Después de años en consulta, tiene una certeza: los niños no necesitan padres perfectos, "necesitan padres felices". Anima a que se cuiden y no pierdan los momentos que, sin avisar, un día dejan de llegar.
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El psicólogo Javier de Haro, especializado en crianza.JAVIER BARBANCHO
Dejar de ser el padre perfecto para ser el padre presente. Esa es, según el psicólogo Javier de Haro (Mallorca, 5 de febrero de 1980), la asignatura pendiente de la crianza moderna. Tras más de 20 años trabajando con infancia y familias en diferentes ámbitos, desde servicios sociales hasta centros escolares, este psicólogo, profesor, orientador escolar y, por encima de todo, padre es claro: "No podemos evitarles cualquier malestar ni cumplir con un ideal imposible".
Por eso ha escrito Disfrutar la crianza (Ed. Zenith), repleto de ejemplos reales y herramientas prácticas, donde explica cómo poner límites firmes sin gritar, de qué manera acompañar rabietas sin perder la calma y a recuperar el rumbo cuando, inevitablemente, te sientes desbordado. En su proyecto digital, @psicologo_teayudoaeducar, también conecta con miles de progenitores con mucho humor.
- Nunca habíamos tenido tanta información sobre crianza y, sin embargo, nunca nos habíamos sentido tan desbordados. ¿Cómo explicas esta paradoja?
- Hay muchísima información, pero también muchísima comparación. Y eso hace que nos estresemos y nos presionemos mucho, que estemos muy pendientes de lo que falta, los errores y la culpa, en lugar de priorizar lo importante. No lo hacemos con mala intención, sino porque vamos con el piloto automático, con las prisas del día a día y queriendo que todo salga perfecto. Pero lo que me ha enseñado mi hijo es que lo perfecto es poder desayunar tranquilamente con él, aunque la casa no esté perfecta. Tenemos que volver a priorizar estar con nuestros hijos, en lugar de que la casa, los menús y todo esté hiperperfecto.
- ¿Cuál sería el primer paso para el padre que se siente desbordado?
- El primer paso es parar y recuperar tu felicidad. Suena idílico, pero los niños necesitan padres felices. Muchas veces no lo estamos porque no nos cuidamos, no nos dedicamos tiempo ni disfrutamos de la relación. Las prisas, el estrés y el querer hacerlo todo perfecto nos hacen perder el foco. Cuando estamos agobiados nos cuesta ver lo positivo: estamos hiperpendientes de lo negativo, de gritar, de saltarnos a la mínima. Por eso el primer paso es frenar y tomar conciencia de qué es lo que me cuesta y lo que me falta, pero no desde la culpa, sino desde: "Voy a ir paso por paso, no voy a querer hacer mil cosas a la vez". Hago dos. Y el resto ya llegará.
- Se nos ve muy cabreados por las noticias, el trabajo, el tráfico..., ¿cómo podemos gestionar nosotros mismos esas emociones para no pagarlo con los hijos?
- Explotar es algo muy humano y normal; todos lo hacemos, hasta el mejor psicólogo. Y cuando ocurre, puede ser un aprendizaje muy grande para nuestro hijo si reconocemos el error con humildad. A veces tenemos razón en lo que decimos, pero no en las formas. Por eso es importante ser capaz de decirle: "Cariño, siento haberte gritado; la próxima vez que te grite, dime: 'Papá, no me grites'". Así no perdemos la oportunidad de educar incluso desde ahí.
- ¿Y qué hacemos para evitarlo?
- El primer paso es eliminar los determinismos. Vamos tan apurados que decimos "es que yo soy de gritar" o "es que yo soy así". Pero queremos que nuestros hijos aprendan y nosotros también tenemos que aprender. Hay que ver qué es lo que nos hace gritar: ¿son las prisas?, ¿respondo de forma impulsiva? Está demostrado que si conseguimos controlar ese primer segundo, ya no gritas. Tu hijo ha pintado la pared: en lugar de entrar gritando, pregunta: "¿Qué ha pasado aquí?". Es obvio que lo estás viendo, pero eso ya frena el impulso. La firmeza es muy importante, pero aunque seamos firmes, hay que hacerlo de forma consciente.
