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Las ballenas del Estrecho de Gibraltar "ya no pueden grit...
Getty Images · 2026-05-08 · via Medio Ambiente

Más de 60.000 barcos cruzan cada año el Estrecho de Gibraltar. Un corredor de agua que conecta el Atlántico con el Mediterráneo y que sostiene buena parte del comercio global. Bajo esa superficie, sin embargo, existe otro mundo mucho más frágil, el de una pequeña población de calderones de aleta larga (Globicephala melas), apenas 250 individuos, catalogados en peligro crítico de extinción.

Para estos cetáceos sociales, la vida cotidiana se ha convertido en un ejercicio constante de supervivencia en medio de una autopista. Deben esquivar barcos mientras buscan alimento, coordinan movimientos en grupo, encuentran pareja y crían a sus crías. Pero el mayor obstáculo no siempre es físico, sino sonoro.

Un equipo internacional liderado por Milou Hegeman y Frants Jensen, de la Universidad de Aarhus, junto a científicos de varios países europeos y Estados Unidos, ha documentado un fenómeno inquietante, que los calderones están aumentando el volumen de sus vocalizaciones para hacerse oír por encima del ruido del tráfico marítimo.

El estudio, publicado en Journal of Experimental Biology, revela no solo una adaptación, sino también un límite. Los animales intentan compensar el ruido, y no siempre pueden hacerlo lo suficiente.

Para entender qué ocurre bajo el agua, los investigadores llevaron a cabo una campaña entre 2012 y 2015 a bordo del buque Elsa. Colocaron dispositivos de grabación con ventosas en el lomo de 23 calderones utilizando una pértiga de seis metros. Estos sensores registraban el movimiento, la profundidad y, sobre todo, el paisaje sonoro en el que se movían los animales. Tras 24 horas, se desprendían y flotaban para ser recuperados.

El resultado fue un archivo excepcional con más de 1.400 llamadas analizadas en laboratorio, lo que permitió reconstruir no solo qué sonidos emiten, sino en qué contexto y con qué función.

Cuatro formas de hablar... y una de perderse

El equipo clasificó las vocalizaciones en cuatro tipos: llamadas de baja frecuencia, llamadas cortas y pulsadas, llamadas de alta frecuencia y llamadas de dos componentes. Las más importantes para la cohesión del grupo son las de baja frecuencia y las de dos componentes. Viajan más lejos en el agua y son esenciales para que los individuos se localicen entre sí, especialmente tras largas inmersiones en busca de alimento. Y es ahí es donde aparece el problema. Esas llamadas ya están en su volumen máximo.

El entorno acústico del Estrecho no deja margen. Los niveles de ruido registrados oscilan entre 79 y 144 decibelios, una escala que va desde el bullicio de un restaurante lleno hasta el estruendo de una aspiradora a escasa distancia.

En ese contexto, los calderones intentan adaptarse aumentando ligeramente la intensidad de sus llamadas cuando el ruido sube. Pero no todas las vocalizaciones pueden amplificarse por igual. Las llamadas más suaves pueden elevar su volumen lo suficiente para seguir siendo útiles. Las más importantes, las de largo alcance, ya están al límite fisiológico. Es decir, "y no pueden gritar más fuerte", apunta el estudio.

El fallo en la comunicación no es un detalle menor. Las llamadas más potentes son precisamente las que utilizan los calderones para reencontrarse con su grupo al regresar a la superficie tras sumergirse. Si esas señales no llegan, el grupo se fragmenta.

"El aumento del ruido reduce el alcance efectivo de la comunicación", explica Jensen. En términos prácticos, individuos que antes podían encontrarse a cierta distancia quedan fuera de ese rango.

Con solo 250 ejemplares, cualquier alteración en la cohesión del grupo puede ser crítica. La dificultad para reencontrarse tras la caza, para coordinarse o incluso para localizar potenciales parejas en otras manadas introduce un factor de riesgo añadido en una población extremadamente vulnerable.

No se trata solo de ruido. Se trata de un aislamiento progresivo e invisible que no deja cadáveres inmediatos, pero que erosiona lentamente las posibilidades de supervivencia.

El estudio demuestra que los calderones están haciendo todo lo posible por adaptarse al entorno que hemos creado. Han modificado su comportamiento, han ajustado su comunicación, y han llevado su capacidad vocal al extremo.

"El ruido en el mar afecta hoy en día a todos los eslabones de la cadena trófica, desde las plantas hasta los cetáceos, pasando por fitoplancton e invertebrados. El aumento de los niveles de ruido en algunas áreas donde las actividades humanas se concentran implica una adaptación de las especies presentes", apunta Michel André, director del Laboratorio de Aplicaciones Bioacústicas de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC).

El caso del Estrecho de Gibraltar es paradigmático de un problema global: la contaminación acústica marina. A diferencia de otros impactos, este no es visible. No deja manchas ni residuos, pero altera profundamente la vida de las especies que dependen del sonido para sobrevivir.

Para los calderones, el mar ya no es un espacio de resonancia natural, sino un entorno saturado donde cada mensaje compite con el rugido constante de los motores. Y si una especie tiene que gritar al máximo de sus capacidades solo para mantenerse unida, el problema no es su forma de comunicarse, sino el mundo en el que la obligamos a hacerlo.

Reducir el ruido no es una opción estética ni una cuestión secundaria. En lugares como el Estrecho puede ser la diferencia entre que una población sobreviva o que, simplemente, deje de escucharse para siempre.