat se convierte en un pueblo. Representan la épica cotidiana. El ritmo se ralentiza, hay ropa tendida, plantas y jardines... una poética muy particular», dice Regina mirando hacia esa otra ciudad-pueblo que se depliega en las alturas.

Los terrats ya fascinaron al joven Picasso, que los pintó en cartones, pequeños óleos y cuadernos, casi un subgénero dentro de su obra. Ya anciano, el artista los donó a la ciudad cuando se impulsó el Museu Picasso en los 70 (que también aparece en la novela). Echando mano de su formación en Psicología Social, la escritora prácticamente psicoanaliza el significado humano del terrat: «Es un espacio de intimidad expuesta. Estás en tu casa pero todo el mundo te ve, es una extensión del hogar que a la vez es pública. Representa una frontera entre lo íntimo y la exposición. Allí se puede hablar, leer, pensar, esconderse o saltar de un edificio a otro...».

Más allá de la licencia a lo Spiderman de saltar de tejado en tejado, Palomitas de madrugada dibuja un fresco costumbrista con los referentes más pop. Un ejemplo: He-Man y Skeletor -sí, los de Masters del Universo- despiden a Rita del trabajo sin contemplaciones (en realidad son dos tipos trajeados que le recuerdan a los míticos dibujos de los 80). En el momento más improbable, la escritora puede colar el impuesto de sucesiones en Cataluña como motor de la trama o un cameo del chef Joan Roca que es pura metaliteratura: el Roca de carne y hueso ya le ha presentado sus dos libros en Girona. Porque Regina es así: se puede plantar con toda su simpatía delante del chef del Celler de Can Roca y pedirle que lea el manuscrito de 600 páginas de su primera novela, en la que aparece el restaurante... «No solo me dijo que sí, sino que la presentó en la librería Calmot ¡y hasta trajo churros del Celler!», cuenta.

Cuando el boca a oreja empezó a popularizar Bragas al sol, un amigo periodista le dio un consejo para la exposición mediática: «Piensa qué personaje quieres ser». La escritora lo recuerda con una mueca, porque para eso ya está su Rita... «La frase me provocó ansiedad. Porque yo soy así, no quiero construirme una fachada», se reafirma. ¿Y lo de llevar sombrero siempre, como David Uclés con la boina? «Mi padre solía llevar sombrero. Te protege del sol... Y lo adopté como costumbre. No es ninguna pose, también me lo pongo cuando voy de excursión con mis hijos [tiene dos niños]», responde.

«Fui a la orilla del río y vi que estabas muy sola...».

Así es su novela: de repente, porque sí, suena Estopa. La banda sonora es tan ecléctica como su autora: de Manel a Ketama, de Radiohead a Savage Garden, del techno estilo Berghain al Gegant del pi (la canción infantil que todo niño catalán sabe). «Creo que es una historia muy universal y que cualquiera se puede sentir identificado con los problemas de Rita. Por eso también está gustando en Brasil o Polonia», apunta Regina.

Palomitas de madrugada es una novela sobre la amistad. Y sobre su abuela. La iaia siempre está, aunque muriera hace unos años. «Era una mujer extraordinaria, con una fuerza inconmensurable. No pudo permitirse ningún sueño. Su generación tan solo podía sobrevivir. Vengo de una familia muy pobre, que pasó mucha hambre y frío. Mi abuela tenía que fregar las iglesias para que mi padre pudiera estar internado. Ella quería ser cantaora... Y yo, que soy una privilegiada, he podido cumplir mis sueños», confiesa Regina, que ya está soñando con la tercera aventura de su luminosa y divertidísima Rita Racons.