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El Mundo
Juan B. Ca�ellas · 2026-04-28 · via Portada // elmundo

Es difícil llamar la atención en la Plaza del Obradoiro. Allí todo compite en otra escala: la piedra, los siglos, el desfile de peregrinos que culminan el Camino frente a la imponente Catedral de Santiago de Compostela. Todo parece fijado por la costumbre. Y, aun así, hay intervenciones capaces de abrirse paso a base de desacierto. La del Hostal de los Reyes Católicos -nacido como Hospital Real para acoger a los peregrinos y convertido en parador de cinco estrellas- lo ha conseguido. Basta cruzar la plaza en estos días de primavera, con el turismo otra vez al alza y la ciudad entregada al ritual del selfie, para percibir que algunos móviles ya no apuntan solo a la catedral, sino que se desvían unos grados, atraídos por un detalle incómodo en la fachada de enfrente.

Allí donde las gárgolas llevaban cinco siglos espantando demonios y evacuando el agua con discreción medieval, ahora asoman unos tubos de cobre que prolongan sus bocas... o, según desde dónde se mire, otras partes más traseras. En las últimas semanas se han ganado apodos poco piadosos, de "empaladas" a "sodomizadas", síntoma de una incomodidad que va más allá de la broma en un edificio considerado el hotel más antiguo de España y, además, protegido como Bien de Interés Cultural (BIC), la máxima figura de protección del patrimonio histórico.

La razón es técnica: el sistema de evacuación dejó de funcionar correctamente y el agua estaba dañando el balcón barroco inferior y la propia fachada. La solución, prevista en el proyecto y avalada por Patrimonio de la Xunta, con el visto bueno del Ayuntamiento y el beneplácito del Ministerio de Industria y Turismo, cumple su función. Pero lo hace con una contundencia visual que ha encendido las críticas de vecinos y expertos, que ven en esos añadidos metálicos una intervención que altera la anatomía de las piezas y convierte a las gárgolas en protagonistas de una polémica inevitable.

"Había muchas alternativas; se podrían haber instalado canalones ocultos en las cornisas"

"No se trata solo de una cuestión técnica, sino de la integridad visual de un conjunto monumental excepcional. La ciudadanía percibe con facilidad cuando una solución no está bien integrada", denuncia a Crónica Carlos Fernández, presidente de la Asociación para la Defensa del Patrimonio Cultural Gallego (Apatrigal). A su juicio, en conservación del patrimonio no es posible disociar lo técnico de lo formal, y hoy en día hay alternativas mucho menos invasivas que permiten resolver el problema sin alterar de forma tan evidente la imagen histórica.

"Existen sistemas de drenaje perfectamente integrables en la fábrica del edificio, como canalones ocultos en cornisas, bajantes interiores o conducciones embebidas en los muros, diseñadas para no interferir en la percepción del conjunto", explica.

Lo llamativo es que desde la propia Dirección General de Patrimonio de la Xunta, que avaló la intervención en lo técnico, se deslizaron reservas sobre su ejecución que nunca llegaron a concretarse ni a traducirse en correcciones. Quedaron en el aire. Y, aun así, la actuación siguió adelante y superó sin fricción el filtro de hasta tres administraciones. Para Apatrigal, ese recorrido institucional "pone de manifiesto la necesidad de reforzar los mecanismos de control cualitativo en las intervenciones sobre bienes de interés cultural".

una reforma de 14 millones

Más aún cuando se trata de intervenciones de este calibre. Según los datos de Turespaña, el organismo público responsable de la restauración de este edificio y de otros paradores repartidos por todo el país, la broma ha costado en torno a 14 millones de euros, financiados en buena parte con fondos europeos del Plan de Recuperación. Es, además, la mayor inversión de todo el programa en España.

La magnitud del descontento, con cartas abiertas, críticas de expertos y el rechazo explícito de asociaciones vecinales como la del casco histórico de Fonseca, acabó forzando la semana pasada una reunión entre el director general de Patrimonio de la Xunta, Ángel Miramontes, y el arquitecto responsable del proyecto, Fernando Cobos, junto a técnicos de ambas partes y representantes de Turespaña.

De ese encuentro salió el compromiso de "valorar otras fórmulas", "analizar distintos modelos de actuación" y elegir el más adecuado "desde todos los puntos de vista", en un planteamiento que asume el carácter "provisional" de la solución actual. Un consuelo tibio para compostelanos y peregrinos, que estos días siguen echándose las manos a la cabeza cada vez que cruzan el Obradoiro al ver cómo los largos tubos de cobre permanecen incrustados en los traseros de las gárgolas.

La fachada del Hostal de los Reyes Católicos, en Santiago de Compostela.

La fachada del Hostal de los Reyes Católicos, en Santiago de Compostela.Rosa González

Desde Apatrigal, preguntados por la posibilidad de revertir la intervención, rebajan el dramatismo técnico de una eventual marcha atrás. "Si la intervención se ha ejecutado con criterios adecuados, debería ser reversible", explican. Eso sí, advierten de que cualquier actuación sobre piedra histórica exige extrema cautela, especialmente en los puntos de anclaje o perforación. "La retirada debe planificarse con metodología de conservación, minimizando tensiones mecánicas y evitando pérdidas de material". En términos generales, sostienen, es posible revertir la solución actual sin consecuencias significativas si se actúa con rigor técnico y supervisión especializada.

Así, el debate deja de girar en torno al porqué de la solución adoptada y pasa a ser por qué esas valoraciones no se hicieron antes. Y, sobre todo, qué habría pasado si el malestar no hubiera escalado en la calle. La duda queda suspendida. Porque en el Obradoiro, donde cada intervención se presume medida al milímetro, inquieta pensar que, sin ese ruido previo, lo provisional habría terminado por asentarse como definitivo sin apenas resistencia.

Una solución "mal resuelta" en una ciudad que vive de su patrimonio

El presidente de la Asociación de Vecinos del Casco Histórico Fonseca, Roberto Almuiña, enmarca la polémica en un problema más amplio de gestión del patrimonio en Santiago. "El tema de las gárgolas no se ha resuelto bien", afirma, señalando tanto a quienes supervisaron el proyecto como a quienes lo autorizaron. A su juicio, la intervención se ha ejecutado "de forma poco pensada y ligera", sin medir sus consecuencias sobre elementos con más de 500 años de historia.

Almuiña advierte además de la complejidad de revertir la actuación. "Habría que ir con cuidado ahora, ya que cualquier intervención mal hecha podría afectar a la piedra", apunta, al explicar que los tubos habrían sido fijados con morteros o resinas. Frente a esta solución, recuerda que en la propia ciudad existen ejemplos más respetuosos, como el monasterio de San Martín Pinario, donde las gárgolas "siguen cumpliendo su función sin perder su valor ornamental".

Más allá del caso concreto, el representante vecinal señala una contradicción de fondo. "En edificios históricos se permiten actuaciones mal planteadas que acaban generando problemas como este, mientras que a los propietarios se les niegan en sus viviendas intervenciones mucho más necesarias y razonables", denuncia, aludiendo a una falta de coherencia en los criterios de protección.