- Se ve mucho que quien tuvo un padre muy autoritario acaba siendo demasiado permisivo con sus hijos. ¿Por qué caemos en ese extremo?
- Pasa mucho y es una paradoja: con las mejores intenciones conseguimos los peores resultados. Por eso es tan importante tener claros nuestros objetivos como padres, incluso apuntarlos, porque cuando lo escribes es cuando lo visualizas. Educar no es pensar a corto plazo, es a medio plazo. Y eso incluye tener claro que poner límites es necesario y es una prueba de amor, si lo hacemos con coherencia y desde el respeto. Lo que diría a los padres y madres que se sientan así es que piensen qué es lo que más les gustaba de sus propios padres y que lo imiten. Y qué es lo que no les gustaba, que lo elaboren y lo eviten, pero no yéndose al extremo contrario, sino trabajando paso a paso en base a lo que necesita su hijo.
- Las familias son cada vez más equilibradas, pero la carga silenciosa sigue recayendo sobre las madres: a ellas llaman cuando el niño se pone malo, a ellas les pesa la culpa cuando se toman un momento para sí mismas... ¿Cómo se rompe ese círculo?
- Hay una evolución positiva, pero todavía queda trabajo. Cada vez me siguen más hombres, pero sigue habiendo muchos que dicen "yo ayudo en casa". En el momento en que dices "ayudar" ya estás diciendo que no es tu responsabilidad. Eso todavía tenemos que cambiarlo. Y en el caso de las mujeres, parece que las madres os boicoteáis a vosotras mismas porque no os permitís descansar. Siempre tenéis esa culpa. Pero los niños necesitan papás y mamás felices, y cuidarte no es solo invertir en ti, también estás invirtiendo en la relación con tu hijo.
- ¿Qué consejo darías para que empiecen a priorizarse, entendiendo que por eso no son malas madres?
- En consulta siempre aconsejo lo mismo: papá y mamá tienen que ser un equipo, y cada uno tiene que tener claras sus necesidades, no solo como padre o madre, sino como persona. Necesito estar con mis amigas, momentos para recargar pilas. Cuando tienes claras tus necesidades, puedes coordinarte con tu pareja para que ambos las tengáis. Y hay que agendarlas. Con la matriz de Eisenhower [hacer, programar, delegar y eliminar], el autocuidado siempre acaba en el cuadrante cuatro, que siempre evitamos. Tiene que estar en el dos: algo que agendamos y que hacemos sí o sí, sin culpa, porque va a revertir en un mejor vínculo con tu hijo.
- ¿Qué ocurre cuando los dos miembros de la pareja no están de acuerdo en cómo educar?
- No tenemos que ser iguales ni hacer todo igual. Los niños se adaptan perfectamente a cada uno. Mi hijo sabe que a mí me encanta el dulce y que su madre es más rígida con ese tema, por eso viene a mí y me dice: "Papi, te invito a un bombón". Y sabe que se lo voy a dar. Eso es bueno: así aprenden a adaptarse. Pero para lo importante: límites, elección de colegio y decisiones clave, hay que hacer claustros.
- ¿Qué son los claustros?
- Que cada mes, da igual el modelo familiar, los dos miembros de la pareja se sienten a hablar. Empezar siempre por algo positivo y luego: "¿Qué es lo que más nos está costando?". Cada uno puede tener su estilo, pero para todo lo que tiene que ver con respeto, seguridad, salud y decisiones importantes hay que consensuar. Y esa decisión tiene que tomarse no en base a nuestras posturas, sino a lo que realmente necesita el niño.
- Muchas veces la autoridad se transforma en grito y pensamos que así es como estamos marcando límites. ¿Cómo sería una autoridad psicológicamente aceptable?
