






















«Fue muy raro besar a Patrick porque es muy buen amigo mío. Y, ya sabes, soy heterosexual, él también. Eso ya es raro. Habría sido más fácil si fuera la primera vez que nos viéramos, pero Patrick ya era como un hermano para mí. Fue un poco chungo». Ya era como un hermano tras las cámaras, sí, pero ante ellas era, de hecho, su hermano.
Si el creador de The White Lotus, Mike White, apuntaba maneras en la segunda temporada con una escena de sexo entre tío y sobrino, por mucho que no quedara claro cuánto había de biológico en su relación familiar, en la secuela rodada en Tailandia decidió ir con todo. Sam Nivola no ocultaba su incomodidad en una entrevista concedida a Variety cuando descubrió que su personaje, el jovencito Lochlan, tendría que besar y masturbar a su hermano mayor Saxon, interpretado por Patrick Schwarzenegger, en una secuencia de esas que levantó ampollas entre la audiencia pero que nadie se quiso perder.
Es innegable el atractivo de lo chungo. Innegable... ¿e inocuo?
Tampoco Sorrentino se ha resistido últimamente a explorar el universo del deseo entre hermanos y ha dedicado su último y, cómo no, onírico filme a reconstruir con todo lujo de detalles la mirada pecaminosa del joven Raimondo hacia su hermana pequeña, la Parthenope que da nombre a la película. Un deseo que lleva hasta las últimas consecuencias. Todo tiene un fuerte poso mitológico, sí, pero incestuoso, al fin y al cabo.
En un universo audiovisual que fluye con tal fuerza en nuestras televisiones y teléfonos que las calificaciones por edades son sólo un icono más en la esquina de la pantalla, la sexualidad es un torrente que lo invade todo. Atrás quedaron los tiempos en que la chica salía de la cama tras una noche de pasión envuelta en una impoluta sábana blanca. Hoy quien más, quien menos enseña un cachete del culo, y en esta escalada por impresionar al respetable el incesto parece el último tabú. O quizá ya ni eso.
Hace 13 años que Juego de Tronos rompió el hielo -y la crisma de uno de sus protagonistas, de paso- en su primer episodio, cuando el pequeño Bran descubría a los hermanos Cersei y Jaime Lannister en plena faena y terminaba volando por la ventana del castillo, no se fuera a chivar. Sería la primera de muchas relaciones entre familiares a lo largo de ocho temporadas y varias secuelas. Y tuvo un curioso efecto en ese espejo de nuestros deseos más ocultos que son las búsquedas online.
"Es un cebo para atraer a los niños a la pornografía, les brinda la posibilidad de fantasear con alguien accesible"
Gail Dines, socióloga especializada en pornografía y CEO de Culture Reframed
Según los datos que cada año recopila Pornhub, segundo portal pornográfico más visitado del mundo, en 2014, en pleno apogeo de amor y desamor familiar en Juego de Tronos, al público le dio por solicitar imágenes íntimas de madres e hijos, biológicos o no, para calentar sus momentos más personales. Madrastra y madre irrumpieron en el cuarto y quinto puesto, respectivamente, de los términos más buscados del año; en el 13 se colocaba ya hermanastra, un hit que no dejaría de escalar posiciones en los años siguientes.
En 2017 ya era la quinta preferencia y en este mismo momento un simple vistazo a la web que visitan más de 130 millones de personas cada día confirma que follarse a la madrastra, recibir una mamada de la hermanastra o directamente, correrse encima de la hermanita pequeña son fantasías consolidadas. Y si no, que se lo pregunten a Los Planetas, que siguen arrastrando las consecuencias de aquel Mi hermana pequeña («...Y por las noches ella me recompensa») que usaron como clickbait en 1999.
Nos hemos sumergido, sin darnos cuenta, en la era de la simulación del incesto. Incluso le hemos puesto nombre: bienvenido a los tiempos del fauxcest, y agárrese, que esto va mucho más allá del sexo.
