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Portada // elmundo

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Jane Smiley, la gran cronista del último siglo en EEUU: "...
Andrés Seoane · 2026-06-01 · via Portada // elmundo

Desde hace décadas, la literatura de la académica y Premio Pulitzer Jane Smiley (Los Ángeles, 1949) ha ido levantando una cartografía íntima de Estados Unidos en la que la Historia no comparece como un gran relato abstracto, sino como algo que les ocurre a las personas mientras intentan vivir, criar hijos, enamorarse, ganar dinero o simplemente comprender qué demonios está cambiando a su alrededor. Por eso, su monumental Trilogía de los cien años -Un poco de suerte, Una advertencia y La edad dorada, que ahora publica Sexto Piso- termina funcionando no sólo como una saga familiar que empieza en una granja de Iowa, sino como una de las grandes novelas sobre la transformación moral, económica y sentimental de su país durante el siglo XX.

En este sentido, resulta significativo que Smiley jamás haya querido explicar América desde Washington, Nueva York o Silicon Valley, sino desde el Medio Oeste profundo, un territorio que buena parte de la cultura contemporánea observa como una periferia casi invisible y que, sin embargo, en sus libros se convierte en el verdadero corazón emocional de la nación. «Cualquier país debe ser una experiencia humana antes que una idea política», sostiene con firmeza la escritora, que habla despacio, con esa mezcla tan estadounidense de pragmatismo y curiosidad intelectual. En el fondo, toda la literatura de Smiley parece nacer de un sólo lugar: «La fascinación por cómo las personas toman decisiones y luego terminan viviendo dentro de sus consecuencias», reflexiona.

Mientras conversa, la escritora vuelve constantemente a su propia familia, a las historias que escuchaba de niña, a la memoria oral de sus abuelos y de su madre, como si todo novelista fuera en realidad alguien que aprende a escuchar antes que a escribir. De hecho, esta trilogía nació de ese impulso autobiográfico, aunque Smiley se resista siempre a convertir sus novelas en confesiones personales. «Cuando pensé en hacer esto, la familia que me vino a la mente como modelo fue la de mi madre», recuerda. «Ella nació en 1921 y se llamaba Frances, por eso pensé que quería empezar alrededor de 1920 y al primer hijo lo llaman Frank».

Ese Frank Langdon que abandona el horizonte agrícola familiar para entregarse al capitalismo financiero estadounidense acaba convirtiéndose en uno de los grandes vehículos narrativos de la saga y ejemplifica una clave de los libros: la distancia entre las vidas soñadas y las vidas verdaderamente vividas, entre las expectativas individuales y el modo imprevisible en que el tiempo las va deformando. «Mi único plan era aprender a entender a cada generación desde que nace y luego ver cómo entienden ellos lo que sucede en Estados Unidos», resume. «No quería que todo girara únicamente alrededor del éxito de Frank o algo así, sino que el libro tratara sobre cómo era vivir durante ese siglo. Qué implicaba crecer allí, marcharse, tener hijos. Todo el mundo me parecía interesante».

Ahí está probablemente la clave más profunda de la obra de Smiley, observar cómo la Historia se deposita lentamente sobre las vidas privadas. Por eso en La edad dorada, que abarca de los 80 al 2018 conviven Reagan, Wall Street, el sida, las guerras culturales, el capitalismo financiero y los escándalos de los 90 sin que ninguno de esos acontecimientos aparezca nunca como simple contexto histórico. Todo sucede dentro de las familias, dentro de los matrimonios, dentro de los cuerpos.

«La Historia es algo que se experimenta», afirma, antes de contar cómo su madre decidió cuando era joven marcharse a Europa alistándose en secreto en el Cuerpo Femenino del Ejército. «La guerra era un caos, claro, pero llegar a Francia la emocionó muchísimo. Y eso cambió completamente su manera de pensar sobre lo que era deseable para el resto de su vida», rememora la escritora, que quería esa libertad para sus personajes. «Quería que todos hicieran algo, aunque fuera pequeño, y descubrieran después que eso cambiaba completamente su forma de ver el mundo».

"Las personas que consiguen tener una vida razonablemente buena suelen ser aquellas que entienden los cambios sociales y se adaptan"

Después empieza a hablar de sus tíos y tías con el entusiasmo de quien sigue observando a los seres humanos como si fueran personajes de ficción. Una hermana «obsesionada con la elegancia». Otra empeñada en construir una vida estable de clase media basada en «un matrimonio respetable». Un hermano que se hizo rico en el negocio del calzado y acabó siendo querido por todos gracias a su generosidad. «Me fascinaba cómo personas que vienen exactamente del mismo lugar terminan siendo completamente diferentes».

