La psicóloga comparte lo que aprendió de su experiencia viviendo entre lobos y nos invita a comprender cómo relacionarnos mejor con nosotros mismos, con los otros y con la vida.
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La psicóloga y divulgadora Patricia Pasquín, que convivió durante casi cuatro años con lobos.JAVIER CUESTA
Casi cuatro años ha pasado Patricia Pasquín (Barcelona, 14 de marzo de 1989) en el desierto de Nuevo México cuidando lobos en un santuario de animales salvajes. "Viviendo en medio de la nada, despertándome con el sonido de los aullidos y acompañándolos en cada una de las distintas etapas de su vida", cuenta acerca de su experiencia en Wild Spirit Wolf Sanctuary. Ha decidido escribir todo en Lecciones salvajes (Ed. Diana) con la intención de "integrar y no olvidar" todo lo que le ha dado esta increíble experiencia. "Para tender un puente entre ese mundo salvaje y la vida cotidiana a la que todos, de una forma u otra, regresamos". Y también para compartirlo.
- ¿Hubo algún punto de inflexión en tu vida para decidir irte a vivir con lobos?
- No hubo un desencadenante como tal. Fue un sueño desde siempre. Cuando era una niña ya imaginaba que me iría de voluntaria a África, a ayudar a leones o guepardos. Tengo una gran pasión por los animales desde muy pequeña. Y al crecer, casi todo lo que encontraba era muy turístico. Todo empezó por casualidad: estaba buscando un libro firmado de Juego de Tronos para regalarle a un amigo. Al buscar, descubrí que George R. R. Martin, que vive en Nuevo México, patrocinaba una reserva de lobos y había donado ejemplares firmados. Entré en la web sin ninguna intención y, al verlo, pensé que era exactamente lo que yo buscaba. No pude dejar de darle vueltas. Estuve cerca de cinco meses gestionándolo para ir de voluntaria y, al final, me contrataron.
- Y te quedaste casi cuatro años. ¿Qué te dijo tu familia?
- A lo largo de mi vida siempre había sentido que no encajaba del todo con lo que se esperaba de mí. Siempre he nadado un poco a contracorriente, o al menos esa ha sido mi sensación. Encontrar mi lugar era una lucha. Así que cuando le conté a mi madre mi decisión, me respondió que otra vez estaba retrasando mi vida. Cuando hacemos algo muy distinto y sin un fin muy concreto, parece que pones todo en pausa, pero en casa tenían que aceptarlo. Y, al conseguir que me contrataran, estaba tan ilusionada que me daba igual lo que pensara el resto. Que me juzgaran no me frenó.
- ¿Qué te enseñó ese choque con una forma de vida tan distinta, y qué creencias sobre ti misma tuviste que soltar?
- Lo primero fue darme cuenta de que el mundo es mucho más grande de lo que imaginamos cuando nos quedamos en nuestro entorno. En España tenemos muy normalizadas ciertas vidas, y llegar a un lugar tan distinto fue un choque de realidad: hay muchísimas formas de vivir que ni nos permitimos considerar. Descubrir que hay gente que vive de cuidar lobos y que tiene una vida perfectamente normal y buena, me abrió la mente de una manera que no esperaba. Y luego vino el desaprendizaje, que fue igual de potente. Yo había crecido con la etiqueta de "vaga": odiaba el colegio. Allí me di cuenta de que no era así, sino que nunca había conectado con nada de lo que hacía. Cuando algo me importa de verdad, me esfuerzo muchísimo. Eso cambió por completo la imagen que tenía de mí misma.
- ¿Y qué miedos atravesaste, no solo físicos, sino también los que tuviesen que ver con tus propias oscuridades o sombras?
- El miedo físico en alguna situación con un lobo en la que no me haya sentido segura, eso me ha pasado alguna vez, pero no tanto. Lo que sí viví fue el estar conmigo y con mis oscuridades, entendiendo por oscuridades lo que me cuesta ver de mí. Me di cuenta de que confiaba poco. Estar en un entorno tan distinto, haciendo algo tan nuevo y tan peligroso, me enseñó que ser honesta con el miedo es necesario.
