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Portada // elmundo

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Cauce europeo con las Am�ricas
Ana Palacio · 2026-05-09 · via Portada // elmundo

Dos noticias aparentemente desconectadas iluminan -en positivo- la mudanza geopol�tica que vivimos: la aplicaci�n provisional del acuerdo Uni�n Europea-Mercosur desde el 1 de mayo, y la presencia de Canad� en la reuni�n de la Comunidad Pol�tica Europea en Erev�n el lunes. Una habla de comercio, mercados y cadenas de valor. La otra de seguridad, confianza, autonom�a estrat�gica y reconstrucci�n del orden internacional. Pero ambas apuntan en la misma direcci�n. En un mundo que se desbarata, las Am�ricas buscan cauces nuevos, y Europa podr�a comprender que su papel no consiste en rasgarse las vestiduras o acu�ar f�rmulas pomposas y apilar informes no desarrollados, sino en ofrecer una arquitectura de conexi�n a quienes tampoco desean quedar atrapados entre la brutalidad de los imperios, el repliegue americano y la l�gica desnuda de la transacci�n.

El acuerdo con Mercosur llega despu�s de m�s de dos d�cadas de negociaciones, resistencias, equilibrios agr�colas, objeciones ambientales y tensiones entre capitales europeas. Su vigencia no resuelve todos los problemas ni elimina todas las cautelas, pero abre una zona de intercambio de 700 millones de personas y env�a una se�al que trasciende lo mercantil. Mientras proliferan aranceles, sanciones, controles de exportaci�n y la tentaci�n de levantar muros econ�micos con lenguaje de soberan�a, la Uni�n Europea y una parte decisiva de Am�rica Latina recuerdan que el comercio sigue siendo una forma de anclaje pol�tico. No el comercio ingenuo de la globalizaci�n feliz, donde el intercambio por s� solo hab�a de producir convergencia y paz. S� el comercio entendido como estructura de certidumbre, v�nculo entre sociedades y alternativa a la fragmentaci�n en bloques r�gidos.

Adem�s, la dimensi�n iberoamericana no es un ap�ndice sentimental ni una memoria ret�rica peninsular; es densidad hist�rica, ling��stica, empresarial y diplom�tica que nos da profundidad exterior propia. Am�rica Latina no es "nuestro" espacio, ni puede tratarse con reflejos confianzudos que pertenecen a otro tiempo. Dicho esto, es una regi�n donde Espa�a posee conocimiento acumulado, redes y una familiaridad que los socios europeos no tienen. Por eso el acuerdo UE-Mercosur debe leerse tambi�n como oportunidad para ayudar a traducir Am�rica Latina a Europa y Europa a Am�rica Latina, no como puente ornamental, declaratorio, pura performance -caracter�sticas que lastran tantas iniciativas- sino como estrategia id�nea para identificar intereses comunes en alimentaci�n, energ�a, infraestructuras, materias primas cr�ticas, transici�n tecnol�gica y seguridad jur�dica.

Ahora bien, no cabe arbitrar ese nexo con Am�rica Latina como v�a de confrontaci�n con Estados Unidos. Ser�a un error estrat�gico y una mala interpretaci�n del continente. El "Amigo Americano" seguir� siendo, sin perjuicio de quien ocupe la Casa Blanca y con distintas expresiones, protagonista del hemisferio por peso econ�mico, capacidad financiera, seguridad, energ�a, migraciones, narcotr�fico, tecnolog�a y simple geograf�a. Europa puede brindar a Am�rica Latina una relaci�n m�s compensada y m�s atenta a sus prioridades. Puede abrir �reas de cooperaci�n que no pasen autom�ticamente por Washington ni por Pek�n. Pero s�lo ser� eficaz si interioriza que, en las Am�ricas, Estados Unidos no es un actor entre otros; es el suelo sobre el que gira todo lo dem�s. La cuesti�n no es sustituir a Estados Unidos, sino ensanchar el campo de juego.

El segundo movimiento llega desde el norte del continente americano. Canad� ha acudido a Erev�n como primer pa�s no europeo invitado a la cumbre. Mark Carney, su jefe de gobierno, lo manifest� con claridad: Canad� se considera "el m�s europeo de los pa�ses no europeos" por historia, valores y confianza. Su discurso no fue una pieza protocolaria. Fue una h�bil lectura del momento. En s�ntesis, el mundo ha de adaptarse a una revoluci�n tecnol�gica, energ�tica y comercial; la integraci�n se utiliza como arma; las reglas ya no constri�en suficientemente a los poderosos; y la nostalgia no es una estrategia. Su conclusi�n fue a�n m�s relevante: el orden internacional se reconstruir� desde Europa.

