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El Mundo
Luis Mart�nez · 2026-06-17 · via Portada // elmundo

Pixar vuelve a lograr con gusto, inteligencia y un calculado conservadurismo que la gran marca de la casa siga siendo eso: la gran marca de la casa

Imagen de Toy Story 5.

Imagen de Toy Story 5.

Actualizado

La quinta entrega del título que colocó a Pixar en el mapa y que, de paso, redefinió la animación desde sus cimientos hace ya 31 años es, por orden: a) un bonito homenaje a los principios fundamentales de la saga; b) una inteligente y sorprendente vuelta de tuerca a un argumento que parecía agotado; c) la puesta en valor y gracia de un personaje como Jessie tan alejado de la categoría algo sexista de los juguetes de casi siempre; d) un regreso a las historias sencillas de buen corazón, y, quizá lo más discutible, e) un calculado alarde algo conservador y muy del gusto de los abuelos y padres casi por definición tecnófobos (y siempre obsesionados con los muy aburridos juguetes educativos) de cómo nadar y guardar la ropa. Rendir homenaje a los juguetes, a los de toda la vida, cuando la fiebre de las pantallas nos acosa es exactamente lo que se pide a una serie de películas cuyo gran acierto no fue otro que reivindicar la vida secreta de esos seres no tan inanimados.

Básicamente, Toy Story 5 se plantea como una película de supervivencia. Los personajes ya de sobra conocidos con la citada Jessie al frente, secundada por Rex, Slinky, Forky y el recién llegado y genial Smarty Pants —sin olvidar claro está a Buzz y a un Woody envejecido que se ve obligado a abandonar su plácido retiro de juguete demodé—, se han de enfrentar a la muy temible Lillypad. ¿Y quién es esta mujer? Pues exactamente lo que parece: la pantalla que todo lo absorbe. Ella no es mala en sentido estricto, simplemente la hicieron así. Está en su naturaleza de juguete por muy tecnológico que sea el desear y procurar con todo su esfuerzo lo mejor para su dueña. Pero el celo con que lleva a cabo su propósito la hace ser inconsciente de su inabarcable poder para alimentar la ansiedad y destruir neuronas y amistades. Nada que no hayan leído ya en cualesquiera de los periódicos para adultos o que no les haya contado con todo detalle el redentor Byung-Chul Han.

Andrew Stanton, padre fundador junto a Pete Docter (que firma en la producción) y al desaparecido en combate John Lasseter, se aplica con cariño, desbordante imaginación y la precisión técnica obligada a cerrar un círculo que, en verdad, parecía ya cerrado. Si se mira con perspectiva, habíamos visto a los juguetes manejarse como siervos de unos amos tiránicos y caprichosos, pero garantes de vida: los juguetes sólo tenían sentido si eran jugados. No lo tenían si eran sustituidos por otro (la 1) o coleccionados (la 2). Su verdadero drama era la llegada a la edad adulta de sus dueños (la 3). Quizá el último paso que quedaba por dar era imaginar la total independencia que, desde un lado algo tétrico, equivalía a su suicidio. Eso ocurría en la 4 donde nuestros protagonistas proclamaban alto, claro y nietzscheanamente que su dios había muerto. Pues bien, lo que plantea la quinta entrega no es tanto la resurrección de otro dios, que un poco también, como el advenimiento del mismísimo demonio: el juguete que en vez de activar la imaginación del crío la destruye. Buen giro, sí señor.

En buena medida, Toy Story 5 contraviene la regla fundacional de toda la saga, que no es otra que dejar a los seres humanos en un muy segundo plano. En la película original, de hecho, apenas se le veía al crío un instante. Pixar, todo él, siempre ha jugado con este artificio: lo importante siempre está del otro lado: sea del lado de lo oscuro (Monstruos Inc.), sea en el interior de la cabeza (Inside Out), sea en el reino del más allá (Coco o Soul). La animación, toda ella, es casi por definición el otro lado. Ahora, el mundo de los juguetes y de los críos se reparten el metraje de la película casi al 50%. No es grave, pero el cambio de rumbo enreda el argumento con una ligera tendencia al didactismo que se antoja tan novedoso como innecesario. Toda la película juega sobre seguro muy preocupada de ni entrar en ninguna guerra cultural ni de contravenir ningún lugar común y, por ello, hegemónico. Que la empresa que más ha hecho para que amemos el poder creativo de la tecnología (el programa con el que se hizo la primera película estaba destinado a ser una buena herramienta para radiografías) se muestre cauta con precisamente la tecnología no es por fuerza contradictorio, pero, admitámoslo, llama la atención.

También es cierto que la ligera sensación de extrañamiento del párrafo anterior pasa pronto. Son tantos los hallazgos y la devoción por el detalle de Stanton y los suyos que cualquier amago de prevención queda en segundo plano. La desopilante irrupción de los caballos, el ejército enloquecido de Buzzlightyears, cada una de las brillantísimas intervenciones del citado Smarty Pants (un controlador de esfínteres tecnológico, tal cual) o la energía desbordante de Jessie se las arreglan juntos o por separado para hacer rendir las defensas. Los juguetes han vuelto y tienen un mensaje para ti: exactamente el que cualquier boomer desea para sus nietos ya. Al fin y la cabo, han pasado 31 años.

Director: Andrew Stanton. Intérpretes (voces originales): Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack, Greta Lee, Conan O'Brien. Duración: 102 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.