En ese hilo directo que vincula la ficción mainstream con la pornografía cabe preguntarse: ¿pide el público en privado lo que ve en la tele en público, ofrece la tele en público lo que el público pide en privado o directamente, nos están manipulando en lo más íntimo? La socióloga Gail Dines lo tiene clarísimo: «La pornografía moldea el panorama de todo lo que vemos. Cada vez observamos más ideas pornográficas en la corriente generalista».

Erigida en el gran azote mundial de la industria X, la doctora Dines, de origen británico pero afincada en EEUU, vive en permanente contacto con la policía y el FBI e imparte sus conferencias con escolta. «Han amenazado con volar mi coche y mi casa», asegura. El acoso de los activistas pro porno llegó a tal punto que su hijo se cambió el apellido cuando se convirtió en padre y ella mandó construir una habitación del pánico en la buhardilla de su casa. «Francamente, si yo perteneciera a la industria del porno me habría asesinado hace tiempo», reconoce en una conversación por videoconferencia. No nos está permitido decir desde dónde.
El odio de los gigantes del entretenimiento para adultos hacia esta investigadora surgió hace 30 años, cuando derivó sus indagaciones sobre la violencia contra las mujeres hacia la influencia de la pornografía en el comportamiento humano, pero se recrudeció una década atrás cuando fundó Culture Reframed, una ONG dedicada a analizar y combatir los daños que produce el acceso a estos contenidos en las mentes más jóvenes.
Y es que la doctora Dines no se corta un pelo en sus apreciaciones. Por ejemplo: «El fauxcest es un cebo para atraer a los niños a la pornografía. Ellos quieren ver a alguien con quien puedan imaginarse teniendo sexo. A una mujer adulta de veintitantos años no podrían conseguirla, así que apuestan por actrices que aparentan tener su edad, a ser posible con ortodoncia, coletas y uniforme escolar. Y ahí es donde entra el argumento de la hermana». Por si fuera poco, remata: «Una vez normalizado este contenido, un pequeño porcentaje de los espectadores menos maduros pasará a la acción. ¿Con quién? Con la niña que duerme en el cuarto de al lado, claro, que es la que tienen más a mano. Casi el 50% de las violaciones a menores las cometen chicos adolescentes».
"Nadie se cree que Rambo se está cargando a 200.000 chinos de una ráfaga de tiros, pero todos nos tragamos que el tipo de la pantalla dura una hora dale que te pego"
Antonio Marcos, presidente de APEOGA y productor de cine porno
Según datos del Ministerio de Justicia, siete de cada 10 adolescentes consumen pornografía de forma regular en España, y el 53,8% de los jóvenes entre 12 y 15 años afirma haber accedido a estos contenidos por primera vez entre los seis y los 12 años. «No llegan de manera intencionada, como lo haría un adulto, sino más bien por accidente, por curiosidad o por presión de grupo. También, por desgracia, en busca de una educación sexual que no encuentran en ningún otro lado. Quieren aclarar muchas preguntas sin respuesta», explica Ester Barrios, pediatra de Atención Primaria y vocal del Comité de Bioética de la Asociación Española de Pediatría.
Junto a la también pediatra e investigadora en Bioética Montserrat Esquerda, Barrios publicó hace algunas semanas un exhaustivo análisis de la literatura científica reciente sobre la influencia del consumo de la pornografía online accesible y gratuita en la toma de decisiones de los adolescentes en cuanto a la comprensión, o no, del consentimiento sexual. Y sus conclusiones, ya imaginará, no son muy halagüeñas: «No tienen edad para diferenciar qué es ficción y qué normalidad, así que el consentimiento está completamente viciado y ellos esperan de las relaciones cosas que no son reales».
«Nadie se cree que Rambo sea capaz de cargarse a 200.000 chinos de una única ráfaga de tiros, pero todos nos tragamos que el tipo de la pantalla dura una hora dale que te pego y terminamos en el médico preguntando si padecemos eyaculación precoz porque no somos capaces de aguantar más de 15 minutos», amplía el espectro Antonio Marcos, presidente de la Asociación de Productores y Editores de Obras y Grabaciones para Adultos(APEOGA). Y agrega: «No te quiero ni contar lo que se cree un niño».
