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Portada // elmundo

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De Maite a Tes, una historia de discapacidad y sexo: "Me ...
ANTONIO HEREDIA · 2026-05-04 · via Portada // elmundo

Lo lógico es que un ictus te cambie la vida, y en parte también la de la familia. Lo lógico, habiendo tenido tres ictus en pocos años, y de secuela la discapacidad -silla de ruedas, falta de visión, poca movilidad en un brazo- es que tu vida de un giro copernicano en el que cueste sentirse quien una era. Pero ése no es el caso de Maite, una mujer madrileña de 48 años. «Yo me siento más plena y más empoderada tras la discapacidad, también en el terreno de la sexualidad».

¿Cómo sucede esto? «Yo estaba en un molde, era un molde abierto, pero un molde, y la discapacidad lo que hizo fue encapsularme en él por completo. Lo que yo he hecho es romperlo del todo, del todo del todo. Ya no quiero estar en ningún molde más». Se refiere a que, cuando no tenía ninguna discapacidad, era alguien que «trataba de esconder su sexualidad, su sensualidad y hasta su cuerpo». Inmersa como estaba en esa idea de mujer que ella llama «molde» y que responde a la idea tradicional de fémina. Aquella que, si muestra, es más bien suelta. La que, recatada, tiene, presuntamente, nulo deseo sexual. Sólo que ahora Maite es otra, usa una silla de ruedas, ya no puede trabajar, se separó de su marido y, en busca de relaciones significativas, «más mentales que de cuerpo», se hizo miembro de JOYClub, una comunidad de «sexo positivo», explican en su web, en la que poder hacerse un perfil online, sí, pero también asistir a variados encuentros presenciales, desde talleres y charlas hasta fiestas en locales swinger.

Lugares que, antes, Maite no conocía. Se puso un seudónimo, Tes, y comenzó por entrar en un grupo que escribía y compartía sus relatos eróticos, «llegando a tener relaciones importantes con algunos hombres, a veces sólo mentales, o virtuales, y otras veces no». Tes ni es recatada ni se agobia porque puedan verla como una mujer con interés por el sexo. Ahora declara su deseo, su derecho a ello, y también que «cuando uno está en una silla de ruedas se le tiende a infantilizar en relación al sexo». «Como si yo por lo que me ha pasado tuviera que pasar ya el resto de mi vida sin sentirlo».

Lo que le pasó fue serio: «Tenía un cavernoma en el cerebro, es como si las venas formaran un ovillo que, al explotar, puede generar ictus. Yo tuve tres, al principio no necesitaba silla de ruedas, hasta que finalmente, en 2013, me opero para que extirpen ese cavernoma y así no tener el riesgo de sufrir más ictus». Lo relata desde su propia casa, donde invita a este periódico a pasar la mañana. Nada más llegar, ofrece algo para tomar en su enorme terraza. En Madrid comienza a hacer calor y viene de nadar. «Voy dos o tres días por semana, me hago 40 o 50 largos. Siempre he sido deportista, ahora sólo nado». Se le olvida decir que, además de nadar, se ha ido convirtiendo en una mujer más resuelta en lo sexual y con la fuerza suficiente para hacer activismo.

«La discapacidad no te deja entrar en el mundo», dice ella para explicar su ángulo, pero rápidamente matiza: «En el mundo físico. Y yo lo que tengo es mucho mundo online, mi liberación mental ha sido online. Al mundo físico me cuesta llegar porque hay muchas limitaciones de accesibilidad. Muchísimas».

Pero celebra que exista otra Maite, en silla, nueva, distinta. «Antes sentía que me sexualizaban, yo era joven y tapaba mi sexualidad. Ahora que soy una persona con discapacidad siento que me asexualizan, y en cambio yo ahora me muestro». Una suerte de liberación personal que nace tras el cavernoma, los ictus, la operación, las secuelas... Y que la convierte en Tes, librepensadora, nadadora y miembro de un club sexual liberal. De entre todas sus luchas destaca una: analizar por qué los hombres aún repiten patrones afectivos en los que brilla por su ausencia la empatía.

«Han aprendido que no hay que cuidar. Y que siempre tiene que haber un rol de poder, el suyo», denuncia. Aunque está más centrada en su propia liberación: «Antes mi sexualidad no existía, pero no sólo ha cambiado mi mentalidad, ha cambiado el mundo. Y eso en mi vida ha coincidido con mi separación y con mi discapacidad». Inclusivo o integrador, como se quiera, el JoyClub es el lugar donde se encuentra a gusto, en su versión analógica o digital. Aunque en las fiestas o encuentros a veces se topa con limitaciones de accesibilidad. «Todo el mundo te quiere ayudar, igual te dicen 'hay un escalón pequeñito pero no te preocupes...', pero no me siento cómoda si no puedo ir donde quiera, por así decirlo. Mi primera vez fui a una charla sobre feminismo de una mujer swinger", recuerda.

«Son sitios en los que la mujer, digamos, manda. Un local swinger es un pequeño matriarcado, sitios de sexualidad libre donde la gente va desnuda, todo sucede a la vista de todo el mundo y, en principio, todo es adaptado pero, luego, encuentras que no puedes ir al vestuario porque con la silla no entras».

«Con la discapacidad siempre hay algo que te echa hacia atrás», reflexiona, «pero en el mundo entero».

-¿Y tú en esos eventos has tenido relaciones sexuales?-, le preguntamos

-Sí, alguna vez-, responde ella

-¿Y cómo te has sentido?

-La primera vez me sentí un poco... Tuve la sensación de que usan tu cuerpo. Pero es por lo que te he explicado: yo busco conectar más allá del cuerpo. Igual es un poco místico pero me he cansado de la heteronormatividad, la norma de la familia nuclear de hombre, mujer y niños. Lo que quiero es vincularme con la gente. Con mi ex pareja tengo ahora un vínculo mucho más fuerte y no tenemos sexo pero compartimos dos casas.

-¿A qué te refieres cuando dices vincularte?

-A que no haya necesidad de que la idea de pareja vaya unida al sexo, que puede ser, pero también puede ir el sexo por un lado y lo romántico por otro.

Con su ex, Maite comparte dos casas, una en Málaga, otra en Madrid y tres gatos. En el barrio de Embajadores, en pleno centro de la capital, donde vive, están también su madre y sus hermanas. A Maite le chirrían las etiquetas, o más bien la idea de que por ser alguien (madre, por ejemplo) tenga uno que responder a determinados criterios tradicionales. «Busco borrar etiquetas», resume ella. «Y que no me roben el sexo por tener discapacidad. Porque sucede, yo tuve una hospitalización tras haber tenido sexo con mi pareja, y además buscábamos tener hijos, y le dije a la doctora que quería una prueba de embarazo. Ella me miró cómo diciéndome '¿pero tú has tenido sexo?'. Una mujer casada de 33 años escuchando de una doctora 'para eso hay que tener penetración'. Es decir, la visión es que no tengamos sexo».

Y de otro centro donde estuvo ingresada guarda otra frase memorable. Escuchó: «Aquí aprenderás a ser autónoma». «No me reconocía en su idea de persona con discapacidad, yo tenía mi casa, mi pareja, mi entorno, era joven y vital, me había recuperado de los ictus, déjame intentar seguir con mi vida, ¿no? También me dijeron que no volvería a nadar», rememora.

A modo de despedida, le preguntamos si quiere decir algo más. Sopesa un segundo, mira a la mesa que tiene delante, unos vasos, una botella de agua, y dice: «Que me lleves la bandeja a la cocina, por favor».