























Inma LidónEnviada especial Dallas
Actualizado
Argentina es Messi. Messi es Argentina. Sólo hay un jugador en el mundo que puede transmutar de divino a humano cuando le viene en gana y lleva a la espalda el 10. Nadie duda de él porque se reconstruye con la facilidad de un héroe y carga a su espalda el peso de su país sin que le lastre. Quiere la cuarta estrella y, por el camino deja a su paso una huella histórica. Es capaz de hacer enmudecer a un estadio con un fallo inexplicable y, en pocos minutos, convertirse en leyenda como máximo goleador de la Copa del Mundo. Con 18 goles, reta a quien le quiera seguir. Messi es fe y eficacia, es el timón de una selección que, tocada por la varita mágica de Scaloni, se reconcilia con los dioses del fútbol. Lo que le dejaron a deber desde 1986, se lo están cobrando. [Narración y estadísticas (2-0)]
No fue un partido fácil. Austria tenía un plan que le funcionó durante muchos minutos a pesar de que pudo saltar por los aires en los tres primeros. Casi en el primer balón que pasaba por sus pies, Messi oxigenó a la orilla de Almada para que dejara solo a Lautaro, que acabó emparedado entre Posch y Schlager. Al árbitro egipcio le costó reaccionar y el VAR le llamó a la pantalla. El estadio, teñido de albiceleste, se relamía porque iba a ser testigo de la historia.
Messi agarraba el balón para superar a Klose, marcar 17 goles y ganarse la gloria. Pero se humanizó en una suerte que domina con soltura. Paradinha en el lanzamiento, flojo, buscando el palo izquierdo que, pese a adivinarlo, pudo seguir con la mirada el guardameta Schlager cómo se iba al limbo. De otro se diría que le lastrara una responsabilidad que siempre ha sabido digerir. A él no le tumbó.
Se quedó Argentina pensando en el error y Austria le ganó metros, la agobió en el área con una presión que no la dejaba pensar. En eso es maestro su seleccionador, el alemán Rangnick, que ha creado escuela. Los argentinos se emplearon en sostener mientras volvían a conectar con la pelota.
En cuanto salió del shock, Lautaro activó a Messi camino del área para que recortara a Alaba y, cambiándosela de pierna, obligara al portero. Respondieron los austriacos con un remate de Wanner y Argentina se agarró a la pausa de hidratación, abucheada por la grada, criticada por Scaloni, pero necesaria porque los europeos estaban envalentonados.
Así que tenía que volver a aparecer Messi. Lo buscó Almada para que abriera a Lautaro, que probó los guantes de Schlager pero, como si tuviera un imán, la pelota volvió al 10 y fue Alaba quien salvó el gol bajo palos. Un latigazo para Argentina, que no encontraba la velocidad suficiente para desarmar el orden austriaco.

Messi, en la acción del 2-0 ante los austriacos.AFP
A ritmo cansino, le costaba, pero llevaba tres ocasiones claras y, antes de que aparecieran nervios o precipitación, al acercarse la media parte, llegó el gol. Almada acelera por el carril zurdo, prolonga buscando la incorporación de Medina para que, con un centro atrás que deja pasar el atlético, llegue hasta Messi. Entonces se dibujó un gol con sello: rosca que pilla a contrapié al portero. El mismo día que Maradona le marcó a Inglaterra la mano de Dios, Messi ascendió al Olimpo de la FIFA retando a Mbappé, el único que le puede alcanzar.
Tras el descanso, Austria reaccionó con una falta directa lanzada por Sabitzer y que permitió al Dibu Martínez hacer su primera parada. Querían volver a asustar y no encontraban cómo. Scaloni, por si acaso, metió energía en torno a Messi, con Nico González y Julián Álvarez, algo que no gustó a un enfadado Lautaro. Lo primero que vieron fue a Gregoritsch cabecear, como pudo, un centro al segundo palo de Sabitzer. Y es que Rangnick, con ese resultado tan corto, puso toda la pólvora buscando un empate que le permitiera luchar por la primera plaza.
Argentina buscó entonces otro resorte: sostenerse y buscar la contra. Ya en los instantes finales, amenazó Arnautovic cabeceando una falta, pero de nuevo apareció Messi. A la carrera se lanzó Julián, le asistió y, aunque apareció el portero, la pelota quería al rosarino, que no perdió otro gol que aumenta el mito.
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