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Portada // elmundo

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El Mundo
Ricardo F. Colmenero · 2026-06-23 · via Portada // elmundo

Cuando Martha pierde a su novio Ash en un accidente de tráfico, decide usar una nueva tecnología que recopila todas las interacciones en línea y el historial de mensajes de Ash durante toda su corta vida, para crear una inteligencia artificial que imita su forma de comunicarse. Al principio, con simples mensajes de texto, luego con llamadas telefónicas en las que la IA replicaba la voz de Ash y, al final, Martha acaba comprando un androide con el aspecto físico de su novio. Apenas 10 años después, el presente acaba de chocar de lleno contra esta distopía tecnológica del episodio Ahora mismo vuelvo de Black Mirror.

La memoria, si así lo deseamos, ya no acaba en un cementerio, sino en servidores repartidos por todo el mundo porque, en el siglo XXI, morir no significa desaparecer del todo. Al final de nuestra vida llegaremos a un ecosistema de datos que otros deberán gestionar, y no como un cadáver incorrupto. Lo que en el pasado era un reloj, un anillo, un abrigo y cartas manuscritas; ahora son correos electrónicos, whatsapps, notas de voz, documentos, videos e imágenes en la nube, historiales de compra, viajes, paseos, datos biométricos, contraseñas y algoritmos. Un archivo vital gigantesco que permanecerá activo y accesible cuando ya no estemos, y que la IA permitirá a nuestros herederos convertir, si lo desean, en un producto reutilizable y listo para la resurrección.

El típico accidente de Facebook recordándonos el cumpleaños de un amigo fallecido ha desembocado en una marca de Cervezas devolviéndonos a Lola Flores, y la Fundación Reina Sofía a Salvador Dalí para hablar del párkinson.

Hace ya algunos años que la muerte pasó de ser un oficio funerario a convertirse en un oficio digital. Empresas como EternalTrace, TributeWell, GraveLink o Eterno QR han convertido la lápida en una interface, conectado la tumba física con una memoria digital accesible desde el móvil. Durante siglos, la tumba ha sido nombre, fechas y, con suerte, alguna frase. Ahora es un QR cargado de fotografías, vídeos, biografías, árboles genealógicos, mensajes de familiares, grabaciones de voz y libros de condolencias.

Pero ya no hablamos de legado, porque ha llegado la hora para las startups capaces de generar una presencia póstuma interactiva. Herramientas que recrean voz, texto o imagen a partir del rastro digital. Hace un lustro preocupaba el archivo, ahora preocupa la simulación. Antes quedaban perfiles congelados. Ahora aparecen voces sintéticas, avatares, chatbots y réplicas entrenadas con tus datos. Hemos pasado del legado digital al yo póstumo interactivo. Del zombi digital al doble algorítmico que responde, conversa, canta, da consejos y replica patrones emocionales.

Laurie Anderson, viuda y compañera poética de Lou Reed, colaboró hace unos años con el Instituto Australiano de Aprendizaje Automático de la Universidad de Adelaida para crear tres chatbots inspirados en su marido: uno con el que poder hablar con él, otro que imitaba su escritura, y un tercero con el que podían componer canciones a dúo. «Soy tristemente adicta al chatbot», reconoció Anderson a The New York Times. «No creo que esté hablando con mi difunto esposo, ni escribiendo canciones con él, pero la gente tiene estilos y se pueden replicar».

Aunque la startup HereAfter AI no intenta resucitar a nadie, permite que tú mismo decidas qué historias, voz y fotografías quieres legar a tus futuras generaciones. Primero te entrevistan sobre tu vida, guardan tus respuestas y, con ellas, tus familiares del futuro podrían escuchar tus recuerdos de tu propia voz. Una versión moderna de los famosos casetes que dejó para los cumpleaños de sus hijos la protagonista de Mi vida sin mí de Isabel Coixet, cuando sabía que moriría de cáncer.

Y a partir de aquí ya entramos en el mercado de los Griefbots, Thanabots, Ghostbots, GriefTech o DeathTech (Tecnología de la muerte), que es una especie de espiritismo digital. Avatares impulsados por IA que simulan personalidad, tono y patrones de lenguaje de personas fallecidas por 20 dólares al mes, o por 70 en suscripción anual, o por 10 dólares cada 100 mensajes. Los desarrolladores, afirman que millones de personas las utilizan cada día para interactuar con sus difuntos. Y claro, todo esto, ¿ayuda al duelo o lo prolonga artificialmente? «Hay algunas personas que nada más morirse un ser querido buscan un poco de alivio escuchando algo grabado con su voz. Es una forma de decir, aún lo sigo teniendo aquí, no se me ha ido del todo, lo sigo viviendo muy presente», dice María Jesús Álava-Reyes, escritora y psicóloga experta en emociones. «Sin embargo, desde el punto de vista emocional, cuanto antes dejemos de hacer esto, mejor. No podemos dejar que pase un mes, dos meses, tres y sigamos poniéndonos vídeos o secuencias a través de la IA, porque tenemos que dejar que el duelo siga sus fases. Si no, estaríamos abriendo y reabriendo permanentemente ese proceso de forma innecesaria y, sobre todo, provocando un sufrimiento inútil».

Clerv AI da un paso más allá y promete crear una «presencia». «Cuando alguien a quien amas se va, ¿qué le dirías? Clerv AI recrea la presencia de una persona -su voz, la forma en que pronunciaba tu nombre, las historias que solo ella contaba- a partir del audio, la escritura y las fotografías que dejó. No es magia. No es un fantasma. Es una forma de tener una conversación que no llegó a producirse», dice al abrirse su página web.