- Se confunde mucho. Pensamos que la autoridad es gritar; incluso hay familias que lo único que hacen es decirle al niño: "No hagas esto", desde los gritos. Y como decía Carlos González, "nos pasamos el día gritando y diciendo que no a todo, y así es como perdemos la autoridad". Lo que necesitamos no es levantar la voz, sino ser firmes. No sirve de nada gritar cinco veces: "Deja la pistolita de agua ahí". Y no hacer nada después. Eso no es autoridad. La autoridad es: "Cariño, no puedes hacer esto con la pistolita porque estás molestando; juega allí". Y si sigue, le retiramos la pistolita. Que el niño sepa que hay una norma y una consecuencia. Autoridad es firmeza, pero también es educación: hacerlo con un sentido y por el bien del niño. Obviamente, ningún niño te va a decir: "Gracias, papi, por quitarme la pistolita", pero no tienes que pensar en ese momento, sino a medio plazo.
- ¿Por qué no deberíamos ser amigos de nuestros hijos, al menos, hasta que sean mayores?
- Cuando decimos que queremos ser amigos de nuestros hijos, en realidad queremos una relación donde podamos hablar, estar con ellos, compartir cosas. Pero para eso no hace falta ser amigos; basta con tener complicidad. Un amigo no te pone límites. Cuando tu hijo tenga 15 años y pruebe el alcohol, tú no vas a decir lo que diría un amigo: "Ah, qué bien, campeón". Tú le vas a marcar el límite y le vas a decir que no. Los amigos son muy importantes, pero padre y madre solo tiene unos. Antes de ser su amigo, tu hijo te necesita como padre o como madre: para ponerle límites, para preocuparte por él, para decirle que no cuando toca. Y eso un amigo muchas veces no lo hace.
- En el tema de las rabietas, ¿cómo nos gestionamos a nosotros como padres -y no solo al niño-, sobre todo cuando ocurren en un contexto social y encima tienes la presión de la gente mirando?
- Lo llevamos peor cuando es una rabieta social, precisamente por lo que dirán. Pero cometemos tres errores muy grandes. El primero: nos lo tomamos como algo personal. La rabieta es una señal de que tu hijo necesita algo: sueño, hambre o frustración porque tiene que aprender a gestionar un no. No es algo personal; es algo que al niño le sale sin querer. Lo importante no es que tu hijo te dé la razón, sino acompañarle para que entre en calma, y ahí es donde se puede trabajar. El segundo error es centrarnos demasiado en el momento de la rabieta. Hay que ayudar al niño a canalizar esa energía, sí, pero donde realmente aprende a manejar las frustraciones es en el pre y en el post, y eso muchas veces lo dejamos pasar. En el post, por ejemplo, es donde un niño aprende que la próxima vez que quiera un cochecito, en lugar de pedirlo gritando, puede decir: "Papá, para mi cumpleaños me lo compras". Y ahí es cuando se trabaja. El tercer error es querer debatir y negociar cuando el niño está en modo Hulk. Ahí tu hijo no piensa.
- ¿Y entonces ahí qué hacemos?
- Hay que ayudarle a romper ese bucle de frustración, pero no podemos esperar diálogos ni negociar con él. Lo que tenemos que hacer es acompañarle para que vuelva a estar bien. He visto familias negociando con el hijo que quiere chocolate justo delante del pasillo del chocolate. Vete a otro pasillo y verás cómo es mucho más fácil, porque le has quitado el foco. Lo que tenemos que conseguir no es que nos dé la razón, sino que vuelva a un estado de calma y entienda que ese chocolate no se lo vamos a comprar. Muchas veces acabamos tan saturados que se lo compramos, y el niño aprende que si mantiene la rabieta, consigue lo que quiere. Por eso, gestionar las rabietas es un trabajo más de los padres que de los niños.
- A nuestros ojos los abuelos son la figura que todo lo permite: el dulce extra, la tele sin límite, el capricho que en casa no se da. ¿Cómo se gestiona ese choque?
