


























Andrés Marcio tiene 20 años y ya ha burlado la estadística. Como él mismo bromea a través de sus redes sociales, "es más fácil que mueras de un macetazo en la cabeza que consigas estar en la plantilla del Real Madrid o levantes una Copa del Mundo". Pero que nazcas con laminopatía congénita es casi imposible: solo 10 en España, 100 en todo el mundo.
Vive entre su silla y su cama, conectado a un respirador por las noches, con un marcapasos implantado y la certeza de que su corazón puede apagarse en cualquier momento. Lo sabe, claro que lo sabe, pero lo dice con esa media sonrisa de quien ha aprendido a negociar con el destino.
Y aún con todo, hay algo que, a menudo, le da más miedo que la muerte súbita: declararse. Porque en este mundo de cuerpos atléticos, Tinder instantáneo y relaciones desechables, ¿quién piensa en el deseo de alguien como él?
No ha tenido novia. Nunca le han besado. No se ha masturbado. No porque no quiera, sino porque nadie le enseñó que a él también le tocaba: "Ningún médico se ha sentado a hablarme de sexualidad. Jamás".
Y eso que su sueño siempre ha sido ser padre. "Lo tengo clarísimo. Quiero saber lo que se siente al tener un hijo, vivirlo, compartirlo", suelta con la naturalidad de quien no duda, aunque la vida insista en ponerle interrogantes. Andrés ya desafió a su enfermedad al cumplir los 18, la edad a la que, según los papeles, su corazón debería haber dicho basta. Pero esa victoria le deja ahora con otra batalla pendiente: la de romper con los prejuicios que rodean su enfermedad. No solo los de los demás, sino los que él mismo se impone.
"Los estigmas están ahí. Que si la falta de deseo, que si la falta de movilidad, que si somos seres asexuados. Y, la verdad, yo también me enfrento a mis propios prejuicios. Cuando me gusta alguien, muchas veces no me atrevo a 'dar el paso' porque le doy demasiadas vueltas a lo que puede pensar la otra persona. Pero es una chorrada. Al final, el físico no lo es todo y creo que la mejor manera de acabar con este tipo de estigmas es normalizarlo", confiesa.
La sexualidad de las personas con diversidad funcional sigue siendo un tabú. A menudo, la educación sexual les da la espalda y el entorno familiar, temeroso, prefiere evitar el tema. Sin embargo, el deseo no desaparece con la movilidad reducida. La historia de Andrés es la de tantos otros que han crecido sin respuestas y sin acceso a su propio cuerpo. En este contexto, la asistencia sexual surge como una solución para quienes necesitan un acompañamiento que les permita experimentar el deseo afectivo de manera plena y satisfactoria.
El humor y la personalidad también son claves en la atracción humana. Puede que su corazón se agrande con los años y que los riesgos de sufrir arritmias malignas aumenten, pero eso no lo convierte en un marciano. Andrés siente como cualquiera. Se enamora igual. Desea como todos.
La primera vez que se declaró tenía ocho años. Recuerda que fue todo muy infantil y ridículo. A él le gustaba una chica de otra clase y le confesó que le atraía delante de su grupo de amigas. Dijo algo como "oye, ¿sabes que me gustas?". Ella respondió con una sonrisa y un "muchas gracias".
"La gente con diversidad funcional no tiene acceso al placer. Nosotros tratamos de ponerle solución"
Antonio Centeno, fundador del portal web Asistencia Sexual
Cree firmemente en las relaciones humanas auténticas, en la importancia del afecto. La pornografía le repugna. Se reconoce en figuras como el deportista con parálisis cerebral Álex Roca, pero también encuentra eco en las historias de amor convencionales, aquellas en las que ninguno de los protagonistas lleva consigo una enfermedad. Porque, como subraya a lo largo de toda la entrevista, es igual que el resto.