"El porno no es dañino por naturaleza, pero la forma en que se consume y se repite puede tener un impacto real"
Erika Lust, directora de cine erótico y activista del porno ético
Marcos ha acuñado el término pornografía buitre para referirse a la industria actual que, asegura, tiene poco o nada que ver con lo que era el entorno del entretenimiento para adultos hace 10 años. «La pornografía gratuita en internet es el medio que mejor capta a la gente para conseguir sus datos, utiliza el sexo para llegar hasta lo más íntimo de las personas. Van en busca de niños de ocho o 10 años y les hacen un seguimiento: desde el colegio al que van a la ropa que visten. Al final, cuando ese chaval tenga 30 será un monigote en manos de una multinacional que no se diferencia en casi nada de cualquier red social», explica al teléfono. «Es la sociedad perversa en la que estamos viviendo, un engaño bajo el postulado de la supuesta libertad».
Antonio Marcos fue pionero en la industria del cine porno en España y es testigo desde primera línea de cómo las fantasías que él creaba para la ficción escapan a menudo de la pantalla, para horror de algunos... o más bien, de algunas. «Cuando empezamos a producir películas X en el 89, el sexo que representábamos era de lo más inocente, incluso ignorante: una mamada, un misionero... Pero cuando fueron llegando las películas de EEUU con sexo anal tuvimos que introducirlo también, y muchas mujeres se me echaban encima: 'Por qué coño lo habréis hecho, ahora les ha dado a todos por querer hacerlo por el culo'», recuerda.
El panorama se ha ido recrudeciendo, sobre todo con la entrada en escena de grandes plataformas como XVideos o Pornhub, que producen su propio contenido y tiran del atractivo de los actores amateur, pero también de Onlyfans, su versión yo me lo guiso, yo me lo como. «Todos tenemos en mente la imagen del proxeneta que se iba a las estaciones en busca de niñas inocentes a las que captar», rememora el productor. «Pues eso hacen esas plataformas: te dicen que vas a ganar 18.000 o 20.000 euros al mes y bailas de coronilla. Te dicen que tienes que follarte a tu madre y allá que vas. Para ganar más, cada vez hay que ser más bestia. Esto es como un accidente en la autopista: a nadie le gusta ver al muerto, pero nos paramos todos. Pues la pornografía de internet produce ese accidente con el Me follo a mi madre. Y por extensión, también las producciones comerciales».
"En este tabú se mezclan aspectos humanos de gran complejidad, como la familia, la infancia, la violencia o el género que tienen una implicación ética"
Loola Pérez, psicosexóloga y filósofa
El 5 de diciembre de 2017 otra conocida productora y directora porno, Erika Lust, publicó un manifiesto en forma de hilo de Twitter: «Nunca verás simulaciones de incesto, violación, coerción, etc., en mis películas. Creo que los mensajes que transmitimos son importantes». La cineasta sueca, residente en Barcelona desde hace 25 años, es una de las precursoras del llamado porno ético, que surge como respuesta al carroñerismo que definía Antonio Marcos unas líneas más arriba. «Hay ciertas narrativas que, simplemente, elijo no explorar en mis películas, y el fauxcest es una de ellas», confirma por email. «Las historias que contamos moldean la cultura, y yo utilizo el cine erótico para explorar el deseo con profundidad, cuidado y curiosidad. El incesto, incluso en su forma insinuada, no encaja dentro de esa visión. Ese límite forma parte de mi integridad creativa».
«No se trata de trazar líneas morales, pero sí es importante reconocer cómo funciona la ficción», explica. «Para mí, importa qué tipo de fantasías elegimos amplificar porque circulan ampliamente y dejan huella en cómo pensamos en la intimidad, el poder y los vínculos. El porno no es dañino por naturaleza, pero la forma en que se consume y se repite puede tener un impacto real. Las representaciones repetitivas y deshumanizantes influyen en cómo las personas se relacionan entre sí, y el fauxcest responde a una estrategia construida en torno al clic, no a la conexión».
Queda claro que lo que vemos en pantalla, por irreal que parezca, hace mella. ¿Pero en qué medida? «Fantasía sexual y conducta sexual implican realidades diferentes», advierte Loola Pérez, psicosexóloga y filósofa. «Que se exponga contenido incestuoso en la ficción mainstream no quiere decir que esté más normalizado en las conductas de las personas. Quizá sí que su representación es menos conflictiva, que se libera la representación de dicha fantasía».
"En la consulta de pediatría vemos relaciones entre hermanastros menores de familias reconstituidas, y es difícil discernir si ha habido consentimiento"
Esther Barrios, pediatra de Atención Primaria especialista en Bioética
«En el tabú del incesto se mezclan aspectos humanos de gran complejidad, como la familia, la infancia, la violencia o el género. Transgredir el orden que sentimos como natural tiene una implicación ética, no es algo que se viva como neutral», explica. «Es posible que la excitación que provoca responda a la exposición de dinámicas de poder. Pero es importante distinguir cuándo se dan relaciones abusivas y reivindicar que lo que pasa en tu imaginación debe quedarse en tu imaginación. Las personas tenemos capacidad de autocontrol y valores sobre cómo orientar nuestros comportamientos».
La pediatra Ester Barrios confirma que no ha visto en su consulta nada que se asemeje a un bum de relaciones incestuosas entre hermanos, aunque sí reconoce que ha asistido a varios casos de sexo entre hermanastros en familias reconstituidas, como ya adelantaron Los Serrano hace 20 años. Para escándalo de nadie, por cierto. «En esas situaciones es muy complicado discernir hasta qué punto se trata de una relación consentida. A lo mejor la niña tiene 12 años y su hermanastro, 14, que parece un asunto de igual a igual, pero el problema llega cuando se produce una asimetría de poder por madurez, por fuerza física o porque exista algún elemento de coacción, externa o interna al no saber decir que no. Es, sin duda, una situación muy anómala», afirma.
Lo que sí aprecian los pediatras desde hace algunos años es una aceleración cada vez mayor en el acceso inicial al sexo. «Hace años, en nuestros tiempos, primero empezábamos con besos, caricias, toqueteos... Era tremendamente difícil llegar a un coito, mucho menos atreverse a los tipos de coito a los que llegan ahora, con sexo anal y conductas violencias, y eso es propio del consumo de pornografía», expone la doctora Barrios, que alerta, además, de que el acceso repetitivo da lugar irremediablemente a «una escalada» en el tipo de imágenes que se buscan, cada vez más humillantes, violentas o vejatorias por pura tolerancia, en un modus operandi similar a como funciona la adicción a las drogas.
Siete de cada 10 adolescentes consumen regularmente pornografía en España. Llegan a ella entre los seis y los 12 años
Datos del Ministerio de Justicia
Ella apuesta, en cualquier caso, por la alfabetización pornográfica, que consiste básicamente en un visionado crítico de escenas eróticas entre padres e hijos. «Tenemos que hablar de ello porque ya no podemos evitar que lo consuman. Lo van a ver, todos lo hacen, y el menor que ha sido educado reconoce la violencia sexual y la rechaza, con el añadido de que la violencia sexual en la infancia no suele ir mediada por una agresión física sino más bien con ciertas formas de chantaje, de secreto o de juego». Sin embargo, su método educativo no siempre encuentra los parabienes de familias y profesores, reacios a ser ellos quienes introduzcan a los niños en una materia tan incómoda.
«Si nos fijamos en las categorías hermanastro, niñera, padrastro, las más populares son las que involucran a chicas jóvenes con rasgos casi infantiles, pero ojo, que el gancho no sólo tiene a los menores como objetivo», alerta Gail Dines, la activista anti pornografía que tuvo que bunkerizar su vida. En una de sus investigaciones, la socióloga entrevistó a varios hombres presos por posesión de pornografía infantil y violación de una menor. «Ninguno era pedófilo, pero todos eran adictos al porno», asegura.
«Tenían entre 30 y 40 años y jamás se habían interesado por las niñas. Lo que pasó fue que se aburrieron. Necesitaban algo diferente y fueron escalando en los contenidos que buscaban y compartían hasta que se vieron a sí mismos violando a una menor o instalando cámaras ocultas en el cuarto de baño de sus hijas». Por si su testimonio no fuera suficientemente aterrador, agrega: «El tiempo promedio que llevó a estos hombres del visionado de pornografía infantil a la violación de una menor fue de entre seis meses y un año».
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