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El Mundo
Luis Mart�nez · 2026-06-26 · via Portada // elmundo

El carisma y gracia de Milly Alcock no pueden contra una película fea, oscura, cargante y tan esforzadamente simpática y bondadosa que da sudores

Milly Alcock en un momento de Supergirl.

Milly Alcock en un momento de Supergirl.

Actualizado

Ser superhéroe con superpoderes, supergracia y superchistes no te libra de supersufrir. Ellos están ahí dándolo todo por putodefender el universo, pero tienen sus traumas, sus neurosis y sus hipotecas a interés variable. Grave error. En realidad, y como metáfora de la arrogancia paternalista, el planteamiento es brillante. Es un poco la misma actitud del maltratador que se arranca con un "más me duele a mí" en pleno furor. O el de la potencia colonizadora que culpa al precio de los aranceles de la brutalidad de sus modos explotadores. No les entendemos, ellos venga a generar riqueza y nosotros quejándonos. Supergirl, digamos, está ahí. La mujer recupera para el género, si es que alguna vez dejo de ser así, el argumento de lo doloroso (eso sin tener en cuenta la carga de responsabilidad) que puede resultar disponer de todos los privilegios imaginables, consciente como es de que solo con la indefensión o fragilidad se hacen amigos. Pero en vedad, lo único que tiene que ofrecer es la misma ensalada de hostias (con perdón) de todos los días a la hora de comer.

Craig Gillespie, en verdad, cumple con su cometido. La idea de la película no es otra que insistir en los modos alegremente gamberros y desprejuiciadamente tontorrones que trajera a la marca James Gunn en su particular revisión del mito el año pasado. La mujer de acero, que ya hiciera su aparición en la película de su primo, vive en una galaxia demasiado lejana incapaz de digerir el trauma (siempre hay uno) de ver cómo su planeta saltaba por los aires con sus padres dentro. Téngase en cuenta que, si su familiar fue criado en Kansas por unos padres adorables y muy americanos, ella ha crecido sola entre todo tipo de criaturas raras extraterrestres y, lo peor, no-americanas. Ahí hay otra metáfora. De borrachera en borrachera y acompañada de su perro, ella vive libre pero encadenada a sus pesares y siempre a la espera de un motivo que dé sentido a su vida, a su legado, a su condición de, en efecto, Supergirl. Tranquilos, no tardará en aparecer un villano cruel y exageradamente machista (eso es así) dispuesto a devolver las cosas a su sitio y putodefender la franquicia, que es de lo que se trata.

La estrategia de Gillespie consiste básicamente en ofrecer lo contrario. Toda la luminosidad ingenua del personaje ortodoxo es transformada en simple, llana y exagerada oscuridad. La ironía ahora es cinismo y los zumos de fresa, vodka sin mezclar. La idea es jugar a los contrastes acercando a la protagonista a un Mad Max de palo poblado de criaturas retorcidas, aviesas y babeantes compradas en los saldos de Star Wars y Warcraft. Eso sí, sin perder el sentido del humor. El problema es que la intención es tan evidente que, cumplida la protocolaria presentación, la película apenas ofrece nada más que la ritual transformación del personaje de la mano de una sucesión casi interminable de escenas de acción tan poco sorprendentes como chuscas. Y todo ello salpimentado con flashbacks de una gravedad impostada esencialmente triste. Sobre la lectura feminista, que se aplaude, solo decir que se encuentra tan subrayada que acaba por resultar, como poco, sospechosa. Eso o tan falsa como el lamento del explotador del principio. Nos pongamos como nos pongamos, Supergirl es una película fea y es una película cargante. Pero no todo es naufragio. La protagonista, Milly Alcock, demuestra en todo momento estar muy por encima de su mucho furor autodestructivo y el perro desastre sigue siendo muy simpático en cada uno de sus desastres. ¿Alguien puede parar ya esto?

Dirección: Craig Gillespie. Intérpretes: Milly Alcock, Matthias Schoenaerts, Eve Ridley, Jason Momoa. Duración: 110 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.