Y precisamente esa fascinación por las divergencias internas de una misma familia es lo que permite que la trilogía funcione también como un retrato caleidoscópico de Estados Unidos. Los Langdon no representan una única América, sino varias coexistiendo al mismo tiempo. Conservadores y progresistas, agricultores y financieros, personajes fascinados por la modernidad y otros profundamente asustados por ella. «Para mí escribir siempre ha sido una exploración, no una autobiografía. Nunca me pasó nada verdaderamente terrible ni especial, así que mi idea de la literatura se basa en contar vidas ajenas de la mejor forma posible».

Hay algo profundamente decimonónico, en el mejor sentido posible, en esa defensa de la novela como espacio de comprensión y observación moral antes que como tribunal ideológico. Smiley pertenece claramente a la tradición de Dickens, Trollope o Balzac, escritores obsesionados por mirar cómo se comporta la gente cuando el mundo cambia alrededor de ellos. Ella misma se define entre risas como una «fisgona». «Me gusta escuchar lo que dice la gente y observar lo que hace. Dickens era un fisgón maravilloso y Trollope también. Miraban alrededor y pensaban: 'Ah, ahí hay una buena historia'».

Y lo cierto es que toda su obra parece atravesada por la conciencia de que el mundo nunca deja de transformarse. Y como en la realidad, algunos personajes viven esos cambios como una liberación y otros, como una forma de desarraigo. «Cuando estudiaba Historia comprendí algo muy sencillo: el mundo siempre está cambiando, en cualquier época, y las personas que consiguen tener una vida razonablemente buena suelen ser aquellas que entienden los cambios y se adaptan. Quienes sufren más son quienes odian esos cambios o desean que todo siga igual».

Esa idea atraviesa toda la trilogía y resulta especialmente visible en la evolución económica del país, ese salto de la agricultura familiar al capitalismo financiero de Wall Street. Smiley evita formular diagnósticos cerrados, pero sus palabras dejan entrever una mirada profundamente crítica hacia la desigualdad creciente y hacia cierta deriva moral del sueño americano. «En mi país hay cada vez más gente que quiere tenerlo todo para sí misma», denuncia. «Quieren casas con 100 habitaciones donde no entra nadie. Y uno piensa: ¿para qué? ¿Por qué necesitas eso? Pero lo quieren porque les hace sentirse importantes. Y eso me resulta muy extraño».

"En mi país hay cada vez más gente que quiere tener casas con 100 habitaciones donde no entra nadie. Lo quieren porque les hace sentirse importantes"

Entonces llegan la carcajada y la frase que resume buena parte del desencanto político de la autora: «Si dijera realmente lo que pienso sobre en qué se ha convertido el famoso sueño americano me matarían o me echarían de mi país», ironiza. Después matiza sus palabras y habla de impuestos, multimillonarios y de un sistema económico que cada vez parece funcionar peor. También de la nostalgia que todavía siente por la América de los 50 en la que creció. «Gracias a Eisenhower existía la sensación de que todo era agradable y estable. Se podía vivir en una casa bonita sin que costara una fortuna, había comida, la gente parecía llevarse bien... Claro que también había conflictos, pero me siento afortunada de haber crecido en aquella época. Eso me dio esperanza».

Esa tensión entre esperanza y desencanto es precisamente lo que vuelve tan poderosa la obra de Smiley, porque aunque sus novelas retratan el deterioro progresivo de muchas promesas, nunca terminan de entregarse al cinismo. Después de convivir durante años con esa familia, surgió para la escritora el dilema de cómo poner el punto final. «Sabía que ciertas cosas eran posibles, pero no podía preverlas. Y entonces tienes que preguntarte qué tipo de final quieres darle al libro, optimista o pesimista».

Finalmente eligió una zona intermedia, ni redención total ni desastre absoluto. Una ambigüedad que se niega a simplificar la experiencia humana y a presentar su país como una abstracción. «Simplemente, quise mostrar EEUU como lo que es para la mayoría, un lugar donde las personas nacen, se enamoran, trabajan, discuten, envejecen y tratan de entender, mientras todo cambia, qué tipo de vida quieren vivir».

La edad dorada

Jane Smiley

Traducción de Ce Santiago. Sexto Piso. 560 páginas. 28,90 ¤. Ebook: 16,99 ¤.