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En las gélidas aguas del río Dnipró, en Kiev, decenas de cisnes se encuentran atrapados en una franja de agua que se estrecha cada día más debido al avance del hielo. Con temperaturas que han descendido a menos de 20 grados bajo cero, estas aves dependen hoy de la solidaridad de los ciudadanos, quienes acuden a la orilla para alimentarlas. Según los residentes, la falta de migración de estas aves se debe a que los últimos inviernos fueron más suaves, lo que hizo que perdieran la costumbre de volar largas distancias. Sin embargo, la naturaleza no es la única amenaza que acecha bajo este frío extremo.
Mientras los habitantes de la capital intentan salvar a los cisnes, Ucrania enfrenta una crisis humanitaria provocada por el ataque ruso "más potente" del año contra su infraestructura energética. Aprovechando la vulnerabilidad de la población ante el clima polar, las fuerzas rusas lanzaron una ofensiva masiva de 71 misiles y 450 drones, de los cuales una gran parte fue interceptada por las defensas ucranianas. No obstante, el impacto fue devastador: cientos de miles de personas, incluidos niños, se han quedado sin calefacción en ocho regiones del país, incluyendo Kiev, Dnipró y Járkov.
El presidente Volodímir Zelenski denunció que Moscú esperó deliberadamente a los días más fríos para "acumular misiles" y atacar, buscando desmoralizar a la población civil. Este ataque se produce en un momento de alta tensión diplomática, justo antes de la visita del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y de las negociaciones de paz previstas en Abu Dabi bajo mediación estadounidense. A pesar de los esfuerzos internacionales y las promesas de Donald Trump de acabar con la guerra, el conflicto sigue cobrando un precio altísimo, dejando tanto a personas como a animales a merced de un invierno implacable y el fuego de los proyectiles.




