- Los abuelos son supernecesarios: está demostrado que para un niño tener esos referentes es vital. Hay un mito que dice que solo están para consentir, pero los abuelos también enseñan valores. El problema es que no tienen la energía que tenemos nosotros para afrontar según qué batallas. Y solo lo entenderemos cuando seamos abuelos: ellos ven a nuestros hijos de una forma que todavía no comprendemos, y les cuesta muchísimo decirles que no. Por eso la clave vuelve a ser la comunicación. Cuando los abuelos entienden la necesidad, es más fácil que lo cumplan. Y sobre todo hay que implicarse en la solución: "Si tienes algún problema, llámame y yo me encargo". Los abuelos se quedan más tranquilos.
- Hablemos de autoestima. ¿Qué etiquetas o comentarios debemos evitar con nuestros hijos?
- La palabra "auto" parece que implica que ellos mismos tienen que construirla, y es cierto, pero cuando son pequeños viene en gran parte de nosotros. Somos sus referentes: nos creen a pies juntillas todo lo que decimos. Como con el Ratoncito Pérez. Cuando le dices que es un desastre, también. Por eso cuando nos equivocamos y etiquetamos, hay que ser humildes y reconducirlo: "Cariño, papá ha dicho esto porque estaba nervioso. Tú no eres un desastre; lo que está hecho un desastre es el cuarto, mira cómo está". Las etiquetas, tanto positivas como negativas, pueden hacer mucho daño. Pero la autoestima no es solo eso: está demostradísimo por las teorías de Bowlby, y me encanta cómo lo trabaja Rafael Guerrero, que el vínculo es fundamental. Muchas veces llegamos cansadísimos y lo que menos apetece es ponerse a jugar al baloncesto. Es suficiente con decirle: "Cariño, estoy muy cansado, ¿me puedo sentar cinco minutos a verte jugar?". Para él eso es un mundo. Es mejor poco tiempo pero constante que mucho tiempo de forma esporádica.
- ¿Y cómo trabajamos su autonomía?
- Un niño que se siente capaz tiene un nivel de autoestima brutal. La autonomía no es obediencia; es que pueda tomar sus pequeñas decisiones y ser consecuente. "Venga, ponte tú la leche", y seguro que llena la mesa de leche, pero es parte del proceso. Y luego está el punto que más nos cuesta: ser un espejo que refleja la realidad. Si tu hijo dice: "Papá, soy el mejor y el más rápido del mundo", no le digas que es el más lento, pero algún día cuando te rete a una carrera, gánale. Habrá una rabieta, pero los niños necesitan saber cómo son; un exceso de autoestima es igual de perjudicial que una baja autoestima.
- Pero, a veces, nos falta paciencia para que vierta toda la leche si hay que ir al trabajo y antes dejarlo en el colegio.
- Cuando acabé la carrera pensaba que autonomía todos los días, incluso el lunes a las 8 cuando hay que ir al colegio. Cuando eres padre aprendes la teoría del justo medio: ni todo es blanco ni todo es negro. Tuve en consulta una familia con cinco hijos; ¿cómo les digo yo que los cinco practiquen la autonomía a diario? Pero sí hay momentos, como el fin de semana, en los que podemos trabajarla con más calma: "Venga, ponte tus zapatillas", y no pasa nada si tardan un poco más. El consejo sería ser consciente de su importancia y adaptarla al día a día. Si entre semana no hay tiempo, aprovecha el fin de semana. Y en el claustro familiar decidid dos cosas concretas a trabajar, por ejemplo el cepillarse los dientes y ponerse las zapatillas, y volcaos en eso. Igual de importante es dejar que el niño también nos enseñe a nosotros: muchas veces cuando lo ven como un juego en lugar de como una imposición, es mucho más fácil que lo aprendan.
- ¿Y qué pasa con las emociones difíciles? ¿Hay que dejar que el niño llore o hay que intervenir?
- No hay que cortar el llanto ni la tristeza; hay que ayudar a los niños a regularse. Ese primer paso de "no llores por esto" hay que evitarlo: es muy sano llorar, y hay que decírselo. Como profesor me doy cuenta de que muchos preadolescentes prefieren hablar con la IA antes que con sus padres, o directamente no hablan de emociones. En esta época de inteligencia artificial, la inteligencia emocional es algo vital. Marca la diferencia. Ahora bien, cuando el niño entra en bucle y lo vemos completamente desbordado, ahí sí hay que ayudarle a bajar esa emoción. Pero nunca con pantallas o "chupetes digitales". Siempre con el contacto y la palabra. No se trata de poner un parche, sino de acompañarle para que pueda bajar esa emoción hasta un estado en que pueda gestionarla.
