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Portada // elmundo

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El Mundo
Susana F. Marim�n · 2026-06-25 · via Portada // elmundo

«Amo la poesía y amo la música. El matrimonio de ambas es lo más maravilloso que me podría haber dado la vida». Quien habla es Richard Stokes (Inglaterra, 1945), profesor de Lied en la Royal Academy of Music de Londres y uno de los más fervientes defensores de un género que entiende como la unión perfecta entre palabra y sonido. Un género bello, bellísimo, a su parecer. Y también, insiste, profundamente malentendido. Stokes ha dedicado décadas al estudio, la enseñanza y la difusión de la canción artística alemana, convirtiéndose en una de sus autoridades internacionales.

Publica ahora Las canciones de Hugo Wolf (Acantilado), una recopilación de los poemas musicados por el compositor austríaco, enriquecida con comentarios, contexto histórico y literario, correspondencia y traducciones del propio Stokes. Un volumen que aspira a ser, más que un libro, una puerta de entrada a un universo musical exigente y fascinante. El paralelo no sería poético si Hugo Wolf, como el género al que dedicó su vida, no hubiese muerto como un compositor incomprendido. Stokes recuerda una frase escrita en 1903 por Michel Haran, amigo del compositor: «Decía que Wolf y sus canciones las entendía poca gente, o más bien nadie. Más de un siglo después, todavía hay gente que sigue sin entenderlas». La historia, sugiere, no ha cambiado tanto. Wolf fue uno de los grandes maestros del lied, esa forma breve pero intensísima en la que poesía y música se funden en una sola entidad expresiva.

A finales del siglo XIX llevó el género a un nivel de refinamiento extremo, convirtiendo cada poema en un pequeño drama psicológico lleno de matices, tensiones armónicas y carga emocional. Sin embargo, su genio no siempre encontró público. Admirado por un círculo reducido de músicos e intelectuales, vivió a la sombra de figuras más populares y murió en 1903 sin haber alcanzado un reconocimiento amplio.

«Hay poquísimos conciertos dedicados a Wolf», lamenta Stokes: «En cambio, hay muchísimos de Schubert, Schumann o Brahms». Para el profesor, el problema no es tanto la calidad de la obra como su percepción. «Se le considera difícil», resume. Aunque matiza enseguida el término: «Yo prefiero decir que su obra es compleja. No es melódicamente inmediata, pero era capaz de escribir melodías asombrosas». Y añade una idea clave para entender su estética: «Si estás tratando con un poema que habla de locura o tormento, ¿vas a escribir una melodía encantadora? No necesariamente. Representas la emoción a través de la armonía, incluso de la disonancia». Stokes defiende así una idea del lied como fidelidad radical al texto, una forma musical que no embellece la emoción, sino que la traduce sin filtros. En Wolf, eso significa tensión, ambigüedad, a veces incluso incomodidad. Pero también una precisión expresiva difícil de igualar.

Más allá de la música, el libro intenta reconstruir también al hombre detrás del mito. «Era un hombre loco, triste, amable, cruel, megalómano, modesto, infantil, pueril. Era una mezcla real», explica Stokes.

Esa complejidad humana, lejos de simplificarlo, parece haber alimentado su obra. En una de esas anécdotas destacadas en el libro, Wolf responde airadamente a quien le pide una descripción biográfica para una revista: «Lo más importante de Hugo Wolf es que mi nombre es Hugo Wolf. Todavía estoy vivo. Eso es suficiente biografía». Para Stokes, ese tipo de reacciones dibujan a un creador obsesionado con su obra, pero también con su propia presencia en ella. Con el tiempo, sin embargo, la obra ha ganado un lugar central en la historia del Romanticismo tardío. Hoy sus lieder son considerados cimas del repertorio vocal. Pero el público no parece haber seguido el mismo camino. «Lo triste», apunta Stokes, «es que las audiencias son en su mayoría de mediana edad o mayores. Prácticamente no hay gente joven».

Pero no se trata solo de un problema de programación. Es también cuestión de visibilidad cultural. «Si miras los periódicos, están llenos de música pop. Por cada seis páginas dedicadas al pop, hay media página de música clásica», lamenta. Cuando se le pregunta por las soluciones, Stokes no ofrece una respuesta cerrada, pero sí apunta algunas líneas posibles: educación, apoyo institucional, difusión en medios y, sobre todo, acceso: «Creo que la radio puede hacer mucho. Y los benefactores también. La gente con recursos puede ayudar a los jóvenes a entrar en este mundo». Su propia contribución, dice, es más modesta y más directa: enseñar. «Mientras siga vivo, seguiré haciendo lo que hago e infundiendo este maravilloso arte».

Esa transmisión pasa también por la traducción, una parte central de su trabajo y del libro. Stokes ha traducido los poemas que Wolf convirtió en música, pero lo ha hecho con una decisión deliberada: no sacrificar el sentido en favor de la forma: «Lo que no hago es intentar reproducir el ritmo y la rima. Si lo haces, el significado se pierde». Su objetivo, explica, es ofrecer una versión clara, fiel y funcional. No se trata de embellecer, sino de hacer legible lo que ya es complejo. Tampoco están pensadas para ser cantadas. Ese trabajo, que Stokes describe con humildad, se ha convertido en una herramienta fundamental para quienes se acercan al lied sin dominar el alemán. Y, en cierto modo, en una forma de mediación cultural: una manera de evitar que la música quede encerrada en la barrera del idioma.

El propio profesor reflexiona también sobre esa limitación en un mundo cada vez más dominado por el inglés. En los recitales, explica, el público suele dividir su atención entre el escenario y el programa. «Eso puede ser decepcionante para el intérprete, porque la magia ocurre en la escena, no en el papel». Por eso defiende cada vez más el uso de subtítulos en las salas de conciertos: una tecnología que permite comprender sin dejar de mirar.

A estas alturas de su trayectoria, lo que sigue fascinando a Stokes del lied remite al origen de su pasión: «Si amas la poesía y amas la música, el matrimonio de las dos es una de las cosas más maravillosas de la vida». Y añade: «Escuchar cosas nuevas, escuchar cosas viejas... seguir renovándome. No quedarse solo con lo conocido. Eso es lo importante».