- ¿Cómo ha cambiado tu percepción de los límites y el carácter femenino después de observar la jerarquía y el respeto en la manada?
- El golpe más grande fue darme cuenta de la fuerza de las mujeres que trabajaban allí. Eran tremendamente asertivas, no tenían ningún reparo en gritar o en mostrar firmeza cuando hacía falta. Y en la reserva eso es imprescindible: con los lobos tienes que marcar los límites con una convicción real, porque si no lo sienten auténtico, no se lo creen. Me di cuenta de que esa parte de mí me daba mucha vergüenza. Aprender a soltarla fue todo un proceso. Cuando volví a España, lo tenía tan integrado que tuve que aprender a calibrarlo: a no decirle que no a una persona con la misma contundencia con la que le decía que no a un lobo.
- En tu libro hablas de Luna, una loba herida por la violencia humana que tardó años en volver a confiar. ¿Qué nos enseña el proceso de esta loba sobre la importancia de los vínculos seguros?
- Esta historia le puso cuerpo a la teoría. Luna seguía siendo sociable, curiosa, juguetona, con muchas ganas de cariño, pero el miedo la tenía completamente bloqueada. Y yo no podía forzar nada: solo ofrecerle un espacio seguro y esperar. Eso es exactamente lo que nos pasa a nosotros. Cuando alguien nos hace daño, aprendemos a poner muros. Dejamos de acercarnos para protegernos, pero al hacerlo también nos alejamos de la intimidad que necesitamos. El problema es que los muros no distinguen entre quien nos hizo daño y quien no. Lo que aprendí con Luna es que las heridas no se sanan en el aislamiento, sino en las relaciones. Cada vez que ella daba un pequeño paso hacia mí y confirmaba que estaba a salvo, se permitía dar otro. Era un baile: yo avanzaba un poco, ella también y si en algún momento veía que no estaba lista, yo retrocedía. Sin presión, sin forzar. Y así, muy despacio, se fue construyendo la confianza. En las personas funciona igual.
- ¿Y por qué crees que traicionar nuestra intuición afecta tanto a nuestro bienestar?
- La intuición es nuestra brújula interna, la voz que nos mantiene alineados con nosotros mismos y con lo que de verdad nos importa. El problema es que vivimos en un mundo que nos entrena constantemente para ignorarla: las expectativas y lo que se espera de nosotro. Y cuando la traicionamos, nos desconectamos. A mí me pasó durante años. Tenía la etiqueta de vaga porque no conectaba con nada de lo que hacía y me resistía a todo. No era desgana: era que estaba forzando algo que no era mío. La intuición no desaparece, aunque aprendamos a enterrarla. Siempre está. Hacerle caso es una decisión, muchas veces difícil, porque rara vez nos señala el camino más cómodo.
- Vivimos en una cultura que convierte hasta el descanso en algo productivo. Después de años fuera de esa lógica, ¿cómo fue reintegrarte en la sociedad?
- Fue un choque absoluto. Después de años viviendo experiencias emocionalmente muy intensas, lo primero que hice fue meterme de cabeza en una oficina. Fue un error. Me desconecté de todo de golpe y lo pasé fatal. Una amiga me lo dijo sin rodeos: "Has tenido toda esa experiencia y has vuelto aquí a intentar olvidarla. No tiene ningún sentido". Tenía toda la razón. Así que di un paso atrás: me fui a vivir a una reserva de animales en Manresa y me pasé medio año en un tipi con mi perro. Ahí empecé el proceso de integración real, el de entender qué significaba todo lo que había vivido y cómo incorporarlo a mi vida. Hoy siento que lo he integrado mucho más. Vivo entre la ciudad y el campo a partes iguales, trabajo con mis propios ritmos y límites, y estar cerca de la naturaleza sigue siendo esencial. Aunque, siendo honesta, es un ejercicio de conciencia constante: esta vorágine te arrastra con mucha facilidad si no estás atenta.