Esta frase merece atenci�n porque procede de Canad�, pa�s atl�ntico, norteamericano, miembro del G7 y de la OTAN, fronterizo de un Estados Unidos imprevisible y, por ello, particularmente consciente de lo que significa vivir junto a una potencia indispensable cuando �sta se comporta de forma transaccional, grosera e impaciente. Canad� no amaga ruptura con Washington. No podr�a ni querr�a hacerlo. Lejos de alzarse en adalid antiamericano (y antiisrael�), tantea complementar su enraizamiento norteamericano con una trabaz�n m�s robusta con Europa en defensa, energ�a, minerales cr�ticos, inteligencia artificial, cadenas de suministro, �rtico y seguridad. Esa es la l�gica; no reemplazar alianzas, sino diversificar lazos.

Mercosur y Canad� representan dos Am�ricas diferentes, pero confluyen en un planteamiento semejante. La primera mira a Bruselas para insertarse en un espacio de reglas, mercados y acreditaci�n estrat�gica que no la reduzca ni a periferia de Washington ni a proveedor de China. La segunda mira a Europa de cara a un mundo en el que la vecindad con Estados Unidos ya no basta como garant�a de estabilidad. En ambos casos, la Uni�n, que tanto hace por apuntalar su fama de museo normativo, aparece aqu� como plataforma de articulaci�n. No porque sea fuerte en todos los �mbitos -no lo es- ni porque haya resuelto sus contradicciones internas, sino porque conserva una combinaci�n de mercado, derecho, est�ndares, poder regulatorio, capacidad financiera y legitimidad pol�tica.

Esa plataforma s�lo funcionar� si se evita la confusi�n -que practica notoriamente nuestro gobierno- de creer que ganar influencia en las Am�ricas pasa por definirse contra Estados Unidos. Am�rica Latina no quiere ni puede ignorar ni enfrentarse al mandatario del norte del R�o Bravo, Canad� no busca emanciparse del gigante contiguo, y Europa no dispone de la envergadura militar, ni cuenta con la continuidad pol�tica para erigirse como potencia alternativa. Su valor, hoy por hoy, reside precisamente en a�adir opciones, modular dependencias, ofrecer reglas y mercado, establecer asociaciones que extiendan margen sin forzar alineamientos imposibles. Para eso necesita un trato razonable con Washington. De lo contrario, cualquier ambici�n europea en el hemisferio occidental acabar� en melanc�lica gesticulaci�n.

Para Espa�a, esta coyuntura deber�a ser especialmente f�rtil. Pocas veces se han enfilado mejor los planos: una Am�rica Latina que explora holguras en un mundo de antagonismo entre grandes potencias, un Canad� que se acerca a Europa a forjar soberan�as compartidas con afines, una Uni�n Europea obligada a elevarse por encima de sus cuitas dom�sticas, y una Espa�a que puede aportar peso hist�rico, lengua, empresas, diplomacia y conocimiento del terreno. Para ello hace falta algo m�s que declaraciones; hace falta constancia, seriedad y una idea clara del inter�s nacional dentro del inter�s europeo y de la relaci�n atl�ntica.

Las Am�ricas buscan cauce porque el mundo ha dejado de marcar caminos autom�ticos. Estados Unidos sigue siendo eje hemisf�rico, pero ya no domina el sistema como antes. China trae consigo escala, financiaci�n y disciplina estrat�gica; tambi�n dependencia, opacidad y subordinaci�n. Nuestro mercado �nico, con todos sus l�mites, encarna reglas, negociaci�n y apertura sin renunciar a la protecci�n de sus intereses. El acuerdo con Mercosur y la presencia de Canad� en Erev�n no anuncian por s� solos un nuevo orden; sugieren que, en la rugosidad del mundo que viene, Europa puede ser m�s que tablero para dirimir rivalidades. Puede ser cauce. Y Espa�a, si sabe reconocerlo y jugar pragm�ticamente sus cartas, puede estar en una posici�n singular para ayudar a abrirlo, no contra Estados Unidos, sino desde una relaci�n s�lida que ampl�e, no estreche, el margen de acci�n.