

























Dieciocho veces se manifestó la Inmaculada en Lourdes a la hija de un molinero llamada Bernadette. La primera ocasión, el 11 de febrero de 1858, fue junto a un rosal pero a partir de ese día prefirió dejarse ver en una especie de nicho natural situado unos dos metros por encima de la gruta de Massabielle. Lo de las apariciones ectoplásmicas son cosas de fantasmas. Lo que la chiquilla de 14 años percibió fue a una señora de aspecto muy real sobre un lecho de rosas amarillas.
Ya desde el decimotercer encuentro, la Inmaculada sugirió que quería una capilla para que se organizaran procesiones, de manera que los franceses se pusieron manos a la obra. La basílica de la Inmaculada Concepción fue iniciada en 1866 y en 1876 ya había sido consagrada. Más adelante, la llegada en avalancha de miles de peregrinos alentó la construcción de nuevos espacios de culto en esta localidad del sur de Francia.

Uno de los souvenirs que se venden en Lourdes es la garrafa de cinco litros con agua bendita.F. B.
Desde el primer momento, los vecinos del pueblo comprendieron los beneficios comerciales que podían obtener gracias a la llegada de creyentes ávidos de objetos devocionales relacionados con las apariciones milagrosas. Antes de que se concluyera la basílica, Lourdes se había llenado ya de tenderetes. Y aquellos puestecitos de los primeros mercachifles devinieron con el tiempo en comercios como los que hoy se aprietan, uno contra otro, en las dos calles principales que se derraman en el santuario: la rue de la Trotte y la de Sainte-Bernadette.
Hay más de mil artículos en las publicaciones satíricas de Francia que ironizan sobre la parte más extravagante de ese mercadeo. Alguien dijo una vez que en Lourdes «la fe mueve montañas... y cajas registradoras». El santuario es para la Francia secular y atea una comedia negra donde se dan la mano la santidad y el negocio en una procesión interminable de camillas, misas por encargo y milagros a la carta.
El colectivo de artistas Taroop & Glabel produjo en 1993 una sátira social en las que la ciudad era descrita como un parque temático de la fe donde los negocios familiares se transmiten de abuelos a nietos como si fueran concesiones de autopista. Es el único lugar del mundo donde puedes ver a Mickey Mouse crucificado junto a una Virgen luminosa y donde las tiendas de recuerdos rivalizan en reclamos kitsch con los casinos de Las Vegas.
El mayor de los milagros es que nadie abandona la ciudad sin gastarse al menos veinte euros en una medalla, un escapulario, un rosario fluorescente o una virgen de plástico iluminada con leds, recuerdo de la visita. Desde la acera situada junto a un puesto donde venden garrafones de agua bendita por dos euros y medio nos alcanza la voz de un español que pregunta con voz ronca si tenemos un cigarrillo. Allá donde otros piden dos piernas que funcionen o acuden a canjear su vale de indulgencia, él se limita a pedir un par de euros. Lamentablemente, el español se zafa de los reporteros.

Creyentes del milagro de Lourdes procedentes de Burgos.F. B.
Lo de las indulgencias plenarias es verdaderamente popular en Lourdes porque es el año del Jubileo y basta con peregrinar a la ciudad para obtenerla (por tal se entiende la remisión total de la pena temporal que queda por los pecados ya perdonados en la confesión sacramental). Claro que no basta con dejarse caer por la basílica. Quien desee lograrla debe también participar en el viacrucis, rezar el rosario, tomar parte en una procesión mariana, recibir la bendición solemne de un obispo o practicar una obra de misericordia como acompañar a los enfermos.
Se da la circunstancia de que más de la mitad de las hospitalarias con las que nos encontramos el sábado pasado durante la procesión de las antorchas eran españolas. Eran fáciles de reconocer por sus rasgos y por el atuendo reglamentario, parecido al de una antigua enfermera y tocado por una cofia. Y todo, de un blanco tan inmaculado como el alma de la Virgen Santísima.
Una hospitalaria (o un hospitalario) es el nombre con el que se designan a las voluntarias que se dedican a la acogida y asistencia de los peregrinos, especialmente de los enfermos y personas con discapacidad que acuden a Lourdes en busca de la sanación.
Ante el tercero de los grupos de españolas con el que nos topamos el sábado pasado nos interesamos por el lugar donde podemos ver las pinturas del ex jesuita Marko Rupnik, que es la atracción más heterodoxa del complejo. Cuatro de ellas no saben de qué hablamos, pero la quinta nos señala hacia la entrada principal del santuario a donde, justo en ese momento, se dirige el obispo junto a varios cientos de peregrinos que le siguen en su procesión.
Todas las noches, de abril a octubre, a las 21:00 horas, miles de católicos de todo el mundo caminan en procesión con velas encendidas mientras rezan el rosario y cantan himnos marianos siguiendo a una estatua de la Virgen María.
A solo algunos metros de las pinturas que nos señaló la hospitalaria, contempla la comitiva desde arriba un cura norteamericano a quien le pedimos su opinión por el modo en que el obispo Jean-Marc Micas ha gestionado el legado envenenado de Rupnik. «Me parece muy bien», nos dice. Pero no termina de aclarar si lo que le parece bien es que se hayan ocultado algunos de los mosaicos o que se haya mantenido descubierto el resto de sus obras.
Para ponerse en situación, es preciso saber que a finales del pasado mes de marzo, el obispo Micas ordenó cubrir con paneles de aluminio los mosaicos del ex jesuita Marko Rupnik situados en torno a la puerta principal de acceso a la basílica. Hay obras de Rupnik en todo el mundo (diecisiete de ellas en España), pero debido a su condición de principal meca de peregrinación católica, Lourdes se ha convertido en el epicentro de una polémica de alcance planetario: ¿sigue siendo sacro el arte de un individuo acusado de abusar sexualmente de más de veinte monjas? ¿Cómo debería gestionarse el legado de un hombre acusado de ser un depredador y que ha hecho pedazos su reputación y la de la Iglesia para la que trabajó?