- ¿Qué lecciones de resiliencia te han enseñado los animales? Supongo que eso jamás se aprendería en consulta.
- No. En consulta uno va a poner las cosas en el punto de mira para luego ordenar su vida y tomar las decisiones que más le van a ayudar. Pero cuando estás inmersa en una experiencia aprendes de varias fuentes a la vez. Lo que más me impactó de los animales fue su convicción con ellos mismos: su respeto absoluto por su propia autonomía, sin negociarlo ni cuestionarlo. En el libro hablo mucho de la diferencia entre ser salvaje y estar domesticado, porque creo que nosotros lo estamos mucho más de lo que pensamos. Y la lección de resiliencia más importante que me llevo es esa: la del espíritu salvaje. Confiar en ti, escuchar tu voz y luchar por lo que esa voz te dice.
- Estamos en una sociedad muy individualista, donde no levantas la cabeza del teléfono. Supongo que con la manada y toda esa experiencia grupal también aprendiste muchas cosas sobre ese sentido de tribu que se nos han olvidado. ¿Qué nos ha pasado?
- Lo que más he aprendido de la manada es el significado real de la interdependencia, algo que como especie creo que hemos perdido por completo. Vivimos en un mundo que premia la hiperindependencia, y el discurso que más se escucha hoy en redes es: "Yo no dependo de nadie y no quiero que nadie dependa de mí". En el fondo, creo que ese discurso no habla de autonomía, sino de intolerancia a la incomodidad. Y eso nos ha llevado a confundir libertad con inmadurez. Entendemos la libertad como poder hacer lo que queramos cuando queramos, sin rendir cuentas a nadie. Pero eso no es libertad: es una receta para tener relaciones muy pobres. La libertad de verdad es poder escoger, siendo consciente de que cada elección tiene consecuencias y responsabilidades.
- El propósito de vida, ¿tiene más que ver con sostener una red que con algo puramente personal?
- Yo creo que sí. Para entenderlo, a mí me ha ayudado mucho observar la naturaleza, los ecosistemas. En una manada de lobos, por ejemplo, cada individuo cumple un rol distinto: hay quienes lideran, quienes cuidan, quienes median o sostienen al grupo. Lo mismo ocurre en la naturaleza: cuando cada elemento ocupa su lugar se genera equilibrio. Creo que los seres humanos también tenemos esa capacidad. Para mí, el ecosistema humano podría ser profundamente armónico, pero funciona de forma desajustada porque hemos perdido la conexión con esa escucha interna. Nos educan para cumplir expectativas, producir y encajar en una dinámica constante de rendimiento: estudiar, trabajar, ganar dinero, sostener responsabilidades. Y parece que, cuando no estamos produciendo, estamos perdiendo el tiempo.
- ¿Por eso hay tantas crisis vitales en las que nos planteamos qué estamos haciendo con nuestra vida?
- Ese ritmo deja muy poco espacio para escucharnos, conocernos y descubrir qué nos nace hacer de manera natural. También creo que todos nacemos con dones, y no me refiero necesariamente a talentos extraordinarios, sino a cualidades más esenciales: escuchar, cuidar, cuestionar, conectar... Si pudiéramos escuchar más esas capacidades innatas, probablemente construiríamos una sociedad más equilibrada, más acogedora y más conectada, tanto con nosotros mismos como con los demás. Por eso pienso que el individualismo no surge de forma espontánea, sino que es consecuencia del sistema en el que vivimos: uno que favorece que cada persona mire principalmente por sí misma. Porque si sintiéramos el dolor ajeno con la misma urgencia con la que sentimos el propio, quizá nuestras prioridades cambiarían. Y eso transformaría profundamente la manera en que está organizada nuestra sociedad.
- ¿Cómo ha cambiado esta experiencia tu forma de ver y aplicar la psicología?
