























Tenía siete años cuando llegó al Reino Unido y el choque cultural fue tan fuerte que a cada pregunta que le hacían sólo le salía contestar con otra: «¿Qué?». Preocupada al ver que el tic no se le iba, su madre lo llevó al otorrino. Aquella audiometría fue su primera vez en un laboratorio de sonido.
A sus oídos no les pasaba nada. De hecho, son hoy su principal herramienta de trabajo.
La de Lawrence fue la tercera generación de drusos libaneses Abu Hamdan que nació en Jordania, expulsados de su tierra por el encadenamiento constante de conflictos armados. Sus rasgos recogen la palidez rubicunda de su madre inglesa y el imponente perfil árabe de su padre. Saluda con la mano en la pantalla desde el despacho de su casa, en Londres, bañado en sol. La primavera ha irrumpido con fuerza y resuenan contra las paredes los gritos risueños de sus dos hijas, que juegan en el jardín. El guirigay hace casi imposible conducir la videollamada. «Ellas también han comprendido el poder del sonido, ¿no?», bromea la periodista. «Desde luego, saben perfectamente cómo captar mi atención», sonríe el entrevistado mientras cierra la ventana y se remanga la camisa de rayas celestes.
Lawrence Abu Hamdan ha necesitado inventar un término para definir lo que hace. Se dice private ear en alusión al private eye detectivesco y lo suyo parece, efectivamente, sacado de la serie CSI. La misión de este británico a medio camino entre el activismo y la creación artística es destapar crímenes de Estado, medioambientales y contra los derechos humanos empleando la acústica forense. También, utilizar sus hallazgos para crear conciencia pública con instalaciones artísticas expuestas en museos de medio mundo, del MoMA al Reina Sofía. Hace una década que arrancó su andadura como investigador independiente y tres que fundó su propia ONG, Earshot.
Sus análisis han permitido, por ejemplo, determinar que los disparos del ejército israelí que impactaron contra el vehículo en el que viajaba la niña gazatí Hind Rajab, de cinco años, mientras ella imploraba ayuda a los servicios de emergencia en una llamada que se convirtió en símbolo de la tragedia, además de en película galardonada internacionalmente, llegaron de muy cerca, entre 12 y 23 metros: los tiradores podían ver perfectamente que en aquel coche sólo viajaban civiles, cuatro de ellos, niños.
También han servido para destapar la falsedad de un vídeo viral en el que una mujer ataviada con un hijab que se decía refugiada en un hospital en Ciudad de Gaza denunciaba que Hamas estaba bombardeando las instalaciones: un estudio pormenorizado de la onda de sonido demostró que las detonaciones que se escuchaban tras los gritos desesperados de la mujer se habían añadido a posteriori.
La investigación de las imágenes tomadas por los vecinos puso en duda, igualmente, la justificación policial a la muerte del adolescente Nahel Merzouk en la banlieue parisina que desató disturbios en toda Francia en el verano de 2023 : uno de los agentes gritó «aparta» antes de disparar, posiblemente a su compañero, y eso implicaría premeditación y no legítima defensa.
«Solo el elevadísimo número de consultas que nos llegan me parece un buen motivo para seguir haciendo esto todos los días», justifica el fundador de Earshot. Y pone un ejemplo ilustrativo nada inocente, sabe bien cómo apelar a la conciencia de su público: «Hemos investigado siete ataques contra periodistas desde 2023. Compañeros tuyos», señala a la cámara, para mayor efectismo. «Cuando el objetivo es un reportero, a menudo no tenemos más que una imagen congelada e ilegible del momento porque la cámara se ha roto o el entorno está lleno de humo. La banda sonora, en cambio, suele llegar intacta. Dejamos de contar con el testimonio visual, pero tenemos el auditivo».

Lawrence Abu Hamdan posa en 2019 antes de recibir el Premio Turner, el gran galardón británico a los artistas menores de 50.GETTY
Su pasión por el sonido no nació en aquella consulta médica infantil sino un poco más tarde, aunque también por caminos inesperados. «En otra vida fui algo así como músico en bandas de punk y hardcore», confiesa con media sonrisa pícara. «Puede sonar raro, pero en ese universo anticapitalista se hace verdadera experimentación estética: conviertes ruidos y sonidos que la mayoría de la gente consideraría inaudibles o excesivos en un proyecto político y, además, aprendes cómo funcionan esos sonidos a nivel técnico», rememora. «Así que, para mí, mi pasado punk fue mi verdadera educación sobre esa intersección entre lo científico, lo estético y lo político que supone el sonido».
Por avatares del destino, en el camino de Lawrence Abu Hamdan se cruzó Eyal Weizman, fundador de Forensic Architecture, una agencia de investigación británica en la que arquitectos, desarrolladores de software, cineastas, periodistas de investigación, científicos y abogados combinan tecnología, arquitectura y urbanismo para resolver crímenes contra los derechos humanos. «Con ellos aprendí los métodos de trabajo que me llevaron, finalmente, a fundar mi propia organización», concluye el recuerdo.
"Somos excepcionalmente buenos escuchando, pero lo damos por sentado. Y eso me da una gran ventaja"
Dice Abu Hamdan que hay verdades que se pueden escuchar, pero no ver. «De hecho, la mayoría de las verdades son así, ¿no? Te las cuentan, no te las enseñan», matiza. Aunque niega categóricamente que vivamos en una sociedad dominada por la imagen, concede que asumamos que así sea. Los seres humanos tenemos, para él, un superpoder inconsciente que nos hace mucho más perceptivos de lo que pensamos: «Somos excepcionalmente buenos escuchando», asegura. «Hacemos un trabajo increíble para filtrar el ruido a nuestro alrededor y centrarnos en lo que queremos oír y, además, lo hacemos de forma instantánea y constantemente. Por eso lo damos por sentado».
Uno de los trabajos más impactantes de Abu Hamdan, convertido en una instalación artística que forma parte de la colección del Museo Reina Sofía, consistió en reconstruir el día a día y la arquitectura de la prisión militar siria de Saydnaya, conocida como «el matadero humano», a través del testimonio de varios supervivientes en 2017, siete años antes de que fuera definitivamente liberada. ¿El problema? Los presos vivían en completa oscuridad y no tenían permitido hablar. Todo lo que podían relatar era lo que habían escuchado, y lo recordaban con una nitidez apabullante. «El sonido es un gran disparador de la memoria, sobre todo para los recuerdos no procesados o traumáticos», asegura. «Cuando has sido víctima de una gran violencia, el ruido de una sartén que cae al suelo suena como un disparo porque el sonido sigue vivo dentro de ti y tu cerebro no ha podido racionalizarlo».

Detalle de la obra 'Saydnaya (ray traces)' (2017). Imagen cortesía del Hammer Museum de Los Ángeles. La obra forma parte de la colección del Museo Reina Sofía de Madrid.BRIAN FORREST
El principal problema llega a la hora de comunicar esos recuerdos auditivos. «Nuestras lenguas describen muy bien lo visual, pero tienen serias lagunas en cuanto al sonido, así que nos hemos tomado muy en serio el desarrollo de herramientas tecnológicas que nos permita afinar los interrogatorios y que el testimonio auditivo no sea una especie de versión pobre del visual, como sucede hoy en los tribunales. Irónicamente, esto a veces consiste en mostrar imágenes».
Precisamente, ese es el mecanismo básico de Saydnaya (ray traces), que traspone los abominables sonidos de la prisión siria -portazos metálicos, gritos desgarradores, máquinas de tortura que hacen temblar las paredes- en líneas proyectadas en el espacio para acercar al visitante al horror de una existencia silenciada por decenas de miles de ejecuciones.
La pericia a la hora de analizar sonidos cobra importancia a medida que la IA gana terreno en el barro de la desinformación. «La ventaja que tenemos es que en los últimos dos o tres años las personas que manipulan la verdad son más complacientes con el sonido, le prestan menos atención que a la imagen. Hay casos en los que sólo con abrir el archivo de audio es evidente que está editado. Para los deepfakes contamos con la complejidad con la que el sonido interactúa con el espacio: ¿coincide la voz con la frecuencia de resonancia de la habitación en la que, supuestamente, habla el personaje? ¿Se escucha algún sonido de fondo que tenga una frecuencia de resonancia diferente? La IA aún no ha alcanzado ese nivel de precisión», lanza el investigador.
"No existe ninguna frontera entre el activismo y el arte en mi trabajo, sólo cambia el foro en el que lo presento"
A menudo, el diablo está en los detalles: «Nos llegó un vídeo viral de un candidato a un estado de India que, supuestamente, había sido grabado malversando criptomonedas. La voz estaba extremadamente bien conseguida, pero al observar la señal en una grabación real observamos un vibrato extraño cada vez que el tipo inhalaba. Y esa variación no estaba en el vídeo que nos habían remitido. Por suerte, la IA todavía no sabe respirar».
¿Es Lawrence Abu Hamdan un activista que hace arte, o más bien un artista que hace activismo? «Inventé el término private ear, precisamente, para crear algo nuevo que no supusiera elegir. Para mí, no existe ninguna frontera entre el activismo y el arte, son sólo distintos foros para presentar el mismo trabajo. Los artistas tenemos un papel esencial en el desarrollo de los derechos humanos, en crear un foro de reflexión en un mundo que va demasiado deprisa para pararse a pensar en el bombardeo de informaciones abominables que nos llegan cada día. Las víctimas merecen que vayamos más allá de los hechos, que seamos capaces de presentar sus crímenes públicamente de forma lo más completa posible, y en eso estamos».

Detalle de la obra Walled Unwalled, de Lawrence Abu Hamdan.MUSEO REINA SOFÍA
Ese private alude, además, a la independencia. Sin embargo, a menudo sus críticos acusan a Earshot de disparar siempre hacia el mismo lado. En particular, contra Israel. «Durante demasiado tiempo, la crítica a Israel ha sido un tabú internacional. La organización nació en 2023, y ¿qué hemos visto desde entonces? ¿Teníamos otra opción que centrar nuestros esfuerzos en investigar el genocidio que sucedía ante nuestros ojos y oídos, que investigar la limpieza étnica que está teniendo lugar ahora mismo en el sur del Líbano? No podría dormir si me mantuviera al margen», se defiende su fundador.
¿Hay espacio para la esperanza cuando alguien vive escuchando el horror cada día? «No haría esto si no creyera profundamente que podemos cambiar las cosas. Escuchar más y mejor es, de alguna manera, una forma de justicia, y la justicia es una condición inherentemente orientada al futuro. Sí, soy inevitablemente optimista».
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