El ex jesuita Marko Rupnik.CRÓNICA
La jerarquía católica justifica que las obras de Rupnik sigan siendo visibles en casi todo el mundo aduciendo que es preciso distinguir la obra de la conducta del artista. Aunque no lo digan, lo que en realidad subyace es la enorme dificultad técnica de eliminar o modificar un conjunto artístico que, en el caso de Lourdes, literalmente reviste buena parte del complejo y la basílica ala que peregrinan cientos de miles de personas cada año.
De lo que no alberga nadie dudas es de que Rupnik era una especie de degenerado. No hay ningún documento público conocido que ilumine los pormenores más lujuriosos de las fiestas hot del ex jesuita Marko Rupnik, pero gracias, sobre todo, al testimonio de las dos antiguas monjas Gloria Branciani y Mirjam Kovac, sabemos que el artista no se limitaba a organizar tríos con las religiosas de la comunidad eslovena de Loyola, sino que improvisaba con frecuencia «bacanales tristes» en las que involucraba a tres o más hermanas.
No eran, en rigor, orgías, porque las mujeres eran solo víctimas. Se supone que aceptaban porque, a la manera de un gurú católico, Rupnik las persuadía de que fornicar con él era un camino espiritual que las conduciría a la unión mística con Dios. El sexo con su tutor no era un acto pecaminoso sino un atajo que les brindaba su maestro para franquearles las puertas a una experiencia tangible y física de lo divino.
Aunque la cifra de monjas abusadas suele fijarse en veinte, se da por hecho que Rupnik copuló con muchas más hasta que algunas de ellas se decidieron a exponer públicamente las emboscadas eróticas, lo que sucedió en febrero de 2024. No fueron forzadas de una manera física, pero sí manipuladas y, sobre todo, ninguneadas y despreciadas por la jerarquía católica a la que acudieron en busca de socorro. Así fueron las cosas hasta que el propio Papa Francisco terció para que se quebrantara el muro de silencio e ignominia que durante años pesó sobre el tema dentro de la institución.
A pesar de todo, los pecados del esloveno y la estela de su miseria moral que quedó prendida de su arte no ha afectado a la popularidad del santuario. Lourdes sigue siendo uno de los mayores nodos mundiales de veneración de lo sobrenatural y uno de los destinos más populares de peregrinación de desahuciados y creyentes (alrededor de tres millones al año). Casi una sexta parte de los fieles que reciben son españoles (entre 300.000 y 500.000), lo que convierte a España en el tercer país emisor de peregrinos, tras Francia e Italia.
La Iglesia contribuye de manera relevante a mantener la llama de popularidad y el poder de atracción de esta advocación de la Santísima reconociendo su poder benefactor y milagroso, aunque eso sí, con cuentagotas y cautela. Desde 1858, Lourdes ha acumulado más de 7.000 curaciones, de las cuales sólo 72 han sido formalmente reconocidas por la Iglesia. Las dos últimas son muy recientes: un ex marinero británico llamado John Traynor que se curó de su parálisis del brazo y de deambulación tras los baños rituales y una italiana llamada Antonietta Raco que sufría de esclerosis lateral múltiple que también sanó completa e inmediatamente gracias a las abluciones rituales de Lourdes. El milagro del inglés fue reconocido el 8 de diciembre del pasado año y el de la italiana, el pasado mes de abril.
Le preguntamos a uno de los españoles que han viajado en comitiva a Francia por las razones de su peregrinación a Lourdes. Tras guardar unos segundos de silencio, dice: «Supongo que yo también busco mi milagro».
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。