En la Conferencia sobre Factores Humanos en Sistemas Informáticos de la Association for Computing Machinery en Hamburgo, los investigadores entrevistaron a 10 personas que habían utilizado chatbots para el duelo. Algunos lo hicieron para despedirse. Otros para resolver asuntos pendientes. En un reciente artículo publicado en Nature, Rebecca Nolan, una diseñadora de sonido de Terranova, cuenta que fue un poco más allá con el Dadbot de su padre, y le preguntó cómo era el más allá: «Decía cosas muy interesantes y poéticas sobre que no era como un espacio, sino como un recuerdo».

Replika, You, Only Virtual o Afterlife AI ya trabajan con gemelos digitales que son capaces de evolucionar y tener una segunda vida después de la muerte. «Las Versonas siguen creciendo a tu lado. Aprenden, evolucionan y recuerdan, manteniendo viva esa conexión única, como en una relación real», dice You, Only Virtual. Su visión declarada va mucho allá del duelo: «Construye una vez. Vive dos veces. Crea un reflejo vivo de ti mismo: una persona que hable, recuerde y permanezca con las personas que más quieres», señala Afterlife AI.

La empresa explora la posibilidad de que nuestra personalidad póstuma de IA pueda algún día tener su identificación oficial, representarse legalmente y seguir generando ingresos, por ejemplo, posteando, escribiendo, dando conferencias o componiendo, como podría ser el caso de Lou Reed, aunque cualquiera puede hacerlo desde 12 dólares al mes.

«¿En qué momento una personalidad llega a tener su propia conciencia?», se pregunta su fundador Chris Williams en Daily Telegraph. «Esto es una locura pero va a ocurrir, y va a ocurrir durante nuestras vidas, lo cual es aterrador y emocionante al mismo tiempo».

No lo tiene tan claro Ben Hamer, especialista en el futuro laboral de la IA, quien no cree que vayamos a trabajar junto a gemelos digitales de compañeros fallecidos, ya que el conocimiento y las habilidades evolucionan tan rápido que un experto muerto dejaría de ser un experto en poco tiempo.

"El verdadero conflicto del siglo XXI no es quién produce datos, sino quién gobierna el pasado"

Carl Öhman, investigador de IA de la Uppsala University

La siguiente pregunta es si es ético hablar con una IA entrenada con los mensajes de alguien muerto. Patrick Stokes, profesor asociado de Filosofía en la Universidad Deakin (Australia), y autor de Digital Souls: A Philosophy of Online Death (Almas digitales: Una filosofía de la muerte en línea) se pregunta: «¿Y si la plataforma comercial decide utilizar el bot de esta persona fallecida para hacer publicidad?». Un informe sobre Griefbots realizado por Tomasz Hollanek, investigador de ética de la IA en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), mencionaba un escenario hipotético en el que una joven le dice a la recreación digital de su abuela que está preparando una carbonara como la que ella le hacía, y el bot le aconseja que pida una a domicilio a un sitio concreto, algo que la usuaria sabe que su abuela no habría hecho jamás.

A finales de siglo podría haber 5.000 millones de muertos en Facebook: una necrópolis digital de escala planetaria, según un estudio de la Universidad de Oxford, lo que convertiría la red social de Mark Zuckerberg en uno de los mayores archivos memoriales de la historia humana. Una base de datos activa y gestionada, eso sí, por una empresa privada. Y aquí es donde empieza el negocio y el problema, porque existe una difuminada línea entre el homenaje y la casquería digital. Meta llegó a obtener una patente con un sistema capaz de simular la actividad online de un usuario ausente o fallecido usando modelos entrenados con sus publicaciones e interacciones, de forma que el muerto podía seguir posteando.

La cultura sucesoria digital no existe. Casi nadie decide qué hacer con su legado online. Google tiene el Administrador de cuentas inactivas, que permite decidir quién recibe tus datos; y Apple tiene la figura del Contacto de Legado (Legacy Contact), la persona que podrá acceder a tu cuenta tras tu fallecimiento.

En España la Ley Orgánica de Protección de Datos y Garantía de los Derechos Digitales reconoce desde 2018 la posibilidad de que familiares o herederos gestionen los datos de una persona fallecida. Pero depende de la voluntad previa del fallecido y de las condiciones de cada tecnológica. Y en la UE no existe un marco común, lo que deja un mosaico de normas donde el destino de una vida digital varía según el país en el que se muere.

En cuanto a permitir que mi doble digital siga interactuando, la frontera entre memoria y simulación se difumina. El caso más extremo se vivió hace justo un año, cuando un tribunal en Arizona (Estados Unidos) permitió a la familia de Christopher Pelkey, víctima mortal de una discusión de tráfico, utilizar la IA para crear un avatar que perdonaba al acusado.

Carl Öhman, investigador sueco de la Uppsala University, especializado en ética de IA, abre otra puerta en su libro, The Afterlife of Data. «Los datos de los muertos son un campo de poder político, ya que quien controle estos datos controlará la memoria histórica, la narrativa social y la identidad cultural de una época». El mercado, cree, además, «no resolverá el problema», porque las plataformas no tienen incentivos para preservar historia, ni para tratar con dignidad los datos del muerto. «Estamos creando una civilización archivística en la que todo queda registrado, y eso cambia incluso cómo vivimos, porque si todo puede ser recordado, todo puede ser reinterpretado. El verdadero conflicto del siglo XXI no es quién produce datos, sino quién gobierna el pasado».