- Mi perspectiva general de la psicología más estandarizada es que es un poco fría. Hay síntomas, patologías y métodos. Antidepresivo, terapia y sigue adelante. Esta experiencia me ha ayudado a entender que muchas depresiones y ansiedades son el síntoma de estar desconectados. Y no vas a conectar contigo si no tienes la posibilidad de escucharte, descansar y sentirte a salvo. Como un lobo no va a tener bienestar si siente estrés a su alrededor. Por eso creo que en psicología tenemos que poder vernos de forma horizontal para que realmente se cree un vínculo y yo pueda acompañarte a que tú descubras tu camino, sin venir a salvarte.
- ¿Cómo ha cambiado la Patricia de antes frente a la que eres ahora?
- Antes era más inmadura. Sobre todo en mi relación conmigo misma: en saber hacerme cargo de lo mío, en aprender a discernir cuándo algo es responsabilidad mía en un vínculo o en el trabajo, en ser muy consecuente con que mis actos tienen consecuencias y hacerme cargo de ellas teniendo en cuenta el impacto que pueden tener en personas que confían en mí. Me ha ayudado mucho a ver cómo nos influenciamos los unos a los otros, para bien y para mal. Ahora tengo la capacidad de escucharme, estoy más conectada con esa voz interior, una brújula de lo que es importante.
- ¿Cuál sería el primer paso que le lanzarías a la gente para conectar mejor con su intuición?
- Algo que le puede hacer bien a todo el mundo es buscar las maneras de conectar más con esa intuición, aprender a escucharla mejor aunque de miedo porque no nos señala caminos fáciles. En terapia trabajo mucho con personas que no saben si deberían cambiar de vida: tienen un trabajo con el que no se sienten realizadas pero les da miedo soltarlo. Queremos siempre pisar sobre seguro, y muchas veces no vamos a poder. Daremos pasos en falso, caeremos y ahí es donde vamos a aprender. La intuición te ayuda a descubrir que eres resiliente, que eres capaz de hacer cosas difíciles. El crecimiento siempre está detrás de lo incómodo y, muchas veces, hay que atravesar el miedo.
- ¿Cómo se supera ese miedo?
- Es como un músculo, hay que ir entrenando. No vas a perderlo simplemente evitándolo: tienes que ir en esa dirección y enfrentarte a él. Para mí es ir encontrando cosas pequeñas. Por ejemplo, alguien que tiene 40 años y piensa: "En realidad siempre me hubiese gustado aprender a tocar la guitarra, pero ahora ya...". ¿Por qué ese discurso interno? Hazlo ahora y mira qué pasa. No quiere decir que vayas a ser una estrella del rock, pero a lo mejor te está llevando por un camino en el que conectas más contigo y con lo que te gusta.
- ¿Y si estamos siguiendo el camino de otros y no el nuestro?
- Creces en un lugar, en un momento de la vida, y se esperan de ti ciertas cosas, y eso ya de por sí te va a llevar a desconectar un poco. También desde niño se nos dice que comas todo el plato cuando estás lleno o que no vayas al baño cuando te haces pis porque no es el momento. Y luego el sistema en el que vivimos nos dice que tenemos que escoger algo, empezar a construirlo y no soltarlo nunca hasta que nos muramos. Y somos personas en constante crecimiento, que conlleva cambio. El problema es que nos aleja de la sensación de seguridad. Nuestra vida de comodidad es la verdadera jaula. Un estancamiento. Alcanzamos un objetivo que se nos hace cómodo y no nos movemos de ahí, impidiéndonos crecer. La vida es comodidad y es riesgo, y no dejar de estar en ese baile también es parte de ella. Hay que soltar la idea de que no podemos seguir cambiando y creciendo a los 30, a los 40, a los 50 años o cuando sea.
Lecciones salvajes
Por Patricia Pasquín
Está editado por Diana se puede comprar aquí. 240 páginas. Precio: 18 euros.



























