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Después de una semana sin bragas... el día que me puse la...
MARÍA BELLMONTE · 2026-06-12 · via Portada // elmundo

Igual que hay chistes que te hacen reír cada vez que los recuerdas (mi favorito, una especie de placer culpable, es el del pene que se levanta por la mañana, va al armario, lo abre de par en par y se pregunta: "¿Y qué cojones me pongo yo hoy?", perdón por la ordinariez), hay recuerdos que te abochornan y juraría que hasta te enrojecen cuando los traes de vuelta al consciente. Entre mis más temidos se encuentran algunas anécdotas relacionadas con la ropa interior, como las que ya confesé hace unos años en mi relato de una semana sin bragas y una semana sin sujetador, en este medio de comunicación tan comprensivo con mis accidentes lenceros. Pero si despojarse de bragas y sostenes te puede traer algún disgusto, puedo asegurar y aseguro que llevarlos puestos no te libra en lo más mínimo del riesgo de protagonizar una tragicomedia.

Por ejemplo, ¿quién no ha perdido alguna vez unas bragas y después de buscarlas infructuosamente por todas partes ha salido a una calle lluviosa, ha abierto el paraguas y al final del trayecto ha descubierto que llevaba el tanga colgado de la punta de una varilla todo el rato...? Pues eso. Otras veces, por el contrario, las bragas desaparecen para no regresar jamás. Toda mujer conoce la teoría de que las lavadoras se alimentan de calcetines. Lo que se comenta menos es que, una vez satisfecho el apetito por ellos, las lavadoras evolucionan hacia presas mayores.

A falta de una encuesta en condiciones (¿cómo es posible, si hoy se hace encuestas sobre cualquier chorrada?), hago mi propio sondeo entre siete amigas íntimas entre los 38 y los 55 años. De ellas, siete afirman haber perdido al menos un par de bragas en circunstancias nunca aclaradas. La muestra carece de validez científica, pero presenta una tasa de desaparición del 100%.

En su libro Premier Matin (La primera mañana), el sociólogo francés Jean-Claude Kaufmann escribió a principios de los 2000 que en nuestros tiempos, el amor, de nacer, lo hace tras la primera noche de cama. Es entonces cuando tiene lugar la prueba de fuego que confirma o desestima si aquel ídem era algo más que un fugaz ardor. Entonces, explicaba Kaufmann, algo tan aparentemente irrelevante como que los calzoncillos de él fueran de Carrefour (con todos nuestros respetos por Carrefour) podía dinamitar cualquier posibilidad de una relación futura. Y es que, si la imagen del otro no contribuye a embellecer la que tenemos de nosotros mismos..., ay, apaga y vámonos.

Los hombres que miraban las bragas

Bueno, pues lo mismo pasa con las bragas. Porque por mucho que a menudo se piense que los hombres no se fijan en esas cosas, los datos señalan en sentido contrario. Una encuesta citada por Glamour en 2015 encontró que el 86% de los hombres afirmaba que la ropa interior influye en lo atractiva que les parece una mujer. Además, la mayoría decía fijarse en... ¡si sujetador y bragas iban a juego! (¿a que esto no os lo esperábais?). Otro sondeo difundido por el sitio web especializado en moda Who What Wear en 2019 señalaba que los hombres encuestados preferían, en primer lugar, los sostenes push-up y los tangas, seguidos por los bralettes de encaje y las braguitas tipo cheeky (casi brasileñas, dijéramos).

Pero más allá de si para un hombre es una desilusión o no que, al quitarte la ropa antes de una sesión de sexo, tu sostén y tus bragas no vayan a juego, lo que al final resulta clave es cómo te sientes tú, portadora de ese sostén y esas bragas, cuando deben quedar al descubierto. De hecho, hay una línea de investigación académica bastante interesante que sugiere que la lencería funciona como una especie de señal dentro de la relación. Un estudio de 2020 titulado Women's use of intimate apparel as subtle sexual signals in committed, heterosexual relationships, reveló que muchas mujeres usan lencería no sólo para gustar a su pareja sino para sentirse más deseables, más seguras y más predispuestas al encuentro sexual.

Y ahora, imagina lo deseable, segura y predispuesta al encuentro sexual que te sientes cuando de repente caes en la cuenta de que lo que llevas son unas bragas tipo tu abuela, enormes, viejas, dadas de sí, de algodón desteñido, incluso descosidas en algún punto, y estás a un tris de desnudarte.

-¿Te importa que apague la luz?

Y eso si es de noche.

-¿Te importa si bajo la persiana?

En 2026.

Como no eres capaz de decidir qué te da más vergüenza, si hacer esas preguntas o enseñar las bragas, intentas huir de la situación de las formas más exóticas. Puede ser escondiéndote detrás del galán de noche, ejecutando la maniobra clásica de meterte en la cama a una velocidad incompatible con las leyes de la física o fingiendo un repentino interés por la decoración del dormitorio.

-Qué bonita lámpara.

Porque si tú no miras las bragas, quizá nadie las vea.

Incluso puede ser, como lo fue concretamente en mi caso, una mezcla de las tres estrategias anteriores. Funcionó razonablemente bien hasta el día siguiente. Porque, claro, con los nervios, y una vez desaparecida la amenaza, una se olvida de que la desmaterialización de bragas molestas no es una tecnología que se haya logrado desarrollar hasta el momento. Y más (algo que yo, que he leído a Kaufmann debería haberme sabido de memoria): que el gran problema de las bragas no suele ser la noche. Sino la mañana.

A la mañana siguiente me levanté antes que él y emprendí una discreta operación de rescate. Localicé enseguida mis bragas sobre una silla, perfectamente visibles. Me abalancé sobre ellas con la rapidez de quien intenta impedir un desastre diplomático.

Entonces él abrió un ojo.

Miró las bragas.

Me miró a mí.

Y dijo:

-Ah. Menos mal.

-¿Menos mal qué?

-Que eran tuyas. Anoche las vi y pensé que había alguien más aquí.

Evidentemente nuestra historia de amor recién bocetada se rompió en mil pedacitos en aquel preciso instante. Adiós, encantamiento, un placer conocerte. Ha sido breve, intenso y amargo. Eso sí, escarmenté. Desde entonces llevo SIEMPRE bragas de blonda, da igual que llueva o nieve, que nunca se sabe. O no llevo bragas, como el 7% de las estadounidenses, que según una encuesta realizada por YouGov en 2023 (entre más de 34.000 mujeres), es el porcentaje de las que "always go commanndo", que es como se llama allí a las que nunca usan nunca ropa interior. Pues eso. De maniobras, pero sin bragas.