- Es fácil juzgar al padre que le pone la pantalla al niño en el carrito, hasta que te quedas tres horas con un niño pequeño y entiendes perfectamente por qué lo hace. ¿Cómo se gestiona esa contradicción sabiendo los efectos que tiene en el desarrollo?
- Podría decir que no debería haber pantalla hasta los 6 años, pero no sería honesto: yo a mi hijo se la he dado. En el día a día nos puede pasar lo que comentas, y a veces la necesitaremos. Pero hay que hacerlo con criterio y de forma consciente. Si le pongo la pantalla todos los días, lo estoy haciendo por mi comodidad. Otra cosa es que sean las 11 de la noche, he hecho un millón de cosas y tengo que seguir trabajando: ahí le pongo algo educativo y me siento a su lado mientras trabajo. Esa es la diferencia entre hacerlo con un propósito o hacerlo de forma reactiva. El problema es cuando lo generalizamos, y ahí es cuando vemos niños paseando por la calle mirando una pantalla.
- Pero las pantallas deben ser la excepción, no la norma, ¿no? Y vemos que no es así...
- Yo soy partidario de que no haya pantallas en las comidas: a veces el niño comerá en 10 minutos para terminar rápido, pero en esos 10 minutos habremos hablado. A lo mejor él no te habla, pero tú le hablas a él, y al final estás creando un hábito. E incluso cuando las usemos, deberíamos hacerlo con ellos: no el móvil, no el scroll infinito, sino un "vamos a ver una película juntos y la comentamos". Para que, dentro de lo que tiene de negativo, el efecto sea lo más positivo posible.
- ¿Y cuando la pantalla afecta a los padres, que no paran de ver en redes sociales temas de crianza y se vuelven un poco locos buscándolo todo en Google o en la IA hasta que enloquecen?
- El primer maestro que tenemos que tener siempre es nuestro hijo. Antes de buscar en la IA o en las redes sociales, hagamos ese claustro del que hablaba: nos sentamos con una copa de vino y hablamos de qué es lo que más nos cuesta, dos o tres cosas. Si ya hay mil, hay que ir al psicólogo. Pero dos o tres cositas las podemos resolver nosotros solos. La IA te dice lo que quieres escuchar: lo probamos en un podcast con Pau García, le preguntamos algo, le dijimos: "Esto me parece una locura". Y nos respondió "tienes razón" y lo cambió. Y en las redes sociales encontramos trucos en un minuto que queremos aplicar sin saber si están adaptados a nuestra familia. Lo más importante es estar con nuestros hijos para aprender de ellos, y comunicarse con la pareja para decidir juntos qué cosas aplicamos.
- ¿Cuál es la mayor lección que has recibido siendo padre y siendo experto en este tema?
- La mayor lección me la enseña día a día mi hijo. Suena a tópico, pero es cierto: me ha cambiado el chip y la perspectiva. Antes era muy radical con según qué cosas: las pantallas, la comida sana, no llevarlo tanto en brazos. Ahora cada mañana lo bajo a desayunar en brazos y tiene 7 años y 30 kilos. Me queda poco, dentro de nada ya no podré. Lo que he aprendido es que no todo es blanco o negro, que la psicología hay que adaptarla a cada uno y a sus circunstancias. Y que no tenemos que perder los momentos, porque en nada, aunque una rabieta parezca eterna, tu hijo ya elige su ropa, ya no te pide un cuento, ya no te pide que le cojas en brazos. Tenemos que priorizar estar con nuestros hijos, en lugar de que la casa y los menús sean perfectos, cuidarnos y ser felices.

Javier de Haro es autor de 'Disfrutar la crianza', además de profesor, psicólogo y padre.JAVIER BARBANCHO
Disfrutar la crianza. Tu guía para educar con alegría y sin culpa
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