Y aunque carezca de experiencia, lo físico no queda fuera de la ecuación. "El sexo es una parte fundamental en una relación de pareja", admite. Aunque también reconoce que, llegado el momento, podría sentir cierta inseguridad al tratar el asunto: "Me daría un poco de reparo hablarlo por primera vez con mi pareja, pero estoy convencido de que cuando suceda, no tendré ninguna inseguridad. El sexo no me asusta en absoluto".
Cuando empiezo a hablarle de asistencia sexual me frena en seco:
-No sé qué es eso.
Ese mismo desconocimiento es el que enfrentan muchas personas con discapacidad, para quienes el acceso a la sexualidad sigue siendo un terreno desconocido y poco explorado. Antonio Centeno lleva ocho años al frente del portal web Asistencia Sexual. Trata de ofrecer ayuda a quienes no pueden acceder a su propio cuerpo de manera autónoma y, sobre todo, lucha por una idea que incomoda pero que merece una respuesta: la sexualidad de las personas con discapacidad.
"Lo que más genera situaciones de abuso es la situación que tenemos ahora mismo. La gente con diversidad funcional no tiene acceso al placer y no conoce su cuerpo desde el punto de vista sexual. Nosotros tratamos de ponerle solución", defiende.
Reniega del estigma que arrastra el trabajo sexual convencional. Habla de apoyo, de acompañamiento: "Se trata de asistencia, no de interacción sexual en sí misma. La persona asistida decide el tipo de ayuda y cómo la recibe".

Antonio Centeno.J. B. C
Tiene claro que no es un capricho sino una herramienta para alcanzar la autonomía. Pero lo que a muchos como Antonio les parece elemental en España es un campo minado. Porque no hay legislación. Porque no hay reconocimiento legal. Porque cualquier beneficio económico derivado de un trabajo sexual podría considerarse proxenetismo.
Y porque el prejuicio pesa.
"No podemos recibir subvenciones ni financiarnos de manera convencional, por ejemplo, a través de publicidad. Es un enorme obstáculo que, además, fomenta el estigma social hacia quienes se dedican a este trabajo", lamenta.
El sexólogo y responsable del Comité de Ética de la Asociación Sexualidad y Discapacidad, Guillermo González, subraya la importancia de atender adecuadamente "la situación de quienes demandan la asistencia" y, a su vez, garantizar que la persona encargada del acompañamiento "esté lo más profesional y personalmente preparada posible".
Los asistentes se registran en el portal de manera voluntaria y autónoma. No hay una supervisión de los perfiles ni un sistema de verificación infalible. Pero Antonio confía en una comunidad basada en la confianza y la prudencia: "No somos una agencia. No tenemos la capacidad ni la voluntad de fiscalizar todo. Pero sí estamos comprometidos en educar a la gente sobre los riesgos, en ofrecer pautas de precaución y en habilitar un sitio donde se pueda tanto recibir como ofertar la asistencia sexual".
Es un punto de encuentro. Un lugar para que quien la necesite sepa dónde acudir y quien quiera ofrecerla sepa cómo hacerlo. No es perfecto. Pero donde antes había silencio, ahora al menos hay una plataforma.
Mon García es una de esas personas que ha encontrado un espacio para ayudar a los demás en este portal web. La primera vez que escuchó hablar de asistencia sexual fue en la universidad, cuando estudiaba pedagogía. Hasta entonces, la idea de que existiera una figura que ayudara a las personas con diversidad funcional a explorar su sexualidad le era completamente ajena. No lo había imaginado. Pero la curiosidad, dice, es un resorte poderoso: "Al principio investigué un poco, pero no me atreví a dar el paso".
La vida -caprichosa como es- volvió a poner el concepto en su camino año y medio después. Esta vez, profundizó. Vio el documental Yes, We Fuck, codirigido por el propio Antonio Centeno, que se convirtió en un referente al abordar la sexualidad de las personas con discapacidad desde una perspectiva cruda y sin concesiones.
También exploró la web de Asistencia Sexual, y fue entonces cuando comprendió que "no se trataba solo de un acompañamiento, sino de un derecho: el derecho de las personas con diversidad funcional a acceder a su propio cuerpo".
Mandó un correo a la plataforma y, poco después, empezaron a llegar respuestas. "Esto iba en serio. No sabía si seguir adelante y probarlo o dejarlo pasar", dice. Pero se atrevió.
"En la asistencia sexual no hay interacción de cuerpos, el deseo sexual no está fijado en el asistente..."
Mon García, asistente sexual
Su proceso de trabajo sigue siempre el mismo esquema. Primero, contacto por correo. Explica quién es, en qué consiste su labor y qué puede ofrecer y qué no. "Debemos ser transparentes desde el primer minuto para evitar frustraciones o confusiones". Luego pregunta: "Les pido que me expliquen su diversidad funcional, sus limitaciones de movilidad, su sensibilidad, si sus músculos tienen plasticidad". Si todo encaja, acuerdan una cita. Un café o, si no es posible, una videollamada.
Sabe que su trabajo genera polémica. "La asistencia sexual forma parte del gran paraguas del trabajo sexual. Pero dentro de él hay distintos marcos: prostitución, webcam, masaje erótico, striptease...". Insiste en marcar la diferencia: "Los roles son distintos. En la asistencia sexual no hay interacción de cuerpos, el deseo no está fijado en el asistente. No hay penetración, no hay besos, no hay sexo oral. Es una masturbación exclusivamente. Es un apoyo a la autonomía de la persona".
Cuando termino de explicárselo, Andrés lo entiende, pero no lo comparte. Él, que vive en un cuerpo que no responde como querría. Él, que conoce mejor que nadie la barrera entre la piel y el mundo.
"A mí me da pena que exista", dice. No con rabia ni con desprecio, sino con la tristeza de quien habría preferido otro camino. Que no hiciera falta. Que nadie tuviera que pagar por algo que debería ser tan humano como el tacto o el amor. Pero la vida -su vida- le ha enseñado que hay pocas certezas y muchas esquinas. Y que, al final, cada uno aprende a sortearlas como puede.

La pedagoga, sexóloga, asistente sexual y escritora Mon García.J.B. C
En países como Suiza, Alemania, Austria, Holanda o Dinamarca, la asistencia sexual está contemplada en el marco legislativo. El reconocimiento explícito de esta práctica supone la profesionalización de la figura y el respaldo económico por parte del estado. Una de las personalidades más influyentes en el ámbito de la asistencia sexual en Europa es Steven De Weirdt, responsable de la Plataforma Europea de Asistencia Sexual (EPSEAS).
Esta organización no solo gestiona una red de 130 asistentes sexuales en diferentes países, sino que también trabaja en colaboración con asociaciones internacionales para promover un enfoque ético y profesional de la asistencia sexual. "Nos ha llevado años conseguir que la política entendiera nuestra visión, pero ahora estamos un paso por delante", explica De Weirdt, subrayando la dificultad que han enfrentado para que la asistencia sexual se reconozca como un derecho y no solo como un servicio.
El trabajo de EPSEAS ha sido clave en este avance, hasta el punto de que su organización ha sido reconocida como proveedor oficial de cuidados por el Gobierno belga. Para De Weirdt, la asistencia sexual no puede equipararse simplemente con el trabajo sexual, ya que su objetivo principal no es el intercambio comercial sino el bienestar de la persona con discapacidad.
"No es un negocio. No perseguimos un rédito o una lógica comercial. La asistencia sexual es cuidar", enfatiza. En este sentido, el cuidado no se limita a facilitar el acceso a la intimidad o a ayudar a alguien a explorar su propio cuerpo, sino que abarca un trabajo más amplio de educación sexual, fortalecimiento de la autoestima y reivindicación del